Juan José García (Texto y fotos)
Como reportero gráfico tuve el desafío de mezclar mi trabajo con mis sentimientos. Mientras intentaba registrar cada imagen, era imposible no recordar aquellos tiempos en los que recorríamos kilómetros, de provincia en provincia, para asistir a una misa más. No eran simples recitales. Eran encuentros que nos marcaban, que nos unían y que nos hacían sentir parte de algo mucho más grande que aquello que suele transmitir la música.
Esta vez fue diferente. La cámara seguía siendo la misma, pero la emoción era otra. Ya no estaba viajando para esperar que sonara la primera canción. Estaba allí para despedir una parte de mi historia y de la historia de miles de personas que encontraron en esas letras una forma de vivir y de sentir.

Foto: Juan José GarcíaPero hubo algo que volvió a sorprenderme. Una vez más, la gente demostró que no existen grietas cuando el sentimiento es genuino. No importaron las diferencias, las edades, las banderas ni los lugares de donde veníamos. Todos estuvimos allí por la misma razón: despedir al Míster. En silencio, con respeto, con lágrimas y con recuerdos.
Hubo otra imagen imposible de ignorar. En cada cuadra de cola se repetía la misma postal: chicos, adolescentes, adultos y abuelos. Distintas generaciones compartiendo el mismo sentimiento, la misma emoción y el mismo respeto. Algunos llegaron de la mano de sus padres, otros con amigos de toda la vida y muchos con sus propios hijos. Todos estaban allí por un motivo tan simple como inmenso: el Indio. Porque pocos artistas lograron atravesar el tiempo de esa manera, uniendo generaciones enteras bajo una misma bandera y una misma pasión.

Fue una misa eterna. De esas que no tienen principio ni final, porque seguirán viviendo en cada canción, en cada historia y en cada rincón donde alguien vuelva a encontrar refugio en sus letras. Y mientras observaba a la multitud, entendí que aquel ritual que nos acompañó durante tantos años quedaba guardado para siempre en nuestra memoria.
Porque «Jijiji» ya no volverá a sonar de la misma manera. Porque el pogo más grande del mundo ya es parte de la historia. Y porque quienes tuvimos la suerte de vivirlo sabemos que aquello fue mucho más que un recital: fue un fenómeno cultural, una forma de pertenecer y un recuerdo imborrable que nos acompañará para siempre.
Y mientras intentaba retratar una foto más, entendí que no capturaba una despedida, sino que capturé y fui testigo de cómo una leyenda se abrazaba definitivamente con la eternidad.
Con la partida del Indio se fue un artista inmenso, pero nació, con la potencia de uno de esos estribillos que nunca dejará de sonar nunca en nuestro corazón, un mito indeleble