Por Lucas D. D’Attilio
Entro al salón -molesto como de costumbre- con la puerta sin picaporte, y el pizarrón en el que no se puede escribir siquiera. Pregunto si recuerdan lo ya pautado en la clase anterior a mis estudiantes. La mayoría no recuerda, cuestión que al noticiarse derivó en protestar y despotricar contra algo que desconocen, quedamos en ver una película Argentina, “Pizza, birra y faso” (1998) de Israel Adrián Caetano y Bruno Stagnaro.
Me preparo a instalar conexiones hasta el proyector, noto que falta el cable HDMI. Algunos festejan al escuchar el nombre de la peli sin saber de qué trata. Aclaro: “esta peli es una tragedia urbana de otro tiempo que podría ocurrir hoy”. Al instante un silencio que nunca vivimos juntos, les digo a mis alumnos “eso, quiero que entremos en clima de sala de cine, es decir, silencio y silencien los celus dejándolos arriba del banco”, no dura mucho el mutismo. Alejandro se acomoda un camperón xeneize, se para y me comenta que no conoce que es ir al cine, luego de caminar inquieto y preguntar a sus iguales si alguien fue alguna vez, ante la negativa de sus “compas” se sienta a scrollear su celu. Le digo “no pasa nada ya podremos ir Ale, anda a buscar el cable a dirección por fa”.
Me voy del “templo del saber”, sigo viendo la escena del aula y la peli argenta, y como funciona en los pibes, se sensibilizan ante una generación rota que se representó antes del estallido del 2001. Yendo a tomar el bondi delibero conmigo mismo caminando el barrio de La Cerámica en zona norte, si el cordobés habría podido ir a la escuela, y al cine.
Subo al colectivo de regreso de la zona noroeste de Rosario y por avenida Alberdi cuento tres cines que ya no están, me quedo pensando sólo en el Opera, donde existió luego un súper y con el tiempo derivó en un “templo evangélico”. Viendo por la ventana los resabios de una cultura que ya no existe, la ventanilla como pantalla de lo que fue, la ciudad perdió más de 50 cines que existían en la ciudad, «ventanas hacia otros mundos» como predica de lo posible, y ahora allí se predican certezas desde un habito que promete un milagro. No necesariamente se debe pensar que es mejor ni peor: es diferente y ya está. Pero es la foto que a mi me duele, en cualquier multisala de cualquier shopping, seguramente no encontraré a mis alumnos, y si irán a misa. En definitiva, los viejos cines nunca dejaron de ser templos. Antes se veneraban estrellas de Hollywood; ahora se venera a Dios, cambia todo cambia.
Vuelvo la mirada al resto de los pasajeros adentro del bondi, y un gran porcentaje andan con la cabeza a gachas con su pantalla individual, algunos ya semidormidos por la alienación de todos los días.
Me bajo en el Lumière, templo aún del cine, el único que prospera en los barrios de Rosario, camino media cuadra desde Alberdi, donde ya se ven las luminarias coloridas destacando su fachada que enseña que es un espacio distinto en el barrio. Ya cayendo la noche fumo un cigarrillo a la vera de sus columnas en la entrada al patiecito, antes de entrar al Festival Latinoamericano de Cine a ver Cortos en Competencia. Es el cine de mi infancia que mis padres nos “depositaban” allí para ver al menos tres pelis los fines de semana, un descarte cultural de hijos que hoy se hace de a ratos con el celu. No recuerdo haber visto pelis argentinas allí cuando pibe, y hoy tenemos un Festival de Cine en Rosario acá mismo.
Para llegar al cine hoy a ver una peli es necesario -desde los barrios- recorrer media ciudad. Me pregunto cómo pasamos de las pantallas compartidas en la oscuridad, que nos unían, el cine es reunir un colectivo de personas, eso fue y es el Lumière.
La industria del entretenimiento no nos interpela cuando entramos a una multisala, distinto es lo que ocurre en un festival nuestro, cortos de la cocina de la escuela de cine de la ciudad, donde en la programación se ven títulos latinos de realidades muy diversas pero parecidas. Sólo con ver el papelito para que el público vote, uno ya se imagina de qué van algunas producciones o se da cuenta al primer fotograma al empezar que le erró a lo imaginado. Siempre sorprenden, cuestión que cuenta mucho cuán educado está nuestro ojo. Pero qué distinto es un festival donde podemos saber o no algo de la programación, pero el contexto y el condimento de la sorpresa nos da una dopamina que ninguna app puede dar.
Entro a la oscuridad, la que no logre en la escuela, por fin llego al ritual de la incertidumbre, sala llena, no veo nada, tampoco asientos, hay uno suelto a la izquierda, trato de no llevarme puesto algunas piernas estiradas.
Cámara fija, plano bien amplio con un acantilado que lo baña un mar violento que arrasa, hay unas figuras a lo lejos que se acercan, parece fílmico, blanco y negro, medito rebanco esto, aguante el cine. Mientras miro no entiendo que sucede, no cambia el plano, ya pasaron unos minutos, se escuchan murmullos de impaciencia que son silenciados por quienes esperan atentos a que pase algo o no, en la pantalla.
“Lengua muerta», corto chileno de José Jiménez, ensayo documental que ingresa al infierno de lo indecible de las dictaduras de los 70, ese horror que nos une con nuestra tierra latinoamericana. Las lecturas postergadas de una generación que imposibilitada de tomar los libros de sus padres ahora están en sus primeros “Desentierros”, otro ensayo documental de María Julia Blanco que se pudo apreciar en otro cine bello de la ciudad que es El Cairo, que supo ser un templo del celuloide que aún no se fue por los credos y está luchando entre las fuerzas del cielo para seguir resistiendo.
Las infraestructuras de estos viejos edificios que algunos nunca dejaron de ser templos, del saber, del culto, de los sueños, cada cual, con fachadas diferentes hoy por hoy, también noto que cada cual está hecha por una cuestión de clase, que las contiene, entretiene o anestesia según la necesidad y la billetera. En definitiva, el festival continúo en las 5 salas repartidas, aunque sea en un ochenta por ciento en el microcentro citadino.
Por contrastes de la vida, entre hábitos de todo tipo, hay otras costumbres cinéfilamente sanas, que se notan en un festival de una ciudad como Rosario que puede darse el lujo de celebrar su trigésima primera edición. Que diferente nuestro festival, aunque pocos de mis alumnos, incluso Alejandro, al menos hoy, podrán disfrutar.
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*Este texto forma parte de los trabajos del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”, dictado por el periodista Ulises Rodríguez en el marco del 31º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario. Esta crónica resultó la más votada entre quienes asistieron al taller para ser publicada en EscribiendoCine.