Por Fernando Giorgio
Viernes en la profundidad de una tarde de otoño en la que el frío quiere comenzar a abrazarnos. Después de una caótica semana, fiel reflejo de esta surrealista etapa que nos toca vivir, la mente pide un descanso, como queriendo pasar de un salto a otra dimensión. Las veredas alfombradas de color amarillo ocre crujen al caminar. Una luz roja -cuál alfombra- ilumina la vereda del Lumière, invitando a entrar.
El mítico Cine Lumière, cine de barrio, al que conocí por medio de los relatos de mi abuela. Para ella ir al cine era todo un acontecimiento, era la salida esperada para poder conocer los rostros de las actrices y actores de telenovela que escuchaba por radio. Películas en continuado, solían ser 3 y también se aprovechaba la tarde para tomar un café en el buffet durante el entretiempo.
Una multitud de almas a las que les encantan las películas que no están en el mainstream, esas que te cuentan la historia de quien tenés al lado, o de las pelis que te inspiran a hacer una peli; se ordenan en un ritual a veces individual y otras grupal, conversando sobre los recuerdos que les trae hacer la fila de entrada al Lumière.
—¿Sos del barrio? Yo venía cuando era chico..
—¿Estudias cine? No solo soy curiosa, vi que había pelis y vine.
Una chica y un chico de la organización reparten la programación del 31° Festival de Cine Latinoamericano de Rosario. Dos colaboradoras comienzan un recuento de la fila.
—Uff entramos justo, le digo a la chica que antes le había preguntado si esa era la cola para sacar las entradas.
Los tapados de invierno pedían a gritos ser usados y esta fue la oportunidad para que las más friolentas o las fashionistas los luzcan.
—Al DJ que tenemos ahí se le congeló la mezcladora, se escucha desde atrás, debería estar musicalizando.
El fin del ritual se acerca, nos entregan las entradas y la magia ocurre. Las luces desaparecen, el espacio se multiplica, el ruido ambiente invade los sentidos, el aroma al lustre de piso de madera y las butacas de cuero con resorte espaciadas tras el paso de la pandemia hacen sentir que el tiempo se detuvo. La mente se desconecta del mundo exterior, comienza la primera proyección: “Nuestra Tierra” de Lucrecia Martel. El viaje por este festival ha comenzado. El portal hacia la séptima dimensión está abierto.