Rosario, martes 16 de junio de 2026
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Rosario, martes 16 de junio de 2026

La vereda encendida: el portal del Lumière

Escuchar el oído periférico de la vereda es parte de la experiencia. Dos señoras mayores debatían con entusiasmo camino a la salida: una criticaba que un corto parecía más un videoclip que no la terminaba de convencer, mientras la otra defendía los dos últimos con pasión, contenta por el nivel de la sala casi llena
La vereda encendida: el portal del Lumière

Por Irina Moyano

Venir de una localidad más pequeña y encontrarse de frente con el movimiento cultural de Rosario siempre genera un impacto particular. Hay una energía muy especial que se mueve en el ritmo de la ciudad, pero que estos días se concentra en un punto exacto de la zona norte: el Cine Lumière, sede y cuna histórica donde nació, hace más de tres décadas, el Festival de Cine Latinoamericano. No es un dato menor que este templo de barrio lleve el nombre de los inventores del cinematógrafo; parece un guiño del destino. Allí, entre la avenida Alberdi y la calle Vélez Sarsfield, el edificio recortado contra la noche recibe al público con una impactante iluminación de focos rojos que tiñen la entrada y el sector al aire libre.

Cruzar esa puerta a las tres de la tarde es como atravesar el ropero de Narnia: significa aislarse del mundo exterior, dejar atrás el techo de la vereda para entrar a las luces comunes del complejo e instalarse en una burbuja de tiempo suspendido donde la única consigna es convertirse en parte de un portal analógico y dejarse sorprender.

El ritual comienza mucho antes de que se apaguen las luces. Las plataformas actuales acostumbran a la sociedad a la comodidad predecible de los algoritmos; en cambio, en la vereda del Lumière la adrenalina es pura incertidumbre. El cronograma impreso o el feed de Instagram apenas muestran títulos misteriosos y países de origen, obligando al espectador a convertirse en un investigador que busca datos en internet mientras hace tiempo. En esa previa, la complicidad barrial se teje en Holis, la cafetería amiga del cine. Allí, entre cafés, mates y cosas dulces que entran directo a la sala y la gente se instala a esperar el llamado de la boletería, abierta apenas media hora antes de cada función. Existe una felicidad muy particular en esa aventura: ir al cine a ciegas, dispuesto a que la pantalla grande te rescate de la rutina con un cortometraje de Rosario o una producción de Brasil.

Tristemente, las carteleras comerciales ya no dan espacio a lo inesperado, pero aquí el misterio es el mejor programa.

Esa mística se transformó en un desborde absoluto el miércoles por la noche con la proyección de la película invitada Belén. La escena en la avenida era imponente: la fila de espectadores daba la vuelta a la esquina y ocupaba media cuadra bajo el frío.

Minutos antes de abrir la sala, una de las organizadoras salió a viva voz a la vereda a contener a la multitud: «Nos llena de emoción que el cine esté así en una función como Belén, un día como hoy, 3 de junio». Adentro, las 197 de las butacas fijas colapsaron. El personal tuvo que improvisar agregando sillas comunes en los pasillos. Al ver que el espacio no daba para más, la coordinadora salió a hablarle a la gente con una mezcla de realismo y profunda emoción: les explicó que les llenaba el alma ver el cine así, pero que habían alcanzado el límite permitido por los bomberos y que por seguridad ya no podía pasar nadie más. Para calmar la decepción de la vereda, prometió ahí mismo que iban a reprogramar la función. La confirmación oficial llegó recién al día siguiente en la página web: la película se volvería a pasar este sábado a las 18:00 en el mismo Lumière.

Aún así, un pequeño grupo de siete personas se había quedado firme en el pasillo interior, resistiendo a ver si ocurría un milagro de último momento. Entre ellos destacaba la paciencia de una madre con su hija adolescente que no querían volverse a casa, un señor solitario y una pareja que tenía tantas ganas de ver la obra en pantalla grande que se plantó a esperar con fe.Al final, la perseverancia tuvo premio y las siete personas lograron ingresar sobre la hora. No era una función cualquiera; era el aniversario de la primera marcha del Ni Una Menos. Ver ese gigante de barrio recontra lleno compartiendo una historia que reivindica los derechos de las mujeres conmovió a la marea humana. Las actrices invitadas, que por la tarde habían estado en el Centro Cultural Fontanarrosa brindando una charla, estuvieron presentes en la previa para presentar la película ante la platea. Aunque luego se retiraron y el público se quedó a solas con la pantalla, la sensación de estar viviendo un gran congreso cinéfilo quedó flotando en el aire.

Esa misma felicidad comunitaria reapareció el jueves a la tarde. Al salir del taller de crónica, la sorpresa fue cruzarse con el murmullo de una sala que venía de presenciar la competencia de cortometrajes rosarianos y latinoamericanos.

Escuchar el oído periférico de la vereda es parte de la experiencia. Dos señoras mayores debatían con entusiasmo camino a la salida: una criticaba que un corto parecía más un videoclip que no la terminaba de convencer, mientras la otra defendía los dos últimos con pasión, contenta por el nivel de la sala casi llena.

Minutos después, durante la proyección del largometraje Muña Muña -una pieza íntima inspirada en la infancia de su directora-, el clima cambió a una calma respetuosa. No estaba el desborde de la noche anterior, pero la mística era idéntica, potenciada por la presencia en la sala del equipo directivo y la actriz principal de la película, que observaban con timidez las reacciones de la platea. Al salir, los espectadores se acercaban para calificar la obra en las urnas. «Me encantó, hermosa película», le comentaba una vecina al organizador, mientras confesaba que la propuesta uruguaya de la fecha previa no le había gustado mucho porque le había costado conectar con la historia.

Aunque el festival todavía tiene el desafío de llegar a cada porcentaje de la población, ver que un cine de barrio moviliza semejante pasión es una victoria contra el aislamiento moderno. No se trata de desprestigiar al cine comercial de los shoppings, sino de contagiar la alegría de recuperar la vereda, el debate y el derecho a vernos reflejados. La magia del Lumière sigue intacta: cuando la sala se oscurece, la ciudad entera se vuelve a sentir en casa.