El 16 de junio de 1955 marcó un hito macabro en la historia de la violencia política argentina: aviones de las fuerzas armadas bombardearon durante cinco horas a la población. La masacre dejó un saldo de al menos 309 muertos y cientos de heridos. A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo, desde El Ciudadano rescatamos la historia de los Granaderos a Caballo que aquel día defendieron la Casa Rosada del ataque de los criminales de la Marina y la Fuerza Aérea.
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Ese jueves de junio, la Armada y la Aeronáutica conspiraron para derrocar al gobierno de Juan Domingo Perón y cometieron una de las peores masacres contra el pueblo argentino. Con inscripciones en las alas de los aviones que dictaban “Cristo Vence”, descargaron entre nueve y catorce toneladas de bombas en el centro de Buenos Aires: principalmente en la Plaza de Mayo pero también en la Casa Rosada, en el local de la CGT y la residencia presidencial que en ese momento estaba en donde hoy está la Biblioteca Nacional.
El principal ataque aquel día se dio desde aviones de la Armada y también de Fuerza Aérea que se plegó al intento de golpe de Estado. El Ejército fue la única fuerza que ese día se mantuvo leal al gobierno y a la población. El Regimiento de Granaderos a Caballo, perteneciente al Ejército, resistió el ataque terrestre de la Guardia de Infantería de la Marina y de los comandos civiles —al menos 150 ciudadanos armados que ya venían cometiendo atentados terroristas— que rodearon la Casa Rosada para tomar el edificio.
Durante toda la madrugada, el ministro del Ejército Franklin Lucero supo de movimientos sospechosos al interior de la Marina y por eso tomaron medidas de precaución. Perón llegó a la Casa Rosada a las 6 de la mañana, Lucero le pidió que se retirara al Ministerio de Ejército donde podría estar mejor custodiado si intentaban atacarlo a él, nadie imaginó un ataque de la magnitud que terminó adquiriendo: no había precedentes de un ataque así a la población civil de parte de las propias fuerzas —ni en Argentina ni en el mundo.

Perón recién se retiró después de las 8 de la mañana, al Ministerio. Ese día estaba programado, justamente, un desfile aéreo. Unos días antes había sido la movilización de Corpus Christi, que se había transformado en un acto opositor por la participación de partidos políticos y ciudadanos opositores en general. La relación de la Iglesia con el gobierno justicialista estaba rota hacía ya un tiempo. En esa movilización, en circunstancias que nunca quedaron claras, se quemó una bandera argentina. Entonces, el gobierno comunicó que el jueves 16 de junio a la mañana habría un acto de desagravio a la bandera, con aviones militares que sobrevolaría la plaza echando flores.
Ese acto fue la excusa perfecta para los rebeldes, que podían así pasar sus movimientos criminales de forma más desapercibida. Así, aquel jueves además de los transeúntes habituales en aquella zona céntrica de la ciudad, muchos ciudadanos fueron justamente a ver el desfile aéreo.
El bombardeo empezó al mediodía y se extendió durante cinco horas. Por razones de seguridad y ante estos movimientos extraños, aquella mañana había el doble de granaderos en la Casa Rosada: cuando tenían que hacer el cambio de guardia, se quedaron los que debían ser relevados.
Ya con las bombas descargándose en la Plaza, empezó el avance terrestre de la Marina.
El rol histórico de los Granaderos es el de custodia presidencial. Ese día hubo al menos 330 efectivos del regimiento entre la Casa Rosada y sus alrededores: si bien había jefes, oficiales y suboficiales, la mayoría —265— eran granaderos. Resistieron el ataque ubicándose en distintos lugares estratégicos de la casa de gobierno, a la espera de la llegada de tropas del Ejército.
La única investigación histórica emprendida desde el Estado —nunca hubo juicio por esta masacre— fue en 2010 y allí se destaca que los granaderos tuvieron que resistir en un edificio en ruinas, sin luz, inundado por los tanques de agua destruidos por las bombas, entre decenas de trabajadores de la casa de gobierno heridos. El libro fue publicado desde el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, durante la primera presidencia de Cristina Fernández de Kirchner.
Cabe destacar, que el armamento de los Granaderos y del Ejército en general eran de menor eficacia que los de la Marina: la armada justamente había conseguido, por contrabando, armas mucho más modernas y poderosas y eran las que estaban empleando en el ataque.
Además, la investigación citada reconstruyó el perfil de los granaderos que entraron en batalla ese día: la mayoría eran conscriptos, es decir no eran soldados de carrera sino que estaban cumpliendo el servicio militar.
“El bombardeo del 16 de junio le abrió las puertas a los vuelos de la muerte”
Fueron nueve los granaderos fallecidos: José Alodio Baigorria, Laudino Córdoba, Mario Benito Díaz, Orlando Heber Mocca, Pedro Leónidas Paz, Ramón Cárdenas, Oscar Adolfo Drasich, Rafael Sotelo Inchausti y Víctor Enrique Navarro. Eran clase 1934, es decir tenían 21 años. Además hubo 25 heridos.
El ataque terminó cerca de las seis de la tarde, los rebeldes se fugaron a Uruguay. El presidente ya había pedido a la población que se quedaran en sus casas, muchos militantes habían salido a las calles a expresar su apoyo al gobierno, su repudio al bombardeo. Hacia la noche el movimiento golpista ya había sido detenido pero tres meses más tarde, ya con el apoyo del Ejército, las Fuerzas Armadas bombardearon Mar del Plata y Ensenada y amenazaron con volver a bombardear Buenos Aires: Perón renunció e inició un largo exilio de 18 años.

Historia
El Regimiento de Granaderos a Caballo —primero llamado Escuadrón— fue creado por José de San Martín en 1812: tuvieron un rol clave en las batallas post Revolución de Mayo y por la Independencia, estuvieron en el combate de San Lorenzo y también el cruce de los Andes. En 1826, Bernardino Rivadavia les asignó el rol de custodia presidencial pero dos años después el espacio fue disuelto.
Recién en 1907 durante el gobierno de José Figueroa Alcorta se restituyó el regimiento de Granaderos, bajo la órbita del Ejército, con la misma tarea de ser escolta presidencial y, además, se convirtieron en la guardia de los restos de San Martín.
Al día siguiente del bombardeo de 1955, Perón los homenajeó: “Acabo de comprobar que han asimilado la lección magistral de lealtad del Sargento Cabral”.