Luciano Vigoni / Especial para El Ciudadano
Hay algo obsceno en este Mundial de Clubes. No se trata solamente de un nuevo formato, de un calendario imposible o de la saturación del espectáculo. Lo que está en juego es algo más profundo: la irrupción definitiva de la lógica de las apuestas en el corazón mismo del fútbol.
Hay pocas cosas que parecían tan inalterables por su carácter sagrado, casi mítico, como la Biblia, el Corán, y eran los 45 minutos de puro futbol sin interrupciones. Cada tiempo constituía una pequeña suspensión del mundo y sus problemas en la cancha, en la tribuna, frente al televisor o pegados a una radio: el tic toc cotidiano quedaba en pausa. El trabajo, las deudas, los problemas familiares, las angustias y los miedos se detenían por un rato. El fútbol se jugaba de corrido porque la vida también se jugaba de corrido.
Los malos momentos de peloteo en arco propio podían revertirse con una contra inesperada, un rebote afortunado o una pelota parada. El equipo podía sufrir durante largos pasajes del partido y aun así encontrar una oportunidad. Había una continuidad narrativa que ordenaba la experiencia. El entretiempo era la única interrupción legítima de esa burbuja.
Hoy esa lógica empieza a quebrarse
Este Mundial viene a romper con algo más que una tradición: viene a romper una forma de jugar y de transitar el fútbol y no es por pedido de dirigentes técnicos o jugadores que se definió hacer una pausa. La pelota se corre para dar lugar y por pedido unívoco, la publicidad en el medio del partido.
Como se vio venir por décadas, la televisión necesitaba cuatro cuartos, como en la NBA: es la publicidad, es el mercado adueñándose de la totalidad del futbol. Pero no con cualquier publicidad. Son las apuestas tomando el control del juego.
Pocas actividades logran reunir a 48 países con formas tan diferentes de organizar la vida y diversidad de culturas bajo reglas comunes. Durante noventa minutos desaparecen las diferencias económicas, militares o tecnológicas que organizan el mundo. Un país del centro puede perder contra uno de la periferia. Incluso los países ganadores de Mundiales y siempre candidatos pueden perder o empatar, fuera de todo pronóstico, con un país que tiene su primera participación de nula tradición futbolística.
La magia misma del fútbol es que lo hace tan único, porque en definitiva es como decía Bilardo: «El fútbol es fácil: los del mismo color de camiseta se la pasan entre ellos y patean al arquero, que no comió, no almorzó o no tomó el desayuno con nosotros». Detrás de esa definición simple hay algo enorme. El fútbol es cooperación. Es confianza. Es vínculo. Es la posibilidad de construir algo con otros.
Por eso preocupa que una de las actividades que más produce comunidad termine cada vez más atravesada por una lógica que promueve exactamente lo contrario: la de la timba, la de las apuestas.
Nos cambiaron las reglas sin anestesia
De repente se cortan los 45 minutos para hidratarse: una excusa inaudita y eficaz para vender. Lo magnífico que resulta para la pibada y no tan pibada el Mundial, las figuritas, el prode con amigos, comer con los afectos para mirar el partido, da lugar a otra cosa: ese enorme espacio que ocupa el fútbol le ha dejado lugar al mundo de las apuestas.
Hacer guita con el fútbol. Y para eso nada mejor que un dios muerto que resucita para invitar a apostar, que habla desde el más allá. No para recordar las hazañas en esos mismos mundiales, con la pelota bajo el pie limpiando ingleses, sino para pedirle huevos a la hinchada, para apostar la poca guita que le queda a un pueblo que se derrite en el festival de una timba que va desde las finanzas del ministro de Economía hasta la pibada que juega el prode desde Mercado Pago. De un Galperin a los casinos «ilegales» administrados por cajeras barriales.
La celeste y blanca que jura con gloria morir aparece ahora en una batalla digital por unos pesos, dejando a los niños, a las niñas y a la pibada presa de un mensaje de apuestas, juego y guita que naturaliza los efectos que eso puede estar produciendo.
La pibada que sueña con ser Messi, Julián o el Dibu por unos minutos debe conectarse para ver a Dios pedir huevos para apostar: el mismísimo Diego, animado con IA, hablando desde la pantalla. Un mensaje obsceno de una dirigencia que no ve ni escucha las implicancias que están teniendo en su comunidad el juego, las apuestas y una virtualidad full time.
Mientras en distintas partes del mundo se discuten restricciones al uso de redes sociales en niñas, niños y jóvenes, aquí firmamos altos contratos con las grandes plataformas, las hacemos cada vez más visibles. Ninguna comunidad se desarrolla sin el deporte vivo, ese que se practica con otros, como el que se desarrolla en cada pueblo, ciudad o barrio.
Cuidar el deporte
En la Argentina el fútbol, el club de barrio en el que se cocina, es una de las principales fábricas de identidad colectiva. Miles de entidades deportivas amateurs, asociaciones civiles, sostienen todos los fines de semana espacios de encuentro donde todavía se aprende a convivir con otros, a respetar reglas comunes y a formar parte de algo más grande que uno mismo. Allí hay madres y padres cobrando entradas, marcando la cancha, atendiendo la cantina, entrenadores enseñando valores y pibes encontrando un lugar de pertenencia.
Ese fútbol comunitario representa una de las pocas experiencias colectivas que todavía resisten frente a la fragmentación social y la virtualización permanente de la vida.
Sin embargo, la dirigencia de la AFA, en sintonía con una lógica planetaria que ordena la FIFA y que atenta contra el propio fútbol, beneficia a las casas de apuestas y plataformas como Mercado Pago que, de manera obscena, permiten que jóvenes apuesten.
El fútbol hoy genera en pibas y pibes mucho de lo que la sociedad y la comunidad están perdiendo. Es de las pocas cosas que la virtualidad todavía no había penetrado completamente. Por eso es una responsabilidad de los dirigentes, pero también de los deportistas, cuidar el deporte.