Rosario, lunes 17 de agosto de 2026
Search
Rosario, lunes 17 de agosto de 2026

San Martín, el estadista

Por Germán Mangione*
San Martín, el estadista

Estamos acostumbrados a conocer la historia del libertador de América, don José de San Martín, vinculada principalmente a su brillante rol como militar y estratega en nuestra independencia. Menos conocida es su obra de gobierno, y su pensamiento estrictamente político, que es sin duda una faceta fundamental a rescatar para comprender en conjunto su obra y magnitud.

Sin entrar en interpretaciones extemporáneas, el análisis de su gestión al frente de la Gobernación de Cuyo y del Protectorado del Perú arroja luz sobre un pensamiento político adelantado a su época y que sigue siendo necesario rescatar para pensar los proyectos políticos actuales en el camino de reconstruir nuestra patria para la felicidad de las mayorías.

San Martín gobernador de Cuyo

Cuyo había sido desde los inicios de la invasión española y hasta 1776, jurisdicción de Chile, para luego ser incorporada al Virreinato del Río de la Plata, integrando la intendencia de Córdoba.

Con la llegada del Segundo Triunvirato, de la que San Martín fue actor fundamental, se crea en 1813 la Gobernación de Cuyo. Con capital en la ciudad de Mendoza, el 10 de agosto de 1814 el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gervasio Antonio de Posadas, nombró a José Francisco de San Martín como titular de la Gobernación Intendencia de Cuyo, “a su instancia y solicitud”.  El libertador se asentaba allí como parte de su plan de liberación continental.

El Estado como motor de la economía

Con Buenos Aires retaceando fondos y la guerra de independencia en curso, las cuentas con las que se encontró el nuevo gobernador de Cuyo no eran las mejores para el desarrollo de su gestión y de su obra revolucionaria.

El “librecambio” impuesto por los intereses porteños había perjudicado la actividad vitivinícola cuyana al abrir a la competencia extranjera el principal mercado de los vinos mendocinos y los aguardientes sanjuaninos.

En paralelo, el mercado chileno había tomado relevancia con el intercambio de ganado en pie, harinas y frutas secas. La caída de Chile en manos realistas cortó esa fuente de ingresos.

El libertador de América implementó una “economía de guerra” en vistas a recuperar la economía cuyana y acumular los recursos necesarios para la campaña libertadora.

Con los mismos preceptos que ya había desarrollado su aliado y amigo Manuel Belgrano, el centro de su política económica fue darle impulso a la agricultura y la industria, con un Estado fuerte y presente. Con medidas impositivas, para que pagaran más los que más tenían, fomentó la salud, la educación, el reordenamiento territorial y la organización de la hacienda pública

Que paguen más, los que más tienen

Apenas asumido el gobierno tomó varias medidas de alto impacto económico y sobre todo político para la época. Suspendió el envío de fondos a Buenos Aires, que la capital del Virreinato cobraba a Cuyo por un “derecho extraordinario de guerra”, establecido por el gobierno central supuestamente para comprar mulas para el Ejército del Norte.

También cortó el envío de fondos a Córdoba, sede del obispado, en concepto de diezmo eclesiástico.

Esos fondos ayudarían a poner las cuentas en orden y a fomentar el necesario desarrollo de la economía sacando el peso de ese ajuste del lomo de los cuyanos, que ya hacían gran cantidad de sacrificios en pos de la causa patria.

Con las cuentas comenzando a ordenarse, las necesidades se agudizaban, tanto para la administración de Cuyo, como para la preparación del plan de independencia continental, y el general no tenía dudas de quiénes debían cargar con el mayor peso de ese financiamiento.

Estableció una contribución extraordinaria de guerra, un impuesto a la riqueza, a razón de medio peso por cada mil de bienes declarados. La medida fue a contrapelo del sistema impositivo vigente desde la colonia que gravaba principalmente el comercio, haciendo recaer esos impuestos sobre los que los consumían, el pueblo cuyano.

Defender la industria nacional, fomentar la agricultura y crear trabajo para construir la Patria

Sin acceso a fondos externos y con la guerra encima, San Martín impulsó una industria propia: un laboratorio de salitre, una fábrica de pólvora y un taller de paños para vestir a sus soldados. El capítulo más notable fue la metalurgia que organizó junto a fray Luis Beltrán: la fragua y los talleres montados en Mendoza llegaron a ocupar a unos setecientos operarios, lo que los convirtió en el mayor establecimiento industrial del actual territorio argentino en su época.

También impulsó la primera ley de protección a un producto nacional —el vino cuyano— y planes de colonización agrícola en tierras públicas, hasta entonces sin cultivar, en Barriales (hoy General San Martín, Mendoza) y en Pocito (San Juan), donde se construyeron canales de riego siguiendo la tradición hidráulica de los huarpes, los pueblos originarios de la región.

Entre esas medidas figura una de las menos conocidas y más significativas: San Martín dictó la primera ley protectora de los derechos del peón rural a nivel nacional, que obligaba a los patrones a certificar por escrito el pago en tiempo y forma del salario. Casi dos siglos antes de que la protección del trabajo fuera un debate instalado, el gobernador de Cuyo ya legislaba para equilibrar la relación entre el empleador y el trabajador rural.

Para fomentar el trabajo organizó y reglamentó el servicio de correos y de policía, y empleó a los desocupados en el blanqueo de las casas y en el cuidado de la ciudad.

Liberar la cabeza, para liberar América

Además de prohibir los castigos corporales que se aplicaban a los niños en las escuelas, sin duda en toda su gesta la educación del pueblo fue una preocupación central.

San Martín fundó escuelas y bibliotecas y aseguraba que “la educación forma el espíritu de hombres. La naturaleza misma, el genio, la índole ceden a la acción fuerte de este admirable resorte de la sociedad. A ella han debido siempre las naciones la varia alternativa de su política. La libertad, ídolo de los pueblos libres, es aún despreciada de los siervos porque no la conocen. Nosotros palpamos con dolor esta verdad. La independencia americana habría sido obra de momentos, si la infame educación española no hubiera enervado en la mayor parte nuestro genio. Pero aún hay tiempo. Los pobladores del nuevo mundo son susceptibles de las mejores luces. El destino de preceptor de primeras letras que Ud. ocupa le obliga íntimamente a ministrar estas ideas a sus alumnos. Recuerde Ud. que esos tiernos renuevos dirigidos por mano maestra formarán algún día una nación culta, libre y gloriosa. El gobierno le impone el mayor esmero y vigilancia en inspirarles al patriotismo, y virtudes cívicas, haciéndoles entender en lo posible que ya no pertenecen al suelo de una colonia miserable, sino a un pueblo liberal y virtuoso”.

Utilizó incluso su propio capital privado para desarrollar su obra educativa, y en agosto de 1817 cedió parte de la renta de la finca que le había donado el Cabildo mendocino para aumentar la calidad educativa asegurando que eran “para la dotación de una cátedra de matemáticas y geografía. V.S. sabe que estas dos facultades son la llave de la verdadera ilustración; porque sin ellas la historia y la crítica serán un adorno puramente superficial; y el teólogo, el jurista y el filósofo nada valen si carecen del conocimiento y cronología de los sucesos con el grande arte de compararlos y darles aquella colocación precisa, profunda y discreta que sólo pueden inspirar las matemáticas”.

La salud pública como prioridad

El 17 de diciembre de 1814 firmó un bando que establecía la vacunación obligatoria contra la viruela, con estos fundamentos: “Uno de los primeros cuidados del gobierno debe ser el aumento de la población y conservación de los habitantes del Hemisferio Americano para que haya brazos suficientes al cultivo de la agricultura y ejercicio de las artes y comercio, al mismo tiempo que no falten quienes presenten sus pechos al tirano que intenta oprimir los sagrados derechos de nuestra civil libertad que con gloria sostenemos”.

Por el mismo bando se creaba una junta sanitaria compuesta por facultativos y se les ordenaba a los sacerdotes actuar como enfermeros.

Al año siguiente, creó juntas para inspeccionar los hospitales cuyanos, que además de las condiciones de atención debían fiscalizar el uso de los fondos.

El protector del Perú

Como contamos en el libro “¿Por qué volver a Monteagudo?”, el 3 de agosto de 1821 San Martín creó por decreto el Protectorado del Perú, gobierno provisorio que tenía el fin de garantizar el orden y consolidar las bases para la creación de un congreso constituyente. Una de las primeras acciones del nuevo gobierno fue decretar la reforma del sistema de esclavitud, tendiente a eliminar dicha institución centenaria.

A fines de ese año, el libertador firmó el decreto redactado por Monteagudo que disponía la inmediata expulsión de los españoles solteros, a quienes se confiscaba la mitad de sus bienes, extendiéndose meses después a los casados. Eran unos cuatrocientos, los más ricos de Lima, antiguos opresores de esclavos afroamericanos, amantes de los castigos y azotes, los beneficiarios de la opresión y el tributo indígena, los dueños de las minas que consumían miles y miles de vidas humanas, de hombres, mujeres y niños. Ahora marchaban a pie hasta El Callao, rodeados de guardias, llevándose lo puesto hacia la «madre patria».

Hombre de gobierno

El 8 de octubre de 1821 San Martín da a conocer el Estatuto del Perú, redactado por Bernardo Monteagudo. El mismo determinaba tajantemente que “el presente estatuto regirá hasta que se declare la independencia en todo el territorio del Perú, en cuyo caso se convocará inmediatamente a un congreso general que establezca la constitución permanente y forma de gobierno que regirá el estado”.

Algunas de las medidas más notables del Protectorado del Perú impulsadas por San Martín y ejecutadas en su mayoría por Monteagudo fueron:

– Abolición de la servidumbre.

– Abolición del tributo indígena.

– Abolición de la Inquisición.

– Liberación de los hijos de esclavos nacidos desde la proclamación de la independencia.

– Fomento de la educación en todos sus niveles.

– Fomento del teatro y dignificación del oficio de actor.

– Creación de la biblioteca pública (había sido decretada anteriormente por San Martín pero fue Monteagudo quien la efectivizó).

– Otorgamiento de la ciudadanía peruana a todo habitante de la América del Sur.

– Abolición de los castigos corporales.

– Libertad de imprenta y opinión.

– Prohibición del juego por dinero (una de las razones que muchos historiadores coinciden selló la suerte del delegado de San Martín, por ser una costumbre profundamente arraigada entre las clases populares).

– Retiro de los edificios y plazas públicas de todo tipo de estatua, escudo o cualquier elemento que homenajee o reivindique la conquista española, al gobierno virreinal y a los reyes de España.

– Protección de los monumentos arqueológicos y prohibición de sacar del país reliquias de los antiguos peruanos.

– Medidas proteccionistas en beneficio de la producción local.

– Reducción del número de fiestas religiosas y creación de un nuevo calendario de fiestas cívicas que las supera en cantidad (ocho).

Su paso al frente del gobierno peruano quedó expuesto en dos documentos que escribió Monteagudo: “De las tareas administrativas del gobierno, desde su instalación hasta el 15 de julio del año 1822” y “Sobre los principios políticos que seguí en la administración del Perú, y acontecimientos posteriores a mi separación”.

Sin marina mercante no hay progreso

En el primero de los textos antes mencionados se hace referencia a la importancia cabal del desarrollo de la Marina Mercante:

“Para fomentar la marina mercante, sin la cual no puede progresar la del Estado, se han tocado todos los arbitrios capaces de empeñar el interés individual en este género de industria, concediendo privilegios a los habitantes de la costa que se dediquen a la pesca, y a los que hagan el tráfico en buques tripulados por los naturales del país. Los efectos de estas medidas han empezado ya a sentirse, y una gran parte de la marinería de nuestra escuadra ha sido enganchada en nuestros mismos puertos, cuya población ha carecido hasta aquí del empleo a que naturalmente estaba llamada”.

El crecimiento y la destrucción de los monopolios y los grandes propietarios

Es destacable también el análisis que hace Monteagudo del crecimiento económico que vive la nueva nación dirigida por San Martín a raíz de la destrucción de los monopolios que “los grandes propietarios” peruanos hegemonizaban en sociedad con las autoridades coloniales: “Por último, considerando la situación del país en respecto a su prosperidad y medios que hoy tiene de obtenerla, a nadie parecerá exagerado el concepto de los grandes progresos que ha hecho a la sombra de la libertad. Aunque se han disminuido los capitales por los consumos de la guerra y la inmigración que es consiguiente a ella, la suma de los que han quedado rinde hoy más productos que antes, porque la industria demanda mayores fondos cuando puede emplearse con franqueza, sin las trabas del antiguo monopolio, y porque en fuerza de nuestras nuevas instituciones se han puesto en el mercado un gran número de capitales que estaban sustraídos a la circulación. Es verdad que ya no se encuentran esos grandes propietarios que unidos al gobierno absorbían todos los productos de nuestro suelo: pero subdivididas las fortunas, hoy vive con decencia una porción considerable de americanos, que no ha mucho tiempo tenían que mendigar el amparo de los españoles”.

Gobernar para la patria y contra los cipayos

La política de San Martín en ambos casos le ganó el afecto de los auténticos patriotas de todas las clases y la resistencia de muchos poderosos criollos y españoles a los que estas medidas afectaban directamente.

A estos San Martín les recordaba: “Cuando América por un rasgo de virtud sublime quebrantó las cadenas de la opresión peninsular, juró a la patria sacrificarlo todo por arribar al triunfo de aquel glorioso empeño. Así es que desde entonces debió desaparecer entre nosotros el ocio, la indiferencia, la molicie y todo cuanto podía enervar la fuerza de aquella valiente resolución. Consecuente a esto, la actividad, la dureza de la vida armada, es el verdadero carácter que debe distinguirnos. No es suficiente el sacrificio de nuestra fortuna. Es preciso dar el sosiego, nuestra existencia misma”.

Hoy recordar los gobiernos sanmartinianos tiene que ser la brújula para orientar la construcción de la definitiva independencia de la patria, desnudando los falsos discursos que, para justificar el saqueo extranjero y el cipayismo de las clases dominantes de adentro, intentan vaciar su obra de su verdadero poder revolucionario.

*Germán Mangione es periodista e investigador. Diplomado en Economía Política. Autor del libro “¿Por qué volver a Monteagudo?”. Coordinador del sitio educativo de historia:  www.puntaquebrachohistoria.com.ar y miembro del Encuentro Federal por la Soberanía.