Rosario, jueves 20 de agosto de 2026
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Opinión: Juguemos, no apostemos

"Lo que está en juego es el propio significado de jugar. Defender aquello de primitivo y espontáneo que existe en el juego; esa acción que no necesita justificar para qué sirve, cuánto vale ni qué beneficio produce. Y en esta disputa también tendremos que empezar a definir con mayor precisión quiénes están del otro lado en esta batalla por el sentido de las palabras", dice el autor
Opinión: Juguemos, no apostemos

Por Brian Tieppo / Especial para El Ciudadano

Semanas atrás, en el marco de la reinauguración de la Biblioteca Leopoldo Marechal del Sindicato del Seguro de Rosario, se realizó el conversatorio “¿Qué nos dejó el Mundial?”, con la participación de Kurt Lutman, Ignacio Boggino, Lisandro Urteaga y Gustavo Méndez, secretario general del Sindicato del Seguro de Rosario. Tuve la oportunidad de asistir a una charla que, partiendo del último Mundial, terminó abriendo una discusión mucho más amplia sobre el fútbol, el juego y algunas de las prácticas que intentan naturalizarse.

Entre ellas, las apuestas deportivas ocupan un lugar cada vez más difícil de ignorar. Su crecimiento alcanza a los adultos, pero resulta especialmente visible entre los más jóvenes, para quienes apostar comienza a formar parte de la propia experiencia de mirar un partido. Hacer una combinada, apostar en cadena o acertar un resultado parecen haber ganado terreno frente a conversaciones mucho más sencillas sobre el juego: cómo jugó un equipo, por qué ganó, qué hizo bien un futbolista o qué ocurrió dentro de la cancha. No se trata solamente de que hoy se apueste más, sino de advertir cómo esa práctica empieza a modificar la manera en que miramos, hablamos y hasta disfrutamos del fútbol.

Es allí donde comienza una disputa que excede ampliamente al acto de apostar. Buena parte de la comunicación de las casas de apuestas trabaja sobre una operación concreta: borrar la frontera entre jugar y apostar, presentar ambas cosas como si pertenecieran naturalmente a una misma experiencia. Los slogans de las corredoras de apuestas lo muestran con claridad: “Cuando eres jugador, juegas”, “Ganar lo es todo”, “¿Cuál es tu emoción?” o “Una apuesta es una decisión. Jugá con el corazón y apostá con la cabeza”. No son frases inocentes. Buscan apropiarse de palabras históricamente vinculadas al deporte —juego, emoción, pasión, victoria— para asociarlas a una actividad cuyo sentido central está atravesado por una transacción económica.

En esa misma lógica debe leerse una expresión que hemos incorporado casi sin discutir: “Jugá responsablemente”. Su aparente moderación esconde una definición previa, porque antes de invitarnos a hacerlo de manera responsable ya ha establecido que apostar es jugar. Y esa equivalencia está lejos de ser evidente. ¿Qué permanece de la naturaleza del juego cuando aquello que sucede deja de valer por la experiencia misma y comienza a ser medido por la posibilidad de obtener un rédito económico? Jugar supone también incertidumbre, imaginación, gratuidad, encuentro, incluso la posibilidad de perder sin que esa derrota constituya otra cosa que el final momentáneo de una experiencia. Cuando el dinero interviene, ganar y perder dejan de significar exactamente lo mismo.

También por eso vale detenerse en otra expresión naturalizada: “casas de apuestas”. Francisco utilizó reiteradamente la idea de “casa común” para hablar de aquello que compartimos, del espacio que habitamos y que tenemos la responsabilidad de cuidar. La casa remite a pertenencia, protección, vínculos, memoria. Resulta, cuanto menos, paradójico que ese mismo término sea utilizado para nombrar empresas cuyo vínculo con quien ingresa está determinado fundamentalmente por una operación económica. La disputa, entonces, no se reduce a regular una actividad: también supone discutir las palabras con las que esa actividad busca legitimarse y ocupar un lugar cotidiano en nuestras vidas.

Porque quizá allí radique una parte central del problema. Lo que está en juego es el propio significado de jugar. Defender aquello de primitivo y espontáneo que existe en el juego; esa acción que no necesita justificar para qué sirve, cuánto vale ni qué beneficio produce. Y en esta disputa también tendremos que empezar a definir con mayor precisión quiénes están del otro lado en esta batalla por el sentido de las palabras: qué empresas, plataformas, intereses económicos, publicitarios y deportivos conforman ese conglomerado que intenta apropiarse de nuestras emociones y arrebatarnos, casi sin que lo advirtamos, aquello tan elemental y profundamente humano que existe en el simple hecho de jugar.