Serra lleva casi tres décadas mirando la industria del calzado desde un lugar particular: no es empresario, sino articulador. Es gerente de la Cámara de la Industria del Calzado de Santa Fe y su tarea es acompañar a las fábricas, sobre todo a las pymes, capacitarlas, conectarlas con el mundo y, en tiempos como este, ayudarlas a resistir
Alberto Serra lleva casi tres décadas mirando la industria del calzado desde un lugar particular: no es empresario, sino articulador. Es gerente de la Cámara de la Industria del Calzado de Santa Fe y su tarea es acompañar a las fábricas, sobre todo a las pymes, capacitarlas, conectarlas con el mundo y, en tiempos como este, ayudarlas a resistir.
Cuando empezó, a fines de los años setenta, en la provincia de Santa Fe había unas 250 fábricas que hacían zapatos. “Hoy quedan 80 con suerte”, dice. El dato no es solo histórico: condensa un proceso largo de pérdida de peso del sector, que en los últimos años se aceleró. A nivel país, la tendencia es similar: cierres, caída del empleo y una industria que funciona muy por debajo de su capacidad.
En ese contexto, la Cámara del Calzado intenta sostener lo que queda: tiene un centro de formación propio, capacita trabajadores, organiza misiones comerciales y promueve una idea que aparece como horizonte: competir en calidad, no en precio. Porque en ese terreno, admite Serra, hoy es imposible. Uno de los proyectos que llevan adelante en el corto plazo es una misión a Italia, para fortalecer ese vínculo de Santa Fe como proveedora de calzado de calidad.
La crisis actual atraviesa todo su relato: “La palabra es aguantar. Y no es una metáfora: las empresas que siguen abiertas están achicándose, perdiendo rentabilidad y reduciendo personal. Nadie gana plata. El 99% está en retroceso”. Para Serra, el problema central está en el mercado interno, con la caída del consumo.
Los datos lo acompañan. Según esta nota de Infocalzado, la producción de calzado viene en descenso sostenido y podría caer a niveles muy por debajo de los de hace una década, en paralelo a una demanda interna debilitada.
En ese escenario, las importaciones funcionan como un factor que agrava. En 2025, el ingreso de calzado y ropa alcanzó niveles récord, superando los 1.500 millones de dólares, con un fuerte avance de productos importados sobre la producción local.
Serra introduce un matiz clave. Hoy el importado no es el principal problema porque no hay demanda. El dato más gráfico es el stock acumulado, hay millones de pares importados que no se venden. Y eso genera una distorsión adicional: mercadería que empieza a liquidarse a cualquier precio, incluso por debajo del costo, afectando a toda la cadena.
A eso se suma otro síntoma típico de crisis: la ruptura de la cadena de pagos. Cheques rechazados, cuentas embargadas y deudas incobrables. Empresas que venden pero no cobran, o directamente dejan de vender.
En Santa Fe, el panorama replica el nacional, aunque con una particularidad: parte de la industria logró reconvertirse hacia un calzado de mayor calidad, más resistente a la competencia externa. Lugares como Acebal, históricos polos productivos, fueron dejando atrás el calzado económico imposible de sostener frente a importaciones baratas para moverse hacia segmentos más altos.
“Esa estrategia no alcanza hoy para escapar del problema de fondo. Sin consumo, no hay mercado, sin mercado, no hay escala. Y sin escala, la industria se reduce”, dice.
El resultado es un sector que sobrevive más por inercia que por perspectivas. “Y no se ve la luz al final del camino”, dice Serra. Mientras tanto, las fábricas siguen abiertas, aguantando.
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