Espectáculos

“Alejandra”, de Martín Rechimuzzi, una experiencia escénica sobre la salud mental desde unos ojos que miran hacia adentro

El imperdible unipersonal del también politólogo y referente del streaming, donde se vale de recursos del teatro documental para hablar de la locura y la falta de empatía, pasó el fin de semana con otra función a sala llena en el Teatro Astengo 

Miguel Passarini

Singularísima mezcla de teatro documental con atisbos de biodrama que se convierte en una inquietante interpelación al público desde el recurso de la vivificación, acerca de la ausencia, la muerte, el dolor insoportable y particularmente la locura y la soledad, el talentoso Martín Rechimuzzi pasó este fin de semana por Rosario, una vez más por el Teatro Astengo con entradas agotadas, con su imperdible espectáculo Alejandra (una perforación a cielo abierto).

Lo que comienza como una conferencia en su más puro estado posdramático, con un uso atinado de la tecnología, se va rompiendo, se va resquebrajando, hasta desnudar el dolor que atraviesa al actor a lo largo de un material en el que el humor absurdo y el disparate lo transforman en una especie de neogrotesco, poniendo en evidencia lo incomprensible del mundo contemporáneo con una visión desencantada y áspera donde, al mismo tiempo que se ríe, se llora, incluso frente a las mismas circunstancias o vicisitudes, algo que el también polítólogo y figura del streaming maneja con una organicidad avasallante.     

Pandemia, marzo de 2021. La tía Alejandra se escapa, huye de su entorno y de la realidad (hay allí algo de una verdad que es imposible ocultar). La locura, siempre subestimada o escondida, a lo largo del tiempo, se corporiza y aterra (a todos, donde sea, cuando sea). Y aunque no la quieran ver, esta vez no es como otras veces. La paranoia comienza su acto, la desconexión empieza a latir y el relato es poderoso e hiperrealista. Como poseída, su voz se multiplica, como en la psicosis o la esquizofrenia, y el poder de esas otras voces se vuelve algo radical e insoportable, a pesar del humor. 

Fue un tiempo de locura y alienación, la salud mental se puso en jaque en toda su fragilidad y ése es el punto de Alejandra: nadie o muy pocos lo registraron. El relato de Rechimuzzi se asume como una voz que se multiplica en una pregunta que late en la platea: “¿Qué es y cómo es ése infierno tan temido de la locura?”. 

Un tono conspirativo, entre Kafka y Pizarnik, atraviesa ese texto primario que Rechimuzzi lee a público, que va del rigor científico a una percepción de la locura más humana, donde pone atención en el segundo que dura la vida, en su incalculable fragilidad y en lo que es verdad y lo que es mentira o suposición, en una cabeza, la de su tía Alejandra (la de tantos y tantas), que pareciera romperse a partir del latido de la muerte y de esas voces que la convocan en medio de duplicaciones y señales de ese otro que habla y que sólo ella puede ver o escuchar porque lo lleva en su propio cuerpo. 

“¿Cómo sobrevivir a eso?”, pareciera preguntarse. Y como en todas las tragedias, la muerte se presume mientras se intenta que las voces se callen de una buena vez. Es el lugar de la locura, el físico y tangible (el de sus recorridos y aprendizajes) y ese otro lugar en el que habita en el cuerpo. De allí en más, una emoción rara invade el relato y el actor se desdobla y puede ser él y todos los demás, incluso su tía Alejandra y sus alucinaciones auditivas de este siglo que no tienen ninguna diferencia con una posesión demoníaca del siglo XV, porque siempre fue lo mismo: unos ojos que miran hacia adentro en medio de la más absoluta soledad.            

De este modo, el viaje, que remeda sus recorridas y experiencias por “loqueros y manicomios” donde, entre más, aprendió algo de lo que supone actuar, se vuelve, sin romantizar la locura, algo muy inquietante ante el posible desborde: porque la locura se vuelve resistencia, casi poesía, una resistencia que no habita en ningún otro lugar de la sociedad, ni siquiera en este tiempo donde un locura (una muy peligrosa y grosera) gobierna y manda. 

Extremadamente poético y al mismo tiempo incuestionablemente político, Alejandra es una oda a la necesidad de empatía, un manifiesto vivo que navega por lugares oscuros a los que el actor, saludablemente, le pone luz con un humor que va de lo absurdo a lo pueril y de allí a una especie de nostalgia que se vuelve inevitable.

En ese acontecer escénico, un cumpleaños en el conurbano bonaerense, los 15 de Alejandra, con sus particularidades y contradicciones, habilitan la aparición de otros personajes que sirven para ilustrar el fascismo imperante en la sociedad actual y, más tarde, la necesidad de amor de una mujer sola, todo mixturado con el show kitsch del Dúo Acuarela (integrado por Daniel Castronuovo y Rita Rizzo), en esta comedia poética y bizarra donde la razón pierde el sentido y la locura del presente habita un escenario que es una casa, una familia, unos afectos y una partida irremediable y dolorosa. 

Alejandra se convierte en un material tan atrapante como imprescindible, donde los espectadores son los “invitados” a un cumpleaños al que cada uno puede asistir y hasta bailar con sus propios muertos, en un tiempo de atroz individualismo, donde algunas prácticas que parecían olvidadas, como la discriminación en todas sus formas, la violencia incluida la estatal, el insulto y la ausencia de compromiso o militancia, donde cada uno tiene la razón y no hay acuerdos posibles, están de regreso y hasta muchos las aplauden.

Se sabe que la intuición no es una verdad, pero sirve para entenderla como también para confirmar, siendo parte de esta saludable y arrasadora experiencia escénica, que sí es una verdad poderosa esa que sostiene que “nadie se salva solo”.  

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