El fútbol forma parte de la idiosincrasia criolla, pero muchos no sabrían reconocer a un verdadero campeón…
Los brasileños ya habían errado el penal: se los había sacado al córner nuestro arquero. El tipo la paró cerca del área grande, gritó para avisar; se sacó a un marcador y luego a otro, y en cuanto intuyó que el arquero salía a tapar, la puso dentro del arco con maestría. Era el gol contra el último ganador olímpico. Era el gol del mundial. Argentina campeón del mundo en fútbol.
Dicen que presintió al abrazo de los compañeros que se le vinieron encima y que lo voltearon en una maraña humana. Dos mil personas gritando lo tumbaron con sus gargantas. Silvio Velo, comparado hasta con Maradona, intuyó hasta el color de ese grito: una explosión de luz. Luego, el pitazo y la algarabía: dio la vuelta del brazo de sus compañeros, a su vez del brazo de otros anónimos hinchas. Alguien le puso en las manos el trofeo y lloró, lloró largamente desde sus ojos mojados por la transpiración.
Ya se sabe, cualquier cosa es válida en los festejos, aún lo exótico. Caretas, remeras pintadas: él eligió el antifaz previsible, sólo que a la inversa, se lo quitó en los vestuarios, antes de la ducha. La pelota, como un coco tintineante, durmió con a sus pies esa noche.
Era la del Campeonato del Mundo, otro título para Argentina. Por la mañana su esposa Claudia, como la del Diego, le leyó los titulares. El copete estaba dentro, no en la página uno ni en la central, pero estaba igual.
Bebió el jugo y se estiró. El retintín de la pelota le recordó el golazo de la jornada anterior y sintió un vago estremecimiento. Afuera jugaban sus chicos y el leve frío se debería a alguna ventana abierta.
Se saludan los campeones
Los ingleses esperaban: eran visitantes y el arquero estaba un poco excedido de peso. Imponente y algo añoso pero experimentado. Salieron con furia. Marcaron firme de entrada y el partido se puso rasposo rápidamente: cuatro amonestados y un inglés con la cabeza rota. Sabía que lo buscarían a él, el más hábil, por eso, inteligentemente, se retrasó, la pidió en su campo y con ojos bien abiertos distribuyó lejos de las patas de fierro que lo buscaron todo el partido.
Al fin, vino el premio: habilitación perfecta a Montero y la pelota que entró sesgada, a un palo, lejos del “inglish” que se estiró pero no pudo. Luego, diez minutos de control de pelota y contraataque. Al fin, el referí, pitó y Argentina se consagró campeona del mundo en fútbol.
El mundo se le vino encima y estallaron los gritos y Carlos besó la camiseta una y otra vez sonriendo en su enmarcada dentadura perfecta, dirigiendo su alegría hacia sus amigos, sus parientes, allí cerca, en esa canchita casi sin tribunas pero prolija de Defensores de Belgrano. Se había ido de Argentina porque lo discriminaban: había vuelto para darle un título mundial.
Campeones del mundo y nada menos que en casa. Luego, la cena, el alcohol festivo, la fiesta en la disco Pachá y la mañana, donde previsiblemente el logro escrito estaba dentro, en un apartado, casi como una rareza.
Alguien llamaba, no era de un medio. Un colega, “otro campeón del mundo”, le dijo su compañero de departamento y le pasó el tubo. Era Silvio, el diez de los Murciélagos, el equipo de no videntes que lo llamaba para saludarlo. Hicieron chistes: las porristas travestis con sus soleritas rosa y celestes, “Su Giménez” apuntando que “deberían salir a la cancha vestidas como mariquitas locas”.
Comentaron que en un año dos campeonatos mundiales de fútbol, mientras que los otros, el equipo de los millonarios, de los caprichosos Bielsa, el de los congelados Brujitas y los erráticos Batis que no habían ganado nada, salían hasta en tapa de las revistas evangelistas.
Pero fueron respetuosos, ni se burlaron. Al fin y al cabo eran sus colegas. “¿Sabés?”, se extendió el goleador y capitán de los Dogos, el equipo recientemente campeón del mundo en fútbol gay, “los ciegos y los putos no son futbolistas: son enfermos que juegan para rehabilitarse”. Y sus carcajadas resonaron por todo el Río de la Plata.
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