José O. Dalonso – Especial para El Ciudadano
“Fijate de que lado de la mecha te encontrás, con tanto humo el bello fiero fuego no se ve”. (“Queso Ruso”, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)
Casi dos semanas después del fallecimiento del Indio Solari, se ha ido el Carlo Ginzburg, quien desde muy pequeño supo de qué lado de la mecha estaba; y que ha construido toda su obra a partir de ese posicionamiento y del imperativo de contar la historia según “el punto de vista de las víctimas”.
Se le atribuye ser uno de los padres de la microhistoria y de desplegar una estrategia cognoscitiva, el paradigma indiciario, cuya influencia se ha diseminado en diversos campos del conocimiento de lo social y es un fueguito que alimenta a todo aquel o aquella que se propone contar la historia desde la mirada de las clases subalternas invisibilizadas y silenciadas, cuyas vidas han sido –y lo son a diario– narradas según la mirada de los que mandan.
Y me permito, a modo de digresión, trazar un puente entre Ginzburg y nuestro Rodolfo Walsh, quien en “Operación Masacre” refuta la versión oficial de los fusilamientos de José León Suárez (junio, 1956), a través de una búsqueda indiciaria –antes de la emergencia de este paradigma, que de hecho es milenario, según el propio historiador italiano– y da con las víctimas del hecho y narra lo que sucedió desde el punto de vista de estas.
No lo hace sino para develar una estructura de poder dictatorial y también para anticiparnos el aparato represivo que se iba a montar a partir del Golpe de 1976, como en «El queso y los gusanos», a través del juico al molinero Menocchio, Ginzburg reconstruye el sistema inquisitorio medieval.
La microhistoria de Ginzburg nace de un posicionamiento y un imperativo; va dando forma a un modelo epistemológico; y, a la vez, el trabajo de archivo y la casualidad del descubrimiento se conjugan para construir una obra, que contiene algunos de los libros más inspiradores, profundos y bellos de la segunda mitad del siglo XX, como “El queso y los gusanos”, también “Los benandanti” o “Historia nocturna”, entre otros, aunque no es mi propósito elaborar un inventario. Delego la tarea en Wikipedia o la Inteligencia Artificial (IA).
Ginzburg es y será su vasta producción; pero más aún su posicionamiento como intelectual, que en “El juez y el historiador” lo llevó a desplegar su método para ponerlo en función de una causa: desmontar el infame juicio de los años 80 contra su amigo personal y compañero, Adriano Sofri, acusado y condenado por el crimen de un policía.
Allí, magistralmente, confronta los procedimientos de la Justicia y de la Historia para alcanzar la verdad y, si lo releemos hoy, nos dará cierto escozor por las semejanzas con algunas condenas que los poderosos han celebrado desembozadamente.
Entonces, me gusta pensar en este Carlo Ginzburg, inclaudicable hasta el fin, sabiendo de qué lado de la mecha estar; tal vez, diciendo a las y los jóvenes estudiosos de la historia, pero también de lo social en un sentido más amplio: “¡Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene!”.