Muerta hace unos días, a los 92 años, fue protagonista de sugestivas publicidades televisivas, actriz, arquitecta, militante en las villas antes del golpe y pasajera del avión que trajo de regreso a Perón en 1972. Descartó la vacuidad de la fama y se mantuvo fiel a una escala de valores como forma de estar en el mundo y fue, hasta el final, de aquellas que nunca se la creen
Si se vuelven a ver las publicidades desperdigadas por la Web que protagonizaba, se entiende por qué Chunchuna Villafañe era irresistible. Su manera de moverse, su voz seductora, sus miradas penetrantes y su dejo irónico la situaban a años luz de otras modelos de la época; eran los años sesenta y en la carrera publicitaria televisiva se competía contratando a las más bellas entre quienes transitaban las pasarelas.
“Te hago click”, le decía Chunchuna a un atribulado Ugo Tognazzi –con toda la ambigüedad que deparaba el término–, arrasado por un irresistible mohín de la rubia en un corto publicitario que promocionaba la “nueva” birome Sylvapen a mediados de los 60. O el todopoderoso “!guau!” que emitía luego del “…largos con fibra” con que describía los fibrones de la misma marca que el locutor en off vendía “en atados de 6 y 12 colores”, en otra habitual publicidad ya un poco más acá, cuando arrancaba 1976.
O desafiando a otras mujeres –en una publicidad de la loción masculina Valet–, a obsequiarles a sus hombres esa fragancia porque de lo contrario, acostada sobre una alfombra piel de tigre y con cintas de navidad flotando en el aire, la voz cautivante de la blonda sentenciaba “…se la regalo yo, personalmente”.
Pero Chunchuna Villafañe, quien acaba de morir, a los 92 años, no era sólo una modelo de sofisticada seducción y elegancia, sino también una consumada actriz, dibujante, arquitecta y, no menos importante que sus otras facetas, militante, de las que entendían la práctica poniendo el cuerpo, como lo prueban sus trabajos barriales en la Villa 31, haciendo proyectos para mejorar las viviendas humildes, junto al padre Carlos Mugica, a principios de los 70 –cambiaba su look de femme fatal por vaqueros, camisas grandes y botas de goma– lo que no le impedía continuar con sus apariciones televisivas, cada vez más asiduas dado el rotundo éxito que conseguían los productos que promocionaba.
Hubo otro suceso de esta misma índole que ella recordaría del siguiente modo cuando regresó de su exilio en los primeros años democráticos: “Recibí una carta con una invitación que primero me pareció extraña, porque si bien a veces me invitaban a actos militantes, esta venía con un membrete. Me decían que había sido elegida para acompañar a Perón en el viaje de regreso a Argentina, que querían que estuviese allí porque yo era un ejemplo de toma de conciencia política y que la vuelta de Perón sería uno de los sucesos más importantes de las últimas décadas y era importante que yo estuviese. Primero lo pensé un poco, porque me asusté pensando que podrían hacer volar el avión, pero no tardé en decir que sí, y realmente fue toda una experiencia”. En ese vuelo viajaron casi 160 personas entre políticos, sindicalistas, artistas de todas las expresiones, futbolistas, y Chunchuna, quien ocupó un asiento junto a Marilina Ross y Nilda Garré.
Sin que la frivolidad y el caretaje del universo de las modelos le hicieran mella, Chunchuna protagonizó más de 200 publicidades televisivas mientras asumía más profundamente su compromiso social, lo que la llevaría a exiliarse junto a su pareja de entonces, el realizador Fernando Pino Solanas, poco después del golpe cívico-militar, cuando las amenazas que recibían eran cosa de todos los días.
Su huella en el mundo del modelaje no fue solo una cuestión de imagen. Antes, en 1967, Chunchuna había ejercido un rol gremial al ser una de las fundadoras de la Asociación Modelos Argentinos, algo que le costó un poco dada la sustancia de buena parte de los agremiados, pero ayudada por los vientos de época, pudo lograrlo y esa entidad daría origen, cada 30 de agosto, al Día del Modelo en Argentina.
Su hija, la también actriz, cantante y compositora Juana Molina –hija del cantautor Horacio Molina– suele recordar sus días en el exilio parisino mientras escucha King Crimson y se deleita con esos sonidos, soñando, tal vez, convertirse en lo que es actualmente. El día de su muerte, Juana escribió en Instagram: “Queridos amigos murió mi querida mamita. Era algo que esperaba y temía. Sucedió esta madrugada. Es un cocktail de sensaciones, cuando volví a su casa y vi su cama vacía me di cuenta de que la voy a extrañar mucho. Esa ausencia inmensa. Ir a su casa a conversar era algo que hacía muy a menudo y sería incapaz de recordar alguna de esas conversaciones que duraban horas. No sé de qué hablábamos, pero hablábamos mucho. Creo que ahora quiero estar con mi hijita bien juntitas las dos”.
Como actriz, tal vez Chunchuna sea recordada sobre todo por su participación en La historia oficial, la película de Luis Puenzo que fue la primera argentina en conseguir un Oscar como la mejor entre las extranjeras. Allí anima a una amiga de la protagonista principal, Norma Aleandro, que regresa del exilio y no soporta la hipocresía, ni el colaboracionismo de sus amigas, que sigue intacto y permitió que el horror campeara a sus anchas en el país.
La secuencia de una cena entre esas amigas donde le factura esas calamidades a una de ellas, es francamente conmovedora, al igual que cuando le confiesa al personaje de Aleandro que fue secuestrada, torturada y violada antes del exilio solo por haber tenido una relación con un hombre marcado como subversivo al que hacía tiempo ya no veía.
Chunchuna recibiría un premio a mejor actriz de reparto en el Festival de Cine de Chicago y una nominación al Cóndor de Plata por ese trabajo. Antes de partir al exilio había hecho sus primeros lances actorales en Un guapo del 900 (Lautaro Murúa, 1971) y No toquen a la nena (Juan José Jusid, 1976), y a su regreso a Buenos Aires volvió a estudiar actuación con Agustín Alezzo ya decidida a trabajar en cine. Tuvo roles en Vidas privadas (Fito Páez, 2001) y en Extraño (Santiago Loza, 2003); también estuvo sobre las tablas en Cartas de amor, obra teatral de Oscar Barney Finn, e integró elencos en propuestas televisivas como Atreverse, Mujeres asesinas y Tratame bien.
De este modo, Chunchuna Villafañe fue convirtiéndose en lo que hoy podría verse como un, por lo menos, una extraña vida ejemplar; su belleza y su don de gracia, allá en sus inicios como modelo, pudieron llevarla a un mundo de fama y dinero, al que prontamente descartó por altamente superficial, vacuo e inútil. En cambio, iría conformándose ella una forma de estar en el mundo, fiel a una escala de valores –era de las que nunca se la creen– que mantuvo a toda costa y con todo el ángel con el que la invistió el destino.
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