En estos tiempos no es extraño escuchar los cuestionamientos más disparatados sobre conceptos básicos que nos permiten vivir en sociedad. Pocos se detienen a evaluar que no todos contamos con las mismas herramientas o posibilidades, ni partimos del mismo lugar.
El individualismo extremo y la desconexión con el otro se volvió una constante. Hablar de empatía, conciencia social, vulnerabilidades e incluso de amor parece fuera de lugar. Por eso, a veces, tengo la sensación de que mantener vivo este proyecto colectivo es casi una utopía.
Sin embargo, estoy segura de que el sostenimiento de esta cooperativa no es una batalla que libramos solos.
Esta década cooperativista es parte de una historia más larga. Antes fuimos empleados en relación de dependencia; una experiencia que nos obligó a disputar nuestro espacio de trabajo y a defenderlo como fuera. Ahí aprendimos que no había salida individual posible si queríamos conservar la fuente laboral: la única opción era colectiva.
Sería injusto circunscribir esta historia solo a los socios que hoy formamos la coope. Muchas personas estuvieron en el momento justo y en el lugar indicado: compañeros que ya no forman parte del proyecto, nuestras familias y el Sindicato de Prensa Rosario (SPR) fueron un sostén indispensable.
Comunidad
Somos conscientes de quiénes somos, de qué somos capaces, de nuestro profesionalismo y de lo que significa este medio de comunicación para la ciudad. Pero les aseguro que nada de esto sería posible sin nuestra comunidad. Sin ustedes no hay razón de ser.
La autogestión no es un camino fácil, no se lo voy a negar. Entramos a este mundo sin saber muy bien de qué se trataba. No había tiempo para teorizar la idea ni estudiar detenidamente cómo funcionaba: había que aprender haciendo. Velar al empleado que fuimos y aprender a ser cooperativistas, todo al mismo tiempo.
La exigencia mental, anímica y física fue —y sigue siendo— enorme. Tampoco había tiempo para la depresión: la consigna era “si te deprimís, hacelo pero produciendo”.
En estos diez años aprendimos mucho. Nos adaptamos a todos los cambios imaginados e inimaginables en cada uno de los frentes, evolucionamos y crecimos. Y cuando vienen las malas —que les puedo asegurar que no son pocas— especialmente las que te tumban de un cachetazo, ahí están ustedes.
Un ejemplo claro fue el robo que sufrimos este primer día del año en nuestro estudio de streaming. Fue un golpe muy duro, un porrazo del que nos levantaron ustedes.
El apoyo recibido nos dio un envión que nos sacó de la bronca y la tristeza. Fueron tantas las personas que se comunicaron para preguntar cómo ayudar que nos impulsaron a darle la vuelta a este mal trago. A trabajar aún más duro para estar a la altura de la comunidad que tenemos.
Este hecho, quizás el más reciente, ilustra a la perfección por qué seguimos sosteniendo esta cooperativa contra viento y marea: porque tejer redes salva y porque la salida, siempre, es colectiva.

