Por Santino Bugatti
A paso lento, algo torpe pero decidido, avanza una pareja de adultos mayores por el pasillo central del Lumière hacia las butacas de adelante de todo. La fila de ingreso se mueve en la misma dirección lentamente. No es una fila india, uno detrás del otro, sino que son grupos de personas que van ingresando agrupados pero sin orden. Como un río, fino y luminoso como todo río que finalmente desemboca en el mar: la sala de cine. La fila viene desde la entrada por Vélez Sarsfield, incluso llega hasta Alberdi, como una bifurcación fluvial que conecta la avenida con la sala que, con unas luces coloridas y algunos reflectores que apuntan al cielo, luce su famoso cartel saliente y una alfombra roja aterciopelada que guía al río de gente hacia su interior.
La pareja de adultos debió atravesar todo eso para llegar a la segunda fila, cosa curiosa para el momento en que entraron porque eran casi los primeros y generalmente, los asientos del medio para atrás son los más solicitados por el público. Sin embargo ellos caminaron siguiendo el sendero alfombrado, la mujer sosteniendo de un brazo al hombre, mientras que él con su otro brazo sostiene su bastón blanco y metálico. Se sentaron en las primeras dos butacas del lado izquierdo y eran las únicas cabezas que el resto podía ver desde sus lugares lejanos a la pantalla. Aunque rápidamente la sala empezó a llenarse y los lugares de su alrededor fueron ocupados, hubo quienes pudieron preguntarse por qué teniendo tanto espacio para elegir fueron a sentarse a aquel sector.
Luce unos hermosos Ray-Ban negros de cristales redondos en los que se refleja toda la pantalla. Todo su brillo, las luces a su alrededor, su esposa sentada al lado, y todas las personas que pasan por delante y por detrás de él. Como el Aleph, sus lentes lo reflejan todo. El punto de vista que ellos elijan tener en cualquier sala de cine no interesa porque lo importante para él es sentir.
El Festival de Cine Latinoamericano Rosario abre su trigésimo primera edición con la proyección del último gran documental argentino “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel que se proyectó en la gran pantalla del cine Lumière y en las dos pantallitas espejadas y oscuras de no más de 5 centímetros de ancho de aquel señor.
Al oir esas voces contar la historia del asesinato de Javier Chocobar y la del hurto ilegítimo de las tierras indígenas, el señor lloró. De esos ojos ocultos cayeron lágrimas tan saladas como el mar argentino. Su esposa, que en algunos momentos de la película cabeceó, le sostenía la mano y asentía con la cabeza. Sentir el cine era eso. Escuchar con atención el relato, el rebote del sonido en las paredes forradas de la sala que provocaron que un señor que no ve, llore. Pensar en las personas que viven en este país desde hace mucho más que el resto. Pensar en los otros. Pensar en Dios. Cuestionar a Dios también, como la misma película lo hace. Eso hizo que el hombre llore.
“¿Estará Dios viendo todo esto?” es la frase que hizo que caigan aquellas lágrimas. Lágrimas de furia, de tristeza, de incertidumbre. En la sala de cine varias como esa cayeron a lo largo de la función y varios ojos que si ven fueron abducidos por paisajes verdes y montañosos. Por cielos abiertos como las alas de los teros que sobrevuelan el norte tucumano. Por caras argentinas oscuras y sucias y racializadas. Por el marrón del suelo y de la piel.
En el canto de los pájaros, en las lenguas indígenas volcadas al castellano, en el ruido a piedra y cascote, el señor pudo situarse en donde sucede la película. Pudo reconocer personajes y situaciones sin necesidad de una audio descripción. En caso de necesitarla, el señor pudo quedarse en su casa y ver el documental en Netflix. Con ese criterio nunca iría al cine. Es que en Argentina el cine accesible, propiamente dicho, no es tenido en cuenta como sucede en países como Colombia donde se realiza un festival de cine organizado por institutos especializados y con apoyo estatal.
En el Festival de Cine Latinoamericano de Rosario, el terreno es ocupado por personajes y relatos que necesitan del arte para sobrevivir como el pasto necesita ser regado por la lluvia y los animales necesitan cazar. Como el humano necesita del agua y de la duda y de contar esas historias que vive y oye. Como un señor, que tal vez no ve lo mismo que el resto de la sala, que necesita sentir la mano de su mujer, sabiendo que las películas lo mantienen atento y los tiene a ambos, yendo a los cines rosarinos a empaparse de él durante una semana.
***
*Este texto forma parte de los trabajos del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”, dictado por el periodista Ulises Rodríguez en el marco del 31º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario. Esta crónica resultó la más votada entre quienes asistieron al taller para ser publicada en EscribiendoCine.