“Up the hill, down the hill”. Siendo joven uno estaba up the hill, subiendo la montaña; envejeciendo, uno va down the hill, bajando la montaña.
No me consta qué dice la imagen sobre la llegada, el pasaje por la cumbre, pero la frase es fácil de asimilar a una especie de curva ascendente, que hace una joroba en la etapa media de la vida y una curva descendente cuando va hacia el final, donde también uno puede imaginar, al pie, su propia fosa y hasta el ruido de la tapa de su propio ataúd, cuando lo cierran.
“La vejez no es alegría”, repetía mi abuelo y también mi madre, cuando todavía no estaba casi centenaria como ahora, y cuando ya casi ni distingue –o ni le interesa distinguir, o no le es dado interesarse– en qué fucking parte de la montaña está.
Está, eso sí, en una casa para ancianos, un geriátrico, preguntando todos los días cuándo va a volver a su casa. Y uno no puede evitar pensar que ya no le queda más que un paso para llegar a la última casa, la misma que alguna vez, nos tocará a todos. Esa infinita casa de la no existencia de la que nada conocemos, a pesar de los empeños de profusa folletería y promoción de tantas y tantas respetables compañías de turismo espiritual.
––Pasá adelante, a primera fila–– me decía mi primo, mientras se acercaba a mí, en el entierro de su padre, doblando el papelito de las palabras que había anotado y pronunciado para despedirlo.
––¿A qué primera fila?–– le contesté, sin darme cuenta de qué me hablaba. Yo lo quería bastante a mi tío y estaba un poco emocionado y dolido por su fallecimiento.
––A la primera fila, porque ahora nos toca a nosotros, que ya se van yendo nuestros viejos y nuestros hijos están grandes. En el orden de llamada estamos nosotros en primera fila, ahora.
Recuerdo que, a pesar de mis sentimientos del momento, no pude evitar contestarle un ¡qué te parió! y una sonrisa que en ese mismo momento se me antojó precisamente para una foto de cementerio en chapita esmaltada.
Que me retribuyó, –y que también planté en el mismo compartimiento de la memoria para futuras chapitas esmaltadas– mientras guardaba el papelito en un bolsillo de su saco y nos preparábamos a observar cómo descendían con un aparejo eléctrico, muy lentamente, el cajón que contenía el cuerpo de mi tío dentista, al hueco profundo, tan paralelepípedamente prolijo en donde irían a descansar definitivamente todos aquellos saberes dentarios de toda una vida.
¿Por qué sobre su tumba, en vez de una cruz o una estrella de David o la escuadra y el compás de la masonería, o una sencilla placa conmemorativa, no le colocaban el torno alemán con turbina de agua, el último que había comprado para modernizar la tecnología de su consultorio? ¿Por qué no, con su nombre, su fecha de nacimiento y deceso?
Uno sabe que está viejo, cuando, al despertarse, los huesos, las articulaciones, le siguen doliendo de la misma forma –quizás apenas un poco menos– que cuando se acostó creyendo que solamente estaba cansado.
Cansado, seguro que uno estaba, pero únicamente al tratar de levantarse uno se da cuenta desde cuán lejos uno vino cansándose hasta lograr, ese modelo de nuevo cansancio que fueron acumulando los años.
Ningún esfuerzo, ninguna gimnasia, produce esa clase de cansancio. Es el cansancio del cuerpo que ha transitado por los años –o viceversa si te gusta más– y que te avisa que se trata de su desgaste natural para el que no hay reposo que valga para recuperarse. Reposo hay, pero en esa clase de reposo, uno, lo que se dice uno mismo, no va a estar allí para volver a ponerse de pie.
“Si tenés más de sesenta años y al levantarte no te duele algo, es que estás muerto”, me decía un amigo. Es un amigo astuto, porque depende de quién esté alrededor, cambia la cifra de los años, de sesenta a cincuenta y, hace unos pocos años, hasta se animó a decir “más de cuarenta”. Pero las chicas que participaban de la conversación, hicieron un pequeño silencio respetuoso y pasaron a hablar de otro tema.
Ayer tuve que llevar a mi hijo en auto a su trabajo porque se había quedado dormido y se le hacía tarde. Yo estaba levantado porque había ido al baño para mi segundo pis matinal y me puse los vaqueros sobre el piyama y salimos juntos.
Había bastante gente en las calles a pesar de que eran las siete menos cuarto de la mañana. Mientras lo llevé no noté nada de especial en la gente, era solamente gente.
Al volver, solo, me fui dando cuenta de que sí había algo especial en la gente: eran todos jóvenes, no había ninguno que se aproximara a mi edad.
Jóvenes que iban a trabajar, a estudiar, que caminaban rápido, que hasta corrían para alcanzar sus transportes. Y no había –todavía– niños que fueran a la escuela, porque era demasiado temprano. Aparecerían un ratito después, cuando yo ya estuviera en casa, el tiempo para sacarme el vaquero, dudando entre sentarme para leer las noticias del día o irme a echar un sueñito extra hasta poder levantarme una horita después.
Una siestita matinal, que tanto le recomiendan a los más viejitos. Mientras tanto me fui acordando de esa frase de Woody Allen cuando decía que la única diferencia entre dormir y estar muerto es que estando muerto uno no se levanta a la noche para hacer pis.
Ni te digo lo down the hill que se puede llegar a estar cuando lo que te duele no son los huesos y las articulaciones sino la memoria.
Para los que fueron buenitos, es un dolor hecho de vacío, de ausencia, de confusión angustiada que por el momento, con una simple vueltita por algún geriátrico, uno puede llegar a anticipar, para estar preparado llegada la ocasión.
Si es que en la bajada de la montaña no te tropezás con un cascote de los grandes, que te embocan directamente –como en el sapo, ¿te acordás?–, directamente en la boca del batracio.
Ah, y ya que estamos –y para terminar– te cuento que entre los pensionistas de los geriátricos hay uno o dos hombres por cada veinte mujeres. No me digas que no te avisé antes.
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