Por Tiara Benítez
A las 20.15 la fila para entrar al Cine Lumière ocupaba una cuadra y media. La noche del 31° Festival de Cine Latinoamericano Rosario todavía no había comenzado oficialmente, pero ya respiraba en la vereda.
Una chica sostenía un café con las dos manos y acercaba el vaso de cartón a la cara cada tanto, como si además de café necesitará un poco de calor. Más atrás, un grupo de amigas revisaba fotos de la marcha en un celular. Una todavía tenía restos de pintura violeta en la mejilla, cerca de la oreja. Cada vez que se acomodaba el pelo, el color reaparecia. Otra tenía el pañuelo verde atado a la mochila. Una tercera bostezaba mientras escuchaba a las demás, agotada después de toda una tarde en las calles.
Rosario había amanecido gris. No era solamente el color del cielo: era el color de una fecha.
Horas antes, miles de personas habían marchado en una nueva jornada de Ni Una Menos. Los nombres de las que faltan habían recorrido el centro de la ciudad entre bombos, carteles y pañuelos. Los nombres de las asesinadas. De las desaparecidas. De las que ya no volvieron.
Cuando la movilización había terminado y la noche empezaba a caer sobre Rosario, más de cien personas seguían buscando reunirse.
¿Quiénes vienen a ver estas películas?
¿Por qué hoy?
¿Por qué elegir pasar el 3 de junio dentro de una sala de cine?
Cuando finalmente se abrieron las puertas y la fila empezó a moverse, una mujer comentó que nunca había visto tanta gente para una función del festival.
Y tenía razón.
La sala parecía haberse ensanchado.
Habían agregado butacas en los costados.
Butacas en los pasillos.
Butacas en espacios donde normalmente no se sienta nadie.
Como si el Lumière hubiera tenido que estirar sus paredes para hacer lugar a todos los que querían entrar y estar.
Adentro el aire era distinto.
Olía a café recién servido.
A humedad.
A tela mojada.
A perfume.
Mucho perfume.
A mi izquierda se sentaron Lidia y Susana.
No tardé en notar la presencia dulce de una fragancia a vainilla que parecía adelantarse a cualquiera de las dos. Durante toda la función ese aroma permanece suspendido entre nuestras butacas como una forma extraña de compañía.
Lidia tiene una sonrisa luminosa. De esas personas que parecen entrar a los lugares varios segundos antes que su cuerpo. Lleva un sweater donde conviven el violeta, el verde, el amarillo y el marrón. Colores que parecen haber salido de la misma marcha que todavía habitaba la ciudad.
Me contaron que ya no van a las movilizaciones.
Las piernas ya no acompañan igual.
Pero cuando hablaban de las jóvenes que ocuparon las calles durante la tarde, algo se encendía en sus ojos.
Orgullo. Ternura.
La tranquilidad de saber que algunas luchas siguen caminando incluso cuando una ya no puede hacerlo al mismo ritmo.
Sigue entrando gente.
Una mujer lee el programa del festival acercándolo -cada vez más- a la cara. Cuando termina de leerlo lo dobla con cuidado y lo guarda dentro de una novela que llevaba en el bolso.
Sigue entrando gente.
El mate avanza más rápido que la fila. Cambia de manos cada pocos segundos y parece conocer a más personas que cualquiera de nosotros.
Las filas improvisadas se ocupan y los últimos espacios desaparecen. Las camperas se acumulan sobre las piernas. Los vasos de cerveza van debajo de las butacas. Las bufandas se aflojan.
Los cierres de las camperas bajan. Ya no son necesarios los roces de una mano con otra para sentir calidez.
Últimos murmullos. Comienza Belén: la película dirigida por Dolores Fonzi que cuenta la historia de una joven tucumana encarcelada tras sufrir un aborto espontáneo. Una mujer acusada de homicidio por algo ocurrido dentro de su propio cuerpo.
Lidia lleva una mano hasta su cara. Sus dedos descansan junto a la boca. La luz azulada de la pantalla le ilumina apenas los ojos. ¿Cuántas injusticias habrán visto esos ojos?Más adelante una joven cruza los brazos sobre el pecho. Un hombre apoya los codos sobre las rodillas. Otra mujer juega con una pulsera sin dejar de mirar la pantalla.
La película apenas lleva unos minutos y el ritual de la incomodidad se hace sentir.
Por momentos las risas. Necesarias.
Las carcajadas aparecen dispersas y terminan encontrándose.
Durante unos segundos toda la sala respira al mismo tiempo. Como si el humor permitiera sacar la cabeza del agua antes de volver a sumergirse.
Cuando Belén se lleva la mano al pecho, algo parece quedar suspendido en la pantalla. La sala entera queda colgada de esa imagen. Como si más de cien personas estuvieran respirando alrededor de una misma herida. Y entonces se oyen los primeros sollozos. Lejanos.
Luli veía la película por cuarta vez. Y llora por cuarta vez. Las lágrimas descienden con la misma intensidad como si no conociera el final. La historia desborda la pantalla. Crece, recorre las filas, se sienta entre nosotras hasta volverse algo imposible de señalar con el dedo. Algo que ya no le pertenece solamente a ella, sino a todas. Una trama que se extiende como una manta inmensa bajo la que cada una reconoce algo que cree propio y descubre compartido.
En medio de esa marea se sucede un abrazo entre amigas, el señor de la camisa a cuadrillé se seca los ojos a escondidas y un pañuelo verde se eleva por encima de las cabezas.
Como si, por un instante, más de cien historias distintas hubieran encontrado una manera de latir al mismo tiempo.
Cuando llegan los créditos, el aplauso dura más de dos minutos.
Las manos chocan unas contra otras como quien intenta encender una fogata bajo la lluvia. Afuera espera la noche, el frío, las noticias, las ausencias, los discursos que insisten en decirnos qué podemos hacer con nuestros cuerpos.
Pero durante esos dos minutos la sala mantiene otra temperatura: construida a fuerza de palmas, lágrimas y respiraciones compartidas.
Cuando las luces se encienden, Luli sigue secándose las mejillas con el dorso de la mano. Y antes de que la sala termine de vaciarse, un pañuelo verde se eleva sobre las filas.
Como ese fuego obstinado que cientos de manos intentan sostener encendido, aunque afuera el viento sople en dirección contraria.
***
*Este texto forma parte de los trabajos del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”, dictado por el periodista Ulises Rodríguez en el marco del 31º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario. Esta crónica resultó la más votada entre quienes asistieron al taller para ser publicada en EscribiendoCine.