Estar en un entorno con árboles, tierra y aromas naturales son estímulos capaces de producir cambios medibles en el cuerpo y en la mente
El entorno natural aparece cada vez más como un factor concreto de salud pública.
La evidencia científica indica que vivir en áreas urbanas más verdes se asocia con menores probabilidades de:
En tiempos de pantallas, estrés sostenido y vida sedentaria, la pregunta ya no es si estar cerca del verde hace bien, sino cuánto, cómo y por qué, destaca un análisis realizado por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) al que accedió la Agencia Noticias Argentinas.
Un estudio publicado en Scientific Reports reveló que quienes pasaban al menos 120 minutos por semana en contacto con la naturaleza tenían más probabilidades de reportar buena salud y mayor bienestar psicológico que quienes no lo hacían, tras analizar datos de 19.806 personas en Inglaterra.
En ese sentido, no se trata de mudarse a un bosque, abandonar la ciudad ni convertirse en guardaparque, si no que alcanza con cumplir con una dosis de dos horas semanales, la cual puede estar repartida en varias salidas.
Una caminata corta, un rato en una plaza, un almuerzo al aire libre o una visita a una reserva urbana pueden sumar.
Otra de las líneas de investigación viene de Japón y del llamado shinrin-yoku, conocido en español como “baño de bosque”.
No se refiere a bañarse literalmente, si no de permanecer en un ambiente forestal, caminar despacio, respirar y prestar atención a los estímulos del entorno. En un estudio publicado en Environmental Health and Preventive Medicine, investigadores compararon la respuesta fisiológica de personas expuestas a bosques y a entornos urbanos.
Los resultados mostraron que los ambientes forestales se asociaban con:
Es decir, el cuerpo parecía salir del modo alerta y entrar en un estado más cercano a la recuperación.
El sistema nervioso autónomo es clave para entender este efecto. Desde la UNQ explican que es la red que regula funciones que no se controlan de manera consciente, como el ritmo cardíaco, la respiración, la presión arterial y parte de la respuesta al estrés. Cuando una persona está bajo presión, el organismo activa mecanismos de vigilancia. Cuando entra en contacto con determinados estímulos naturales, esa activación puede disminuir.
Según revela la ciencia, el beneficio de estar en entornos naturales no aparece solo en marcadores corporales, sino que además se observa en procesos mentales.
Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences evaluó qué ocurría después de una caminata de 90 minutos en un entorno natural frente a una caminata en un ambiente urbano. Los participantes que caminaron por la naturaleza reportaron menos rumiación, ese circuito mental repetitivo asociado a preocupaciones, malestar y riesgo de problemas de salud mental. También mostraron menor actividad en una región cerebral vinculada con ese tipo de procesamiento.
En ciudades hiperestimuladas, con ruido, tránsito, pantallas y demandas permanentes, la atención se fragmenta. Allí el verde parece ofrecer una clase distinta de estímulo, menos invasivo y más restaurador.
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