Sociedad

De «discapacitados» a «personas con discapacidad»: la lucha por el lenguaje justo

Por Romina Sarti

En un contexto donde la deshumanización avanza, resulta alentador ver que la discapacidad y la salud mental logran movilizar. No solo a quienes forman parte del colectivo, sino también a amplios sectores sociales que despiertan de la siesta taciturna que el neoliberalismo, disfrazado de gym-bro-cripto-macho, supuso que podía imponer.

Desde que los medios locales y nacionales comenzaron a hacerse eco de la emergencia en discapacidad, la temática ocupa un lugar central en el debate público. Políticos, comunicadores, expertos, familiares y protagonistas hablan del tema, y al transformarse en noticia se visibiliza la vulneración de derechos de un colectivo históricamente silenciado, discriminado y estigmatizado.

Sin embargo, aquí se instala una paradoja. Mientras se multiplican las denuncias frente a recortes, manoseos y escarnios institucionales, se sigue reproduciendo un lenguaje que refuerza el reduccionismo capacitista. No se trata de corrección política: se trata de respeto. Nombrar correctamente es reconocer existencia, agencia y derechos.

El problema aparece cuando los titulares repiten: “los discapacitados reclaman”. Ese modo de nombrar transmite que la discapacidad define, limita y justifica la marginación. Cambiar las palabras no resuelve todos los problemas, pero sí constituye un primer paso imprescindible para que la conversación pública deje de ser un espectáculo de errores paternalistas. Nombrar mal también es invisibilizar y excluir.

Discapacitados o personas con discapacidad

No es un error menor. Decir “discapacitados” no es lo mismo que decir “personas con discapacidad”. La primera expresión reduce a las personas a una condición, las define por lo que no pueden hacer. La segunda, en cambio, reconoce a cada individuo primero como persona, con derechos y dignidad.

En esta línea, resultan valiosas las intervenciones en redes de la Asociación para la Inclusión de las personas con Síndrome de Down de Rosario (AISDRO), así como la publicación de la comunicadora Flor Santillán, referente de @malditalisiadaok:

«una discusión que no es semántica. Hace décadas se viene explicando el porqué. Si todavía no lo aprendieron gogleen o pregúntenle al Chat GPT, pero dejen de hacerse los que les interesa el debate y la pelea por nuestros derechos cuando ni siquiera se toman el segundo de nombrarnos como corresponde»

AISDRO también lo expresó con claridad:

Decir “discapacitado” reduce a la persona a una condición. El término correcto es: Persona con discapacidad. Porque primero está la persona, su identidad, sus derechos y su dignidad.

El hartazgo del colectivo es comprensible. No alcanza con poner la palabra discapacidad en agenda si no se la nombra bien. El lenguaje construye realidades. Si la noticia se titula “los discapacitados reclaman”, lo que se transmite es que la discapacidad define y limita, que explica la marginación. Nombrar bien no resuelve la emergencia, pero es un paso mínimo para dejar de invisibilizar.

La disputa por el lenguaje no es superficial ni anecdótica: es estructural. Lo que está en juego es quién tiene derecho a ser nombrado como persona y quién queda reducido a una condición. Cada vez que un medio utiliza el término “discapacitado” refuerza siglos de exclusión y desigualdad. Y cada vez que se dice “persona con discapacidad”, se abre un espacio —aunque mínimo— hacia la dignidad, la justicia y la verdadera convivencia en diversidad. Nombrar es un acto político: no es ser empático, es respetar derechos. Y mientras esos derechos se siguen vulnerando, nombrar como corresponde es otro paso fundamental para no ser cómplices de la exclusión.

***

Licenciada en Ciencia Política (UNR), militante por la diversidad corporal, anticapacitista, docente universitaria en UGR, trabajadora en la Secretaría de DDHH de la UNR @romina.sarti

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