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Desde la Tribuna: De a poco, Newell’s se parece cada vez más a un equipo de fútbol profesional

La puesta en escena del vienes pasado contra Unión en Santa Fe es una síntesis casi exacta del crecimiento del equipo. También de sus carencias, pero con una actitud que se extrañaba

Hasta hace muy poco tiempo atrás la crisis de Newell’s se anunciaba terminal. Un combo de conflictos, institucionales y deportivos, situaban al Rojinegro “al borde del abismo”.

Terminó un torneo, comenzó otro con nueva dirigencia y nada cambió; por el contrario: empeoró y mucho.

Sin embargo, desde hace cuatro partido, sí cuatro, Newell’s se parece bastante a un equipo de futbol profesional; con sus limitaciones claro, pero que al menos compite.

Así es de brutal la lógica de nuestro fútbol de cada día. Si bien existen aún varios temas por resolver, lo que aparece como un acierto es la designación de Frank Darío Kudelka como técnico del primer equipo.

¿Por qué esperar tanto para su designación? O cualquier otro técnico medianamente probado en su trabajo.

Como sea, Kudelka logró transmitir en poco tiempo algunos conceptos básicos y devolverle la confianza a los jugadores que son los mismos, más la incorporación Walter Mazzanti, que sugirió (pidió) Kudelka.

La puesta en escena del vienes pasado contra Unión en Santa Fe es una síntesis casi exacta del crecimiento del equipo. También de sus carencias, pero con una actitud que se extrañaba.

Es cierto que con jugadores de jerarquía el funcionamiento se allana, pero no es menos cierto que internalizar la lógica del juego con jugadores que a priori asoman de una categoría inferior pueden competir de buena forma.

Existen una buena cantidad de ejemplos que dan testimonio de esto. Quizás, Independiente Rivadavia sea el actual. Y claro, tiene un técnico que entiende el juego.

Es en ese sentido que Kudelka le aportó al futbol de Newell’s lo esencial, aquello que nunca debió haber perdido; la pasión por el juego.

Equipo corto y solidario, dársela redonda al compañero y jugar. Siempre jugar. Y cuando nada se pueda, cuando la tarde, la noche y la vida venga torcida: correr. Correr hasta el infinito.

Si no, pregúntele a Juan Ignacio Ramírez, que corrió una vez y convirtió un golazo.

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