Gustavo Grazioli / Especial para El Ciudadano
El día del futbolista argentino se empezó a escribir hace 40 años, a partir de la zurda memorable de Diego Armando Maradona. La fecha en que empezó a gestarse esta celebración – antes se consideraba un 14 de mayo por el gol de Ernesto Grillo a Inglaterra ocurrido en 1953 – el diez era idolatrado como deportista, admirado por la facultad de sus habilidades, pero posterior al partido disputado el 22 de junio de 1986, casualmente contra la selección inglesa en el marco de los cuartos de final del Mundial de México ’86, su figura se convirtió en mito.
Maradona fue autor de dos goles. Uno lo hizo con el puño en el alto, o sea con la mano, para sellar el misterio con el que puso a prueba la picardía de ese barro que lo forjó en Villa Fiorito y el otro, fue obra de una magia encantadora que impresionó hasta a los rivales, quienes intentaron quitarle la pelota en cinco oportunidades – arquero incluido – y solo percibieron el viento en sus caras de una gambeta arrolladora. La gesta del siglo se había hecho realidad, ante la incredulidad de los 114 mil espectadores que colmaron el Estadio Azteca.
“Fui testigo. No tuve ninguna duda de que dios había utilizado su mano en el primer gol”, escribe Jorge Valdano en su columna del diario El País, hoy prestigioso analista del juego y ex entrenador, pero ese día protagonista en cancha, como parte de esa Selección de Carlos Bilardo que escribió parte de las hazañas mundialistas. “Sencillamente, los pueblos no construyen sus mitos con criterios jurídicos. Los construyen con emociones. Si no, Aquiles sería un asesino, Ulises un mentiroso y el Cid un mercenario”, agrega con la riqueza intelectual con la que se suele destacar en su Juego infinito.
Pero fue el segundo el gol el que trazó el opus máximo, el que completó la palabra “justicia” en el renglón de los argentinismos, cuando todavía se lamentaba esa guerra del ’82 en la que miles de jóvenes fueron a poner el cuerpo por Malvinas ante la invasión de las tropas inglesa. Se buscó instalar que el partido contra Inglaterra era “solo fútbol”, se repitió con ímpetu, pero la potencia simbólica, más allá de lo deportivo, que había cobrado ese encuentro y lo que hizo Diego era irrefrenable. Sus pies habían escrito un corpus entero de carácter sociológico, con la lucidez de un poeta que sabe darle tregua al dolor con palabras.
En medio de este escenario de recuerdos, celebración del juego y ponderación de una zurda que llevó a todo un pueblo a ser un puño apretado, como lo describió el relato épico del “genio, genio, genio” y “barrilete cósmico” de Víctor Hugo Morales, se está jugando otro mundial, el vigésimo tercero (23) desde su primera edición en Uruguay en 1930. La copa del mundo 2026 con tres sedes: Estados Unidos, México y Canada. Y estás páginas modernas donde el juego ha cambiado por completo, la competencia pasó a estar en otras manos y a ser vilipendiado. La celebración es territorio del consumo y los jugadores soldados de los magnates.
No despiertan tanto interés las grandes jugadas o el arrebato creativo para resolver en cuestión de segundos un pase, una gambeta o el salto de líneas con un pase filtrado que perfore amuralladas defensas. Lo que llama la atención es la pose de un entrenador –
Marcelo Bielsa – en una foto y cuestionarle si miró o no miró para abajo, o si su semblante está más o menos triste. La obsesión por explicarlo todo y mostrarlo todo, ha matado el misterio, aquel que generó Diego con su gol con la mano y no se supo hasta que no se revelaron las fotos. Fue con la mano o no fue con la mano: el estado de pregunta que propone el juego de la ambigüedad, como una letra del Indio Solari, para despertar las mentes de la literalidad, parece no formar parte de este nuevo mundo.
Este juego de Infantino- Trump es preso de la desmesura de palabras y en vez de elevar los sentidos con la instrumentación de sus intérpretes, necesita ser más explicado que antes, sumirlo a las leyes de mercado, a los tiempos de hidratación para aprovechar nuevas ventas con las publicidades de teléfonos y conseguir nuevos apostadores con la polémica imagen de Maradona hecha con IA. Entradas carísimas a los estadios hipermodernos en ciudades protegidas con fuerzas parapoliciales contra la inmigración y protocolos para mantener el armonioso eslogan “football unites the world” – El fútbol une al mundo – en este shopping disco-zen que termina estrangulando su propia lengua con los deportados y actos de racismo.
Todos hechos condenables, de los que se toman poca nota y solo se continua. El mundo sigue girando y la pelota también. Cada cuatro años, el fútbol es motivo de unión, de abrazos compartidos al momento de festejar un gol y ponerse creativo con las adjetivaciones grandilocuentes. Y ahí estamos de nuevo, frente a la pantalla porque “es la recuperación semanal de la infancia”, como dice el escritor Javier Marías. “Nadie puede escapar del fútbol en Argentina. Es la infancia”, también dijo el periodista Diego Della Sala en un documental dedicado a Maradona – El documental del 10 – que realizó Damián Originario.
Los héroes numerados como bien describió Juan Villoro en su último libro. La suerte es que los dos máximos héroes son argentinos, llevan la 10 en la espalda y patean con la zurda. Único e irrepetible. Maradona tuvo su gesta en el ’86 y rebautizó el día del futbolista argentino a todos los 22 de junio. Lionel Messi jugó con la Selección la segunda fecha mundialista en Dallas ante Austria y fue el dueño de todo. En este día y cada día. El último rayo que atravesó el gélido cielo de las probabilidades, responsable de la victoria, autor de los dos goles – lleva cinco en esta copa – y goleador máximo de la historia de los mundiales con 17 tantos.
“Sin pasión, en el fútbol no hay nada. Necesitamos ese amateurismo. No podés ir a hacer horario de oficina en un entrenamiento”, decía Pablo Aimar en el 2017. Messi en otra de sus aventuras del juego es traductor de esas palabras del Payasito, como una pieza hecha a su medida que devuelve el interés por la pelota al rectángulo verde, ese escenario de los misterios, las epopeyas y atajo hacia los ratos de alegría. La pulga y su zurda infinita. Todo ocurrió un 22 junio, un día como hoy donde se celebra el fútbol y el “gol del siglo”. 40 años después, el que lo sufrió no fue Peter Shilton, fue Alexander Schlager, el arquero austriaco que en la previa del encuentro se confesó fan de Cristiano Ronaldo.