Categorías: Festival de Cine 2026

Donde termina el centro y empieza el cine

Si Hollywood tiene tanques, acá resisten desde las trincheras. Las películas hablan por sí solas, a veces de forma directa, sin eufemismos, a veces invitándonos a pensar y hacernos preguntas. Entre proyecciones y charlas se suceden imágenes: directores revolviendo latas en altillos húmedos y polvorientos, grúas que viajan en tren a otras provincias, rodajes con 40 grados de temperatura, subsidios, recortes, manifestaciones, alfombras rojas

Por Irina Marcus

Rosario tiene una geografía particular: el norte está en el oeste, el centro está en el este. Ese centro está delimitado por la curva del río y dos avenidas. Pasan muchas cosas por fuera de ese cuadrado, sólo hay que animarse a descubrirlas. El centro puede ser una cuestión de geografía, aunque también se lo puede pensar como el núcleo donde se concentra todo: el poder, la atención y los recursos. 

Ante esta realidad tan abrumadoramente desalentadora cualquier pavada se convierte en un acto de resistencia. Así se siente cruzar media ciudad para sentarse cuatro horas en un cine a ver películas que no tienen a nadie famoso, que no son la continuación o la remake de una que ya vieron todos, que no tienen el nombre de ningún gigante detrás. 

Poner el teléfono en modo avión y prepararse para ver qué pasa. Pero, claro, antes hay que llegar: aprender a calcular cuánto se demora en llegar de periferia a periferia -siendo periferia todo lo que suceda fuera de las avenidas previamente mencionadas-, descubrir que es casi imposible hacerlo sin pasar por el centro, confiar en la app de los colectivos que nunca sabe decir cuándo llega, terminar en la G de los tres colores enojándose por esas pequeñas privatizaciones cotidianas, darse cuenta de que no dan los tiempos y terminar en la app donde todos son su propio jefe porque, de otro modo, no se llega. 

Al final, el viaje vale el esfuerzo. El cartel luminoso del Cine Lumière da la bienvenida y sólo queda agradecer que ese hermoso edificio no sea iglesia evangélica, estacionamiento de supermercado o un recuerdo sepultado en una torre de puro durlock.

Es momento de entrar a la sala. La cachetada inicial de olor a humedad dura un segundo y es reemplazada rápidamente por el impacto que genera el tamaño desproporcionadamente grande del lugar. No se entienden las dimensiones ni condicen con la fachada, muy linda, pero discreta, que no desentona con el resto de las construcciones de una cuadra que todavía mantiene su identidad de barrio tranquilo de casas bajas interrumpido por el bullicio de una avenida muy poco amigable con el peatón. Una vez adentro resta elegir una butaca, según el humor del momento.

El sistema de luces permite dimensionar mejor el tamaño de la sala: las molduras, los materiales; detalles constructivos propios de otros tiempos. También el inminente deterioro. La alegría de estar acá se empaña con un sentimiento de nostalgia por lo lindo que habrá sido ese cine -y muchos otros- en sus épocas gloriosas. Pero se trata de disfrutar del festival. A diferencia de una proyección de cine comercial, quienes están acá sienten una idea de comunidad, una cierta intimidad. Quizás sea sólo una sensación, pero, lo dicho, hay que ponerle épica a la realidad. 

Si Hollywood tiene tanques, acá resisten desde las trincheras. Las películas hablan por sí solas, a veces de forma directa, sin eufemismos, a veces invitándonos a pensar y hacernos preguntas. Entre proyecciones y charlas se suceden imágenes: directores revolviendo latas en altillos húmedos y polvorientos, grúas que viajan en tren a otras provincias, rodajes con 40 grados de temperatura, subsidios, recortes, manifestaciones, alfombras rojas.

Es difícil no quedarse atado a la nostalgia o al lamento por la pérdida de un mundo que ya no existe, no sólo por el paso del tiempo, sino por los sucesivos embates de los enemigos de lo bello. 

La solución a este entuerto está acá mismo. O al menos un camino posible. Resistir no es sólo valorar y preservar el pasado, sino también pensar en una idea de futuro, y el festival es el lugar donde dan sus primeros pasos muchos jóvenes y pequeños realizadores que, a contramano de la centralidad del mercado, eligen filmar, producir, contar historias. En este espacio se piensan y descubren nuevas y diversas formas de hacer cine. Una edición detrás de otra, una película a la vez. Y que los eunucos bufen.

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