Entre esa marea de juventud, hubo otra voz. Una voz fuerte, femenina, grave, marcada por los años y la seguridad de una vida recorrida. Una voz desprovista de miedos y dudas, y cuya pregunta no gira en torno al éxito: “Hola, ¿qué tal chicas? Yo no soy tan joven, tengo 68. Yo estuve en Tucumán 15 años, actué 15 años en Tucumán. Yo te quería preguntar, Julieta, si presentaron Belén allá. ¿Qué tal te sentiste?”
31 Festival de Cine Latinoamericano Rosario
Por Sol Quintana
“Me gustó, pero no entendí nada”. En ronda, a unos pocos metros de la puerta que supo inundarlos de luz al salir, cuatro amigos charlan sobre uno de los siete cortos que acaban de ver; siete cortos, que en total, duraron lo que dura una película. Es el Festival de Cine Latinoamericano Rosario, por trigésima primera vez. Es lunes, son las ocho y media de la noche, y la sede es el gran Lumiere.
Están cómodos así, recostados sobre la pared, descansando después de haber estado dos horas y media quietos, moviendo cada tanto las piernas, susurrando entre video y video alguna opinión, alguna idea, algún criterio. Todas las sillas del bar están vacías, a pesar del canto de sirena, al parecer imperceptible, de la máquina de café. En fin, son jóvenes.
Y no son los únicos. Como un grupo de hormigas volviendo a casa, esa primera oración queda opacada por aquellos que viven a cuadras del cine de la calle Vélez Sarsfield, y por las personas que hicieron más de cuarenta minutos en colectivo para llegar, para estar, para ocupar un lugar en un salón que enseguida vuelve a cobrar vida.
El pasillo, más largo que angosto, en el que desembocan los asistentes, y a pesar del ir y venir constante, similar a una autopista en temporada alta, se convierte en un ambiente amigable, tranquilo, que invita a los transeúntes a dar paso al diálogo y a la reflexión. Porque hay un festival, es decir, hay encuentro, hay voluntad, hay historia, y lo más importante: hay sueños. Y hay arte, y por ende, hay vida.
Podría ser una tarde de cine cualquiera. Pero no lo es. Porque en esta ciudad, a la que escuchamos pronunciar con acentos de todo el mundo gracias a un jugador de fútbol, hay una masa de gente concentrada un gélido lunes de junio por la tarde. Pero también hay una mujer pulcra, elegante, alegre. Ella también vino acompañada, también comenta, junto a otras dos mujeres, los cortos que acaban de ver. Está algo inquieta, sin saber si ser la primera en sentarse o esperar de pie como lo hace aquel grupo de allá. Pero hay algo en ella que la destaca, además de su actitud, y su cabello, más que sedoso para una persona de su edad. Lleva, en sus manos, un ramo de flores.
Ni el tapado ni la cartera que cuelgan de su cuerpo son ostentosos, pero sí comunican cierta serenidad. Con solo verla moverse por el espacio no quedan dudas: se tomó el tiempo de elegir cada prenda con cuidado, con amor. Porque su nieta está cumpliendo un sueño, porque su trabajo está participando de un festival, y porque ambas están juntas para verlo.
Es en este lugar cálido, que hace que uno se sienta cómodo, casi como en su casa, donde se entretejen dos hilos de los que nadie más es testigo. Donde se han tejido, desde hace 31 años, recuerdos de una fuerza irrompible, de una conexión inquebrantable, y de los que hoy nadie sabe. En esta edición, dos mujeres que se vieron crecer, que compartieron cenas, cumpleaños, risas, llantos, hoy festejan algo más grande que el triunfo de la más joven. Es esta nueva conversación que compartieron sin tener que hablar. Bastó con estar en la misma sala, ocupando cada una una silla, ocupando un lugar en la vida de la otra. Posando la vista donde les indicó un gran proyector, y escuchando otras respiraciones de personas que no volverán a ver, pero que sin saberlo, fueron extras en una gran película de amor.
Es un comienzo de junio distinto. Tuvimos días de veinte grados, y en menos de dos semanas el mundo entero no hablará de otra cosa más que de países peleando entre ellos, detrás de un mismo objetivo, como sucede cada cuatro años. Pero antes de todo eso, también fue miércoles 3 de junio. Y se cumplieron 11 años del Ni una menos. Esa tarde, dentro del marco del festival, las actrices Violeta Urtizberea y Julieta Cardinali visitaron nuestra ciudad, dispuestas a dialogar con el público sobre lo que significa actuar en cine y en teatro. Antes de acomodarse frente a una audiencia en su mayoría joven, y en vez de quedarse en la comodidad de sus camerinos tomando un café, se hicieron presentes en la marcha que se organizó a unas pocas cuadras del Centro Cultural Fontanarrosa. Una marcha que colmó la calle Santa Fe. Una multitud de caras serias, ojos abiertos, charlas amistosas, silencios profundos, gritos desesperados y tambores que marcaban el paso.
La mayoría de valientes que participó de la conferencia no había nacido cuando se realizó la primera fecha del festival. Entre titubeos, se atrevieron a levantar la mano y dirigir sus dudas y miedos sobre el mundo de la actuación a dos grandes orgullos nacionales. Y cada respuesta que ambas supieron dar fue de un cariño y una convicción tal, que las y los futuros artistas se retiraron satisfechos, y el resto de mortales volvió a su casa considerando abandonar su trabajo, pegar un volantazo y dedicar su vida al juego, a la posibilidad de, de aunque sea por un momento, poder ser otro.
En eso hizo hincapié Urtizberea, hablando de lo que significa ser actor: “Es absurdo. Pero a la vez, todos lo hicimos de niños a eso. Viste, como que hay algo también de “¿Cómo haces para salirte del personaje?”. Y vos decís: pero, vos eras Superman y te llamaban a comer y estabas comiendo. Y después volvías a ser Superman con una verdad absoluta. Estabas ahí, metidísimo en ese juego. Y te metés, artificialmente, y en un momento sucede”.
Afuera, oscurece. Pero las preguntas fluctúan, y parecen animarse entre ellas. “¿Qué parte, al actuar, la gente cree que es fácil pero en realidad es la más difícil? Ya sea en teatro o cine”. Interrogantes difíciles de resolver, pero a los que Cardinali le pone el pecho y resulta airosa: “Yo creo que lo cotidiano, digamos, ser cotidiano, es algo muy difícil. A veces, no sé, tirarte de un paracaídas, que te salgan globos de colores y vos ser una mariposa es un poco más fácil que tener una conversación real, y que sea sincera y que sea profunda. Yo creo que construir lo cotidiano es más difícil que ser un monstruo que corre a un niño”.
Entre esa marea de juventud, hubo otra voz. Una voz fuerte, femenina, grave, marcada por los años y la seguridad de una vida recorrida. Una voz desprovista de miedos y dudas, y cuya pregunta no gira en torno al éxito: “Hola, ¿qué tal chicas? Yo no soy tan joven, tengo 68. Yo estuve en Tucumán 15 años, actué 15 años en Tucumán. Yo te quería preguntar, Julieta, si presentaron Belén allá. ¿Qué tal te sentiste?”.
En el medio, hubo más preguntas. Cómo acercarse a los castings, qué aprecian de un director, de qué compañero de trabajo aprendieron más, cuál fue el papel que más las marcó. Pero aquella voz no se quiso callar, y resurgió de las profundidades y oscuridad de la sala para hacer otra pregunta. “Hola, chicas. Otra vez. Ayer las ví en los premios Sur. Les quiero hacer una consulta. Yo soy una señora que tiene 68, ya saben. O sea que he visto muchas presentaciones. Ayer fue muy incómodo. ¿Ustedes sintieron incómodo el momento?”.
Preguntas, momentos, historias. Sueños y homenajes. Triunfos y derrotas. Solo queda seguir jugando, dándole paso al diálogo, a pesar de no entender. Ir en busca de ese disfrute. Y si es con otros, mejor. Mientras tanto, siempre tendremos el cine.
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