Desde el Sindicato de Cadetes de Rosario advierten que la caída del consumo y el aumento de trabajadores en las aplicaciones obligan a jornadas cada vez más largas para alcanzar ingresos básicos
La actividad de los cadetes y repartidores por aplicaciones atraviesa un escenario complejo marcado por la caída del consumo, la pérdida de poder adquisitivo y el crecimiento constante de trabajadores que se vuelcan al sector como alternativa ante la falta de empleo o la necesidad de complementar ingresos.
Un repartidor que trabaja en bicicleta puede recorrer en pocos meses una distancia equivalente a atravesar Argentina de punta a punta. La comparación surge de los propios trabajadores del sector y refleja la intensidad de una actividad que, según denuncian desde el Sindicato de Cadetes de Rosario, exige cada vez más horas de trabajo para obtener ingresos que muchas veces no alcanzan para cubrir los gastos básicos.
Así lo describió Nicolás Martínez, secretario general del Sindicato, quien señaló en el stream de Economía que actualmente «para ganar lo mismo que antes hay que trabajar muchas más horas». Según explicó, a la menor cantidad de pedidos se suma un aumento de la oferta de trabajadores, impulsada por personas que fueron desplazadas del mercado laboral formal o que buscan un segundo empleo para llegar a fin de mes.
Martínez sostuvo que la actividad suele crecer en períodos de crisis económicas. «Cada vez que hay dificultades laborales, más gente se vuelca a cadetear. Ya pasó durante la crisis de 2001 y vuelve a suceder ahora», afirmó.
El dirigente cuestionó además la idea de que los repartidores son trabajadores independientes que manejan libremente sus horarios. Explicó que las plataformas aplican mecanismos de control y sanción que condicionan la actividad diaria. Rechazar pedidos, por ejemplo, puede derivar en una pérdida de categoría dentro de la aplicación y en menos posibilidades de acceder a nuevos viajes.
A esto se suman los costos que deben afrontar los trabajadores por cuenta propia, como el mantenimiento de la moto o bicicleta, el combustible, los seguros y otros gastos vinculados a la herramienta de trabajo. Para Martínez, existe una «relación laboral encubierta», ya que las empresas funcionan como empleadoras pero consideran a los repartidores como socios o colaboradores independientes.
En ese sentido, recordó que recientemente la Organización Internacional del Trabajo reconoció a los trabajadores de plataformas digitales como trabajadores, un antecedente que refuerza los reclamos del sector.
Desde el sindicato impulsan desde hace años el reconocimiento formal de la actividad. Reclaman la obtención de la personería gremial para poder negociar convenios colectivos y discutir condiciones laborales y salariales. También promueven un proyecto de ley provincial que fue presentado hace dos años y aún no fue tratado, además de participar en una ordenanza municipal que contempla la creación de un registro de trabajadores.
«La primera pelea es que se nos reconozca como trabajadores», resumió Martínez.
El referente sindical puso números al deterioro de los ingresos. Según indicó, un viaje promedio ronda los 2.000 pesos. Para alcanzar una facturación diaria de 100.000 pesos, un repartidor debe concretar alrededor de 50 viajes, una meta que demanda cerca de 14 horas de trabajo sobre una motocicleta.
Además, aclaró que esos ingresos no son netos debido a los gastos operativos que implica la actividad. En el caso de quienes trabajan en bicicleta, alcanzar esa cantidad de viajes resulta prácticamente imposible.
Martínez relató incluso que un trabajador del sector calculó que, sumando los kilómetros recorridos durante lo que va del año, ya había pedaleado una distancia equivalente a atravesar Argentina de punta a punta.
Otro fenómeno que preocupa al sindicato es el crecimiento de jubilados que recurren a las aplicaciones para complementar haberes que consideran insuficientes.
«Cada vez se ven más jubilados trabajando», afirmó Martínez, quien describió la actividad como una tarea exigente y expuesta a múltiples riesgos, desde las condiciones climáticas hasta la inseguridad.
«Se vende como una actividad moderna o flexible, pero la realidad es que hay que trabajar bajo la lluvia, con frío, calor y en condiciones muchas veces precarias», sostuvo. Para el dirigente, la presencia creciente de adultos mayores en el sector refleja el agravamiento de una problemática laboral y social que lleva años profundizándose.
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