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El Espanto

Dalila Capeletti

 

Por favor, prométeme que si escuchas a El que silba no te vas a asomar. María Fernanda Ampuero Desde que Papá se fue, Mamá no es la misma. Ni en aquel momento la había visto como ahora. Está quieta hace días. Sus ojos abiertos no me ven. A veces, muevo mis manos cerca de su cara como vi que hacen para despertar a las personas. Pero no está dormida. Me doy cuenta porque cada tanto pestañea. Capaz está cansada como La Lore que, a veces, tampoco me habla. Cayetana piensa que es otra cosa. —Hay algo peor que el miedo y es el espanto —afirmó un día mientras le untaba barro y aceite en las manos a Mamá. Está acostada en su cama mirando el techo. Muestra pocas señales que den razones para pensar que está viva. Respira lento y casi no se percibe el movimiento de su pecho hinchándose. Algunas veces, hace pis sobre el colchón y otros días, sorpresivamente, se levanta despacio, haciendo equilibrio entre el ropero y la cama, y camina como si llevara un bulto pesado en su espalda para ir hasta el baño. No emite palabra. Es como si estuviera muda. El médico nos dijo que tiene un calambre en la lengua, pero nosotras no creemos eso. La Lore me apura para ir a la escuela. Me obliga a cambiarme porque no quiero. Ella me lleva y me trae desde que el Braco me mordió. Después de esa noche, no me animé a salir de casa, sola, nunca más. Esa vez yo escuchaba el silbido, pero La Lore me decía que no. Que estaba soñando. Pero cómo iba a estar soñando si tenía los ojos abiertos como dos tortas. Yo oía el silbido de Papá y La Lore había dejado de hablarme. Se había dormido. Estaba con el brazo caído al costado de la cama y la boca abierta a punto de salirle baba por el borde del labio. Por la ventana entraba la luz clara de la luna y, sin hacer ruido, me levanté. Caminé hasta la puerta de la entrada porque quería encontrar a Papá. Salí y me tropecé con el escalón de afuera. El Braco dormía al lado, bajo el hall, y se asustó. No llegué a reaccionar para esquivar el 1 tarascón que me largó en un impulso. Clavó sus dientes en mi pierna y el dolor me hizo gritar. Me niego a ir a la escuela porque no quiero estar lejos de Mamá, y tampoco tengo ganas de escuchar los retos de la maestra. Seguro me va a decir algo cuando le cuente que no hice la tarea. Tenía que escribir sobre el trabajo de mis padres, hacerles unas preguntas que había anotado en el cuaderno, pero Papá no está —eso ya lo sabe la maestra— y Mamá no me responde. Que escriba sobre La Lore, me va a decir la señorita. Como si no se me hubiera ocurrido. Pero para qué molestarla con este cuestionario larguísimo que no sirve para nada. El día que Mamá dejó de hablar, yo había sentido el silbido otra vez. Me habían dicho que Papá se había ido pero yo insistía con que no. Que seguro estaba en el patio, escondido, haciendo alguna cosa porque yo lo escuchaba todas las noches silbar. —Dejá de imaginar —me ordenó La Lore—. Papá no está y no va a volver. Me enojé. Nunca me había pasado con ella. Ese día sentí que había dejado de quererme. Tuve un ardor en el estómago y supuse que me pasaba algo malo. Pero no dije nada. Ni a ella ni a nadie. Me fui corriendo callada por el patio y trepé la columna de hierro para subir hasta el techo, buscando un lugar donde ella no me viera. Mamá estaba regando las plantas en la huerta y no sabía de mi enojo con La Lore, tampoco del ardor en mi estómago, ni del silbido de Papá. Desde lejos, sin dejar de mojar las plantas, me pidió que tuviera cuidado. No le respondí. Porque son esas cosas que dicen los grandes para que nosotros le hagamos caso y nada más. Apoyé la pierna sobre la chapa, exagerando ese cuidado que Mamá me pidió que tuviera, y levanté despacio el otro pie, hasta que estuviese arriba. Juancito me siguió por atrás. Nos sentamos recostados contra el muro de cemento y él me acarició la mano mientras yo lloraba. En realidad, pasaba sus dedos con más fuerza que una caricia, como si la estuviera limpiando. Ninguno de los dos decía nada. Él es chico, pero hay cosas que se da cuenta. Me miraba y yo le corría la cara. Con la mano libre rasguñé la chapa e hice un ruido molesto, pero ninguno de los dos se quejó. —Hay diez árboles —contó. 2 Levanté la vista, recorrí el campo con la mirada y me puse a enumerar con él todos los árboles que veíamos. —Quince —le dije. Él me decía que no. —¿Dónde están los otros? Le señalé cinco paraísos, atrás del galpón. Que ya los había contado, dijo y justo Mamá nos llamó porque estaba la comida. Con Juancito nos miramos y sabíamos lo que iba a pasar. De un salto nos levantamos y corrimos una carrera hasta la esquina donde estaba la columna. Le gané yo. Siempre le gano. Soy más rápida y tengo las piernas más largas. Bajé primero. Juancito me siguió atrás. Cuando toqué el suelo, Mamá estaba volviendo del cuarto donde había ido a guardar la regadera. Me preguntó por él. Le respondí que ahí bajaba. —Dale, Juancito —le dije—. Vamos a comer. Y enseguida vi su pie asomarse y apoyarse sobre la primera reja de la columna. Yo me corrí para hacerle lugar. Con el otro pie buscó el fierro siguiente pero no se llegó a afirmar. Resbaló. Sus manos no alcanzaron a sujetarse de la chapa y cayó. Cuando me lancé sobre él, ya estaba en el suelo. —¡Juancito! —le grité. Sus ojos se habían cerrado y no respiraba. —¡No lo toques! —gritó La Lore, que cuando escuchó el golpe salió enseguida. Mamá estaba parada al lado de la puerta. No se movió en ningún momento. Nos miraba sin vernos, con los ojos abiertos pero completamente quietos. La Lore se vino corriendo hacia nosotros y le pegó el grito a Mamá para que fuera a buscar a Pedro. Mamá siguió inmóvil. Juancito empezó a toser y llorar, todo al mismo tiempo. Entonces La Lore me dijo que fuera yo. La miré asustada porque sabía que para buscar a Pedro tenía que ir afuera. Y afuera estaba el Braco, el perro que me había mordido. Pero La Lore no sé si lo recordó, porque aunque sabía que para mí era imposible, me insistió en que fuera. 3 —¡Corré! Es urgente —me dijo. Y yo sentí que mi cuerpo se empezó a mover y no podía controlar mis manos ni mis dientes golpeando uno sobre otros. Los ojos de La Lore seguían firmes e insistentes, así que comencé a alejarme de ellos. Encaré hacia la puerta y repetí en mi cabeza que iba a poder. Cuando pasé al lado de Mamá, ni siquiera inclinó su rostro para verme. —¿Mamá? —le pregunté tratando de provocar alguna reacción en ella. Nada. —Andá, Carmelita, corré —me ordenó La Lore, y entonces, sentí que mis piernas se pusieron duras como la pared. En pocos segundos alcancé la puerta de entrada. Miré por el vidrio y el Braco no se veía. Abrí. Crucé el umbral y el portón de afuera con miedo. Empecé a gritar el nombre de Pedro. No respondió. Al que escuché fue al Braco que seguramente por mi grito empezó a ladrar. Miré para atrás, midiendo la distancia con la puerta. Luego, adelante. Vi las cuatro patas acercándose desde el gallinero. Me quedé paralizada, sentía el corazón como el reloj de las bombas que aparecen en las películas. Volví a gritar pero esta vez más fuerte y, entonces, Pedro apareció de adentro del galpón. —Gurisa —me dijo cuando estaba enfrente—. ¿Qué pasó? Yo observaba al animal que caminaba lento hacia nosotros y le expliqué como pude que Juancito se había caído. No necesité decir mucho más. Pedro enseguida agarró su bicicleta y salió hacia el pueblo. Yo me quedé parada, dura, como se había quedado Mamá. El Braco se detuvo, todavía estando lejos, olió el piso haciendo círculos y luego, caminó hacia la salida siguiendo el rastro de la bicicleta. Entré a la casa, Mamá ya no estaba en el patio. Juancito había logrado sentarse y le dolían mucho la pierna y el brazo. La Lore le pedía que no se moviera, que pronto iba a llegar el médico. Me fui para adentro. Mamá estaba sentada en la cama con los pies en el suelo. Tenía las alpargatas sucias con el barro de la huerta. Miraba la pared y no dejó de hacerlo cuando entré. —¿Mamá? —le pregunté otra vez. No respondió. 4 —¿Qué te pasa? —insistí en sacarle alguna palabra, pero no había caso. Al rato, llegó el médico. Estuvo con Juancito haciéndole unos movimientos de prueba. Le pidió ayuda a La Lore para meterlo en el auto y llevárselo al pueblo. Antes de irse, revisó a Mamá. Se metió en la pieza con La Lore y yo me quedé en el comedor, pero no me aguanté y me puse atrás de la puerta para escucharlos. —Parece que no tiene nada grave —le indicó el médico y ahí fue cuando le sugirió que podría ser un calambre en la lengua. La Lore, Juancito y el médico se fueron al pueblo y yo me quedé acompañando a Mamá. Le alcancé un vaso con agua y le lavé un durazno que había en la cocina. No quiso probarlos. Se acostó, le prendí el ventilador bajito para que no tuviese frío. Le saqué las alpargatas sucias y le tapé los pies y las piernas con la sábana. Me senté en el sillón de mimbre que estaba al costado y me quedé ahí por si en algún momento hacía una seña porque necesitaba algo. Sus ojos seguían abiertos, ahora mirando el techo. Yo miré para arriba, también, tratando de encontrar ese punto que tenía toda la atención de Mamá. Pensé en lo loco que es un calambre en la lengua y en cómo podía ser que durara tanto tiempo. Más tarde, La Lore regresó pero sin Juancito. Lo habían dejado internado en el hospital. Cuidamos de Mamá por varios días. Yo falté a la escuela porque La Lore volvió a trabajar y no podíamos dejarla sola. Pensé que, aunque ella estuviera ahí, recostada en esa cama, era como si se hubiera ido. Pero no como Papá que ya no lo veíamos. A Mamá la veíamos, la teníamos cerca, pero todo lo que ella era —su sonrisa, la voz con la que nos cantaba mientras con sus dedos en nuestra espalda nos hacía un caminito de hormigas para despertarnos, los ruidos de los platos en la mesa, la lana y las agujas a medio tejer sobre el sillón, todo— había desaparecido. Una tarde, tiempo después, cuando Juancito ya estaba en la casa y yo comencé a ir a la escuela, La Lore llegó del pueblo con alguien más. Una mujer más grande que ella y, seguramente, más grande que Mamá, tenía la cara llena de arrugas como le había visto a la abuela. Nos contó que era una amiga de Pedro. Se quedó unos días con nosotras y todavía duerme en un catre que le armó La Lore, al lado de la cama de Mamá. La vi rezar, prender velas y un carbón con yuyos que llenaron de humo toda la casa y me hicieron toser. Cayetana se llama. Me contó que vino a curar a Mamá. Que lo que ella tiene es un susto. 5 —Es el espanto —nos dijo. Yo abrí grandes los ojos, era la primera vez que escuchaba esa palabra y pensé que se trataba de algo muy malo porque a Mamá le había quitado la posibilidad de decir las cosas. —Entonces no tiene la lengua acalambrada —le pregunté recordando lo que había dicho el médico. —Es más que eso —respondió. Estoy en mi cuarto y escucho el silbido nuevamente, pero esta vez se siente desde más lejos. Como si quien lo hiciera no estuviera en el patio de casa. No le digo nada a La Lore para que no me rete de nuevo. Me acerco a la ventana a ver si descubro de dónde viene y el sonido del silbido empieza a moverse. Cruzo la pieza y Mamá sigue mirando el techo. Cayetana tiene los ojos cerrados y le apoyó abajo del cuello, sus dos manos. Sigo hasta la puerta y antes de abrirla espío por el vidrio el frente de casa. El Braco está recostado abajo del paraíso y se lame la pierna. El silbido ahora se escucha atrás del galpón. Me tiembla la mano pero bajo el picaporte. Cruzo el escalón y con un paso estoy afuera. Se ve que el perro me escucha porque se levanta y empieza a caminar hacia mí. En ese momento dejo de oír el silbido. Pienso que La Lore al final tenía razón: Papá está jugando con nosotros. Braco camina lento y se acerca. Yo siento como mi espalda se moja con la transpiración. Me apoya el hocico sobre los pies y los huele. Estoy atenta. Lame mi pierna, justo en el lugar donde la había mordido. Qué precisión tienen los animales para encontrar las heridas. Para mi sorpresa, no sucede lo de siempre. Esta vez no siento necesidad de escapar. ¿Será que el miedo se cura con un miedo más fuerte? ¿Cuántos miedos serán necesarios para curar a Mamá? Cuando el sol me calienta la cara, siento que otra cosa más grande y profunda empieza a empujar el lugar que el temor al perro dejó vacío. Noto que mis piernas ya no tiemblan como antes. Me agacho. El Braco se había recostado sobre el suelo. Mi mano comienza a buscar su lomo. La apoyo sobre él en cámara lenta. Siento su pelo grueso y duro. Lo acaricio. Él se mueve pero es suave, parece que disfruta. 6 En ese momento, escucho la voz de Cayetana que me llama. Me levanto. El Braco sigue acostado sin moverse. Entro al living y cruzo el comedor. Voy hacia la pieza lo más rápido que puedo. Cayetana está sentada al lado de Mamá y me mira. Tiene los ojos rojos como brasas. Mamá sigue acostada, pero esta vez su mirada me apunta. Hace fuerza para levantarse, pero no puede. Dibuja una mueca, la primera que le veo después de todos estos meses. Ensancha sus ojos y frunce sus labios hasta dejar un pequeño hueco. Toma aire, el pecho se hincha. Lo suelta despacio y produce un suave zumbido: un intento de silbido nace del círculo minúsculo de su boca.

 

 

*Dalila Emilse Capeletti. Licenciada en Relaciones Internacionales (UNR) y diplomada en Escritura Creativa (UNTREF). Autora de la novela Midrosis (mención honorífica en el Concurso “Alcides Greca” del Ministerio de Cultura de la Provincia de Santa Fe, 2021) y del libro de poemas Ningún muelle es orilla (2023, Carpe Literario). Publicó cuentos en diversos medios. En 2025, su cuento Nada que perder fue finalista del Concurso de Narrativa “Silvina Ocampo” (Fundación La Balandra) y El Espanto obtuvo el primer premio del Concurso de relatos Frida Kahlo del Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid, España (2025). Ha participado de talleres de escritura y clínicas literarias en la ciudad de Rosario con Javier Núñez y Rocío Muñoz Vergara. Coordinó el taller de lectura y escritura “El globo literario”.

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