El meme es el mensaje

El meme es el mensaje

Seis décadas atrás, el filósofo canadiense Marshall McLuhan sacudía el campo de estudios de la comunicación de masas con su máxima «el medio es el mensaje», y más allá de las sucesivas y disímiles lecturas que mereciera la célebre frase, llegados al punto en que estamos de este siglo XXI nos tienta la idea de resignificarla: «el meme es el mensaje», podría aventurarse en un intento por sumar un modesto punto de vista al modo en que -hoy por hoy- circula y se percibe esa materia siempre difusa que es la información.

Con perdón de Marshall, la osadía intelectual viene a cuento de cómo el arrollador tsunami tecnológico revolucionó el universo de la comunicación e impuso reinventarse o morir en el no-intento. Como tantas otras transformaciones que atravesó El Ciudadano desde su instancia fundacional como diario de papel (28 años atrás) y hasta el tan preciado aniversario que celebramos hoy (10 años de gestión cooperativa), la «tapa» de cada día evolucionó al compás de tales cambios hasta convertirse en uno de nuestros sellos distintivos.

Habiendo renunciado ya desde hace muchos años al diseño formal y enunciativo que antiguamente fuera el modo tradicional y casi indiscutido de presentar las noticias de los diarios impresos, la construcción de la tapa diaria se fue consolidado en los últimos tiempos como pieza icónica que –creemos, o al menos es nuestra intención- aporta día a día una singular mirada e interpretación de las noticias que a nuestro juicio son las que merecen la mayor atención, sea por su impacto en la vida cotidiana de la gente, por sus eventuales consecuencias inmediatas o a futuro, o por sus cualidades intrínsecas de novedosas, particulares o inéditas.

En ese devenir llegó el inexorable fin del diario impreso (dolorosa decisión obligada por los costos de la industria gráfica) y se fortaleció la convicción de profundizar el rediseño conceptual de la portada para reafirmarla como una pieza visual que adquiera vida propia ya independizada del papel, en un formato apto para circular y recircular -con chances de perdurar- en la vorágine del ecosistema digital, donde la única posibilidad de enamorar (si la hay) es el amor a primera vista.

Así, la «tapa digital» evolucionó al modo actual: una construcción simbólica de título, breve texto e imagen cuya combinación no es una suma, sino multiplicación de sentido: el producto no resume sólo la «noticia» sino la mirada, valoración o análisis propias del suceso en cuestión. Si la vieja primera plana destacaba lo más relevante de todo lo publicado en la edición impresa, la actual va mucho más allá: con su rasgo propio de compromiso editorial, corona -al final de cada jornada- el esfuerzo colectivo volcado en los múltiples contenidos producidos para la página web, redes sociales y canal de streaming de la cooperativa La Cigarra.

La apuesta tuvo y tiene sus riesgos: comunicar de tal modo implica hacer uso de un universo de sentidos que trasciende el idioma formal en un contexto cultural de códigos interpretativos por parte de una comunidad «lectora» cuya esperada receptividad al mensaje puede presuponerse, pero nunca sin margen de error.

Nombres, escenas y gráficas de películas, libros, poemas, canciones, refranes y dichos del acervo tanto académico como popular aportan para esta tarea algo o mucho más -y con menos palabras- que las ya de por sí amplias posibilidades que otorga la lengua española. Valga como uno de tantísimos ejemplos -en este octubre de fechas tan significativas para El Ciudadano– nuestro recurrente apego a esa inconmensurable biblioteca de sentidos que nos legó el Indio Solari, en este primer octubre que nos toca celebrar nuestros aniversarios ciudadanos sin su presencia física.

En este mismo mes, también, se cumplieron 40 años de Oktubre, segundo y emblemático disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, publicado el 4 de octubre de 1986. «Solari fue parte de la construcción del idioma de los argentinos, hubo un momento en que no había titular de periódico que no tuviera una frase de algún poema suyo. El Indio estaba contribuyendo al idioma y sus frases penetraban profundamente en el alma de los argentinos», dijo a propósito de la efemérides, en una reciente entrevista, el artista plástico Ricardo Cohen, popularmente conocido como Rocambole.

El testimonio de Rocambole es más que oportuno al efecto de estas líneas: fue quien diseñó la inmortal gráfica de aquel disco y no deja de recordar el énfasis que ponía el Indio en el concepto visual de esa obra, a la par de lo musical. El propio artista termina de redondear la idea que venimos esbozando: «Cuando pregunto: ¿Qué entendiste del disco? me dicen: «Mirá, cuando escucho la música se me vienen a la cabeza las imágenes del disco». Y otros me dicen: «Cuando veo las imágenes, se me viene a la cabeza la música y la poesía del disco». Ahí la pegamos, porque la idea era esa, que hubiera un relato y que en ese relato intervinieran la poesía y las ideas visuales. Que tuvieran tanto trabajo entre sí que no se pudiera prescindir de ninguna».

Con todo -aunque esto no sea para celebrar- nuestro clima de época tan apartado de aquellos «oktubres» de ilusiones democráticas y atmósferas revolucionarias se presenta más que afín para abordar las desventuras cotidianas de la política y la economía con cierta dosis de ironía, como para atenuar penurias y evitar lo que debieran ser explícitas maldiciones e improperios: el año que está pronto a culminar ha sido más que generoso en alimento informativo, en general de un sabor que va desde amargo a intragable.

Y así como con cierta aproximación se suelen asociar las tapas de El Ciudadano a los populares “memes” que circulan por redes sociales, hay que admitir que en estos años oscuros es cada vez más frecuente que los propios funcionarios y dirigentes –y ya no sólo en el orden político- son los inspiradores de sus propios grotescos.

Personajes públicos de alto cargo y responsabilidad institucional –con el presidente a la cabeza- que parecen autogestionarse sus respectivas parodias. No por casualidad un alto porcentaje de nuestras portadas tienen a la actualidad política nacional como eje, y a su máxima autoridad como personaje. Acaso lo vislumbró también otro de nuestros más populares artistas, también referenciado en octubre: este mes, Charly cumplió 75 años, pero compuso «Superhéroes» en 1982: «Hay un horrible monstruo con peluca», dice aquel tema que todavía cantamos, porque siempre acecha algún imaginario bufón que «te roba el oro y te da unas prostitutas».