Por Camila de la Cruz Gretter – Especial para El Ciudadano
El trabajo doméstico y de cuidados sostiene la vida cotidiana, pero sigue siendo uno de los trabajos menos reconocidos. Una reflexión sobre las tareas que hacen posible la vida social y económica.
Hace algunas semanas, durante una entrevista en la calle, le pregunté a dos mujeres si trabajaban. Ambas estaban jubiladas. Sin embargo, ninguna respondió que no. Una de ellas explicó que seguía ocupándose de las tareas de la casa, de las compras y del cuidado de su marido. La otra asintió. Estaban jubiladas, pero seguían trabajando.
La escena, simple y cotidiana, invita a pensar una pregunta más profunda: ¿qué entendemos cuando hablamos de trabajo?
Lo que es trabajo y no se nombra como trabajo
Generalmente asociamos el trabajo con el empleo, el salario, la jornada laboral o los aportes jubilatorios. Pensamos en oficinas, comercios, fábricas o profesiones. Sin embargo, existe otro conjunto de tareas que rara vez aparece en las discusiones económicas, aunque resulta indispensable para sostener la vida cotidiana.
Cocinar, limpiar, acompañar, organizar un hogar, cuidar a niños, niñas, personas mayores o familiares enfermos son actividades sin las cuales ninguna sociedad podría funcionar. Son tareas necesarias para que las personas puedan alimentarse, estudiar, descansar, recuperarse, desarrollarse y, eventualmente, insertarse en el mercado laboral.
Desde hace décadas, la economía feminista y los estudios sobre trabajo vienen señalando que estas actividades constituyen una forma de trabajo. No porque generen una remuneración, sino porque producen bienestar, sostienen hogares y permiten la reproducción cotidiana de la vida social. Dicho de otro modo: ningún trabajador aparece espontáneamente en una oficina, una escuela o una fábrica.
El reconocimiento pendiente
Detrás de cada persona que trabaja hubo (y sigue habiendo) tareas de cuidado que hicieron posible su desarrollo. Una de las razones de esta falta de reconocimiento es que muchas de estas actividades se desarrollan puertas adentro de los hogares. Al no traducirse en un salario ni formar parte de los indicadores tradicionales del mercado laboral, suelen quedar invisibilizadas.
La importancia económica de estas actividades también puede medirse. Según estimaciones oficiales, si el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado fuera remunerado, representaría aproximadamente el 16% del Producto Bruto Interno argentino.
Lejos de tratarse de una cuestión privada o secundaria, estamos hablando de una actividad que genera más valor económico que muchos sectores tradicionalmente considerados productivos. Sin embargo, este trabajo continúa distribuyéndose de manera desigual.
Los nuevos tiempos: mayor acceso pero con menores remuneraciones
Durante las últimas décadas, las mujeres aumentaron significativamente sus niveles educativos y su participación en el mercado laboral. Cada vez más mujeres acceden a estudios superiores, desarrollan carreras profesionales y participan activamente de la economía remunerada. Pero estos avances no estuvieron acompañados por una redistribución equivalente de las tareas domésticas y de cuidado.
En otras palabras, para muchas mujeres el ingreso al mercado laboral no implicó abandonar responsabilidades previas, sino sumar nuevas obligaciones a las ya existentes.
Los datos duros de la desigualdad
Los datos ayudan a dimensionar esta realidad. En Argentina, las mujeres dedican aproximadamente el doble de tiempo que los varones al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Esta desigual distribución tiene consecuencias concretas sobre algo tan básico como el tiempo disponible para descansar.
Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, las mujeres cuentan con menos horas diarias de tiempo libre que los varones, una diferencia que se acumula día tras día y termina condicionando oportunidades de formación, recreación y bienestar.
Quizás por eso, la respuesta de aquellas mujeres jubiladas resulta tan significativa. Porque para muchas mujeres la jubilación marca el final de la vida laboral remunerada, pero no necesariamente el final del trabajo.
Las responsabilidades de cuidado, la organización del hogar y la atención de otras personas continúan formando parte de la vida cotidiana mucho después de haber abandonado el mercado laboral. Y allí aparece una paradoja que todavía interpela a nuestra sociedad. Vivimos en una economía que reconoce con facilidad aquello que se intercambia en el mercado, pero que aún encuentra dificultades para valorar plenamente actividades sin las cuales la vida cotidiana sería imposible.
El desafío ya no pasa por demostrar que las tareas de cuidado son trabajo. Hace décadas que las investigaciones lo vienen señalando y los datos lo confirman.
La discusión pendiente consiste en reconocer que el sostenimiento de la vida no puede seguir descansando sobre esfuerzos invisibles, ni recaer de manera desigual sobre quienes históricamente han asumido esa responsabilidad. Porque detrás de cada trabajador existe una red de tareas que sostiene la vida cotidiana. Y mientras esa responsabilidad continúe distribuyéndose de forma desigual, el trabajo invisible seguirá teniendo rostro de mujer.