Categorías: Espectáculos

El trip de los fugitivos

El sábado los Killer Burritos dieron su primer concierto del año. Un viaje por su último disco, “Fugitivo”, con paradas técnicas en los clásicos puso a bailar la sala llena del CC Güemes

Por Vande Guru

Cuando César Debernardi se transforma en Coki las variables tiempo y espacio se trastocan. Como un Doctor Who de la canción, de pantalones rayados, remera blanca con corazón, y lentes oscuros, con los Killer Burritos montados a bordo de la patrulla perdida, nos invitan a un viaje en el tiempo: nos vamos de cabeza a aquella época de escenarios oscuros, y cenitales enfocados en la música. Con ese halo de concierto de bares under la banda tocó el primer pack de canciones. Fue un precalentamiento en el que el público se despachó tarareando los versos de los temas conocidos: “El club de la pelea”, “Chico Dinamita Amor” “La fakir de la suburbia”, “Alfombra voladora”. El bloque navegó entre las olas suaves del “Titanic Té”  y el estribillo himno de “Villa Cristal, uno de los rocanroles preferidos de siempre.

“Vi la Drive”, el instrumental parteaguas del disco nuevo, puso un corte en ese trip y  dobló en la esquina del presente. Coki se sentó para tomar agua, respirar y darle lugar a las manos sobre el teclado de Ricardo Vilaseca que avasalla dulcemente con sus melodías de piano. Un momento de intimidad y sosiego que el público festeja con aplausos.

 

A partir de ahí las luces cambian. Los haces violetas o verdes anuncian la llegada de lo nuevo: Fugitivo viene huyendo con un paracaídas en llamas y se abre paso en la estela señalada por el piano del tema anterior. Cantada a dos voces, las de arriba del escenario y las de abajo, en esta balada tierna del desacierto se produce uno de los diálogos más conmovedores de la noche, en el que los brazos en alto funcionaron a modo de demostración del compromiso que tiene el público con su banda. Le siguen “Salta y Hoy” respetando el orden en que aparecen en el disco y cuando llega  Es ahí se propone una dinámica en la que Coki juega a ser una estatua entre los cortes sincronizados entre luces y música.

La banda suena sólida, prolija, pero sin rigidez. Se divierten arriba del escenario, contagian a los que están abajo, que acompañan la fiesta bailando. Van apareciendo más matices: los apoyos vocales le suman profundidad y textura a los estribillos, Julián Acugna suena impecable y Ramiro Hernández pasa de los teclados a la guitarra con la misma rapidez que se vacían las latas de cerveza.

Con “La antena de los vagabundos” sintonizamos un rocanrolito bien bailable y nos subimos a los acordes de La patrulla perdida para arrancar en otro viaje en el tiempo que nos lleva por los clásicos: Espaldas pesadas que arranca en una versión lenta y despojada de guitarras distorsionadas. Hasta que aparece la diabla, se arma el pogo y vuelan chorros de cervezas por el aire. El público está listo para recibir el yanananá que se oye en “The dark side of the moon” y en una amenaza de corte por cambio de bombacha que al fin no sucede aparece un medley impensable entre “Perdida”, “You give me fever”, “I can´t get no satisfaction” y “No voy en tren, voy en avión” del siempre amado Charly. En este viaje en el tiempo es imposible que falte “El perfume de los 17”. A partir de acá se hace silencio.

El break nos invita a recargar combustible, pero la chica de la caja parece estar más perdida que la de la canción. Nos dice que está cerrada y despacha gente sin ton ni son. Como por arte de magia, vuelven los acordes y las cervezas, y lo que fue un agujero negro en este viaje temporal desparece cuando al escenario llega “Lua” trayendo de su mano a “La Tormenta” y un coro desparejo de “Joselitos” que suben desde el público al escenario para dar cierre a este trip.

El piloto de la nave está más a gusto que nunca conduciendo el show, la banda amortigua todas las curvas y nos lleva con elegancia por todos los paisajes de las canciones.

Ver a los Killer en vivo es un viaje siempre distinto. Siempre alucinante.

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