Todo arquitecto es hoy, o debe ser, un urbanista. Y el urbanismo es político.
Sobre esta premisa, Jorge Mario Jáuregui alertó sobre ciudades que se están moldeando, caóticamente, al compás de los desarrollos empresarios. Los intereses privados de inversores o grupos económicos son los que diseñan las urbes. El Estado local, por impotencia o por voluntad de los gobernantes de turno, queda relegado. Actúa a remolque, adaptando normativas e intervenciones a los negocios inmobiliarios.
El resultado, dice, son «ciudades esquizofrénicas y desarticuladas», con periferias abandonadas. Es un conflicto de intereses que no se gestiona, territorio en disputa donde a falta de mediaciones, de participación, se reproducen los ganadores y perdedores de siempre. En Rosario, ejemplifica, eso se traduce en “dos ciudades”: la cuidada, entre bulevares, y la que está por fuera de esa frontera informal, menos equipada, con menos servicios, menos contemplada por las intervenciones públicas.
El diagnóstico de Jáuregui no es fatalista. Describe lo que «está», no lo que «es» o puede ser. De hecho, fue protagonista de otros modelos de urbanización reconocidos globalmente. Integradores, colaborativos, transdiciplinarios, que priorizaron a los sectores más postergados y a la vez estigmatizados de la sociedad. Muchos de ellos fueron discontinuados o vaciados de presupuesto.
Sin embargo, pone sobre la mesa ejemplos sobre cómo, incluso en pleno auge del paradigma neoliberal, surgen propuestas para imaginar colectivamente ciudades en las que vale la pena vivir, donde todos puedan hacerlo. Y sugiere mirar, desde Rosario, una iniciativa reciente en Medellín, Colombia, de la que participó hace un mes.
Un rosarino, arquitecto de las favelas

Jáuregui nació en Rosario y vivió en barrio Arroyito. Ahí, recuerda, resistió el sentido común de las afinidades deportivas como lo haría después con los de su profesión: fue un hincha de Newell’s a pocas cuadras del Gigante. Se recibió de arquitecto en 1973, en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Conjugó su oficio con la militancia política en el peronismo y en 1977, plena dictadura, se exilió en Brasil. Vive y trabaja desde entonces en Río de Janeiro, donde obtuvo el título de Urbanismo por la Universidad Federal.
Fue protagonista ineludible del Programa Favela-Bairro, iniciado en 1995 por la Prefectura Municipal de Río de Janeiro. Tras ganar varios concursos con su estudio, intervino en más de 20 favelas. Entre ellas, Vidigal, Fubá-Campinho y Fernão Cardin. Rompió con la lógica de erradicación de viviendas y en lugar de ello integró los barrios al resto de la ciudad con infraestructura. Por esa actuación, le dieron el premio Veronica Rudge Green de la Universidad de Harvard.

También participó del Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), iniciado en 2007 por el Gobierno federal bajo el primer mandato de Luiz Inacio Lula Da Silva. Allí lideró los proyectos de urbanización de grupos enteros de favelas, como el Complexo do Alemão, Manguinhos y la Rocinha. En el primero, fue el gestor del Teleférico, el primer sistema de transporte masivo por cable utilizado para conectar los morros en Brasil.
En 2010, continuó con el Morar Carioca, que de cara a los Juegos Olímpicos de Río 2016 fue la continuación natural y evolutiva del Favela-Bairro. Ese proyecto, a la vez, derivó en el Workshop Internacional del mismo nombre, coordinado académicamente por el propio Jáuregui junto con la UNR y universidades brasileñas. Es un seminario en el que estudiantes y docentes viajan a Río de Janeiro para realizar lecturas de territorio y proponer soluciones de diseño urbano desde las propias favelas.
Por eso, entre otros motivos, Jáuregui vuelve a Rosario seguido. Esta semana lo hizo para dar una clínica de proyectos y participar de otras actividades. Una visita posible por la colaboración entre la carrera de Arquitectura de la UNR y su homóloga de la Universidad de Morón junto al Colegio de Arquitectos local. Una sintonía entre instituciones poco frecuente, rescató el docente y arquitecto Marcelo Barrale, promotor de esos encuentros. Durante la breve estancia en su ciudad natal, Jáuregui conversó con El Ciudadano.
Que las ciudades crezcan es inevitable, el desafío es cómo y quiénes

“Se va a continuar construyendo, las ciudades van a continuar creciendo, todas, Rosario, Río, San Pablo, Buenos Aires, Bogotá, Medellín, Ciudad de México”, traza el escenario sobre el que es necesario pensar alternativas. “Entonces, ¿de qué manera construir estas ciudades por partes, pero articuladas a lo que ya existe, conectivas, compactas, densas, con servicios, espacio público de calidad, configurando un paisaje agradable, no un amontonado de materiales, no un apilamiento de pisos. Eso no tiene sentido”.
¿Por qué se da de esta manera? Porque «el Estado es dependiente de los planificadores privados». Es que hoy, dice, «el poder público tiene poco margen de maniobra, está condicionado, sometido a satisfacer los intereses de estos inversores privados que son los que ponen el dinero para las campañas electorales», entre otras cosas.
Referencias sobran
Sin embargo, no siempre fue así. Jáuregui propone volver la mirada hacia ciertas fuentes.
«Pienso en Europa, por ejemplo. Después de la Segunda Guerra Mundial, había una confianza en que el Estado podía conducir un proceso de construcción. Planeaba y los privados actuaban de acuerdo con un norte que el Estado determinaba».
Cita referencias: «París, Madrid, Barcelona, ciudades más chicas como Sevilla, Granada, las que hicieron los árabes en España. No las nuevas, como el desastre de Dubai». Se trata, describe, de urbes «caminables, muy diversas, con mucha actividad diferente, espacios pequeños, medianos, grandes y muy amplios». Pero articulados y con continuidad.
No son modelos para copiar sino rearmar, adaptar al presente. «Hoy pensamos que tenemos que tener armonía junto con desarmonía, que es lo que define la gran ciudad contemporánea como Rosario, Buenos Aires o Río”.
Nada es sencillo, y hay que aprender de los errores

Por más inclusivo que sea un programa urbanístico, no alcanza
«Sin duda, uno de los problemas que hay en nuestras democracias latinoamericanas es la discontinuidad de las políticas públicas. Viene un gobierno, traza una, el siguiente la desmonta y hace otra diferente. Entonces, esa interrupción afecta, sin duda, tanto lo físico cuanto lo social. Y puede generar descontentos significativos». Jáuregui habla de urbanismo, pero es una descripción general. El Estado termina por decepcionar y el resultado es el ascenso de gobiernos neoliberales como los que surgen desde hace unos años en la región. Votados, incluso y en gran medida, por quienes mejoraron sus vidas con espacios políticos de signo contrario.
«Por ejemplo, gente que se benefició de los programas de los cuales participé, muchos de ellos pueden estar votando este domingo a Flávio Bolsonaro», encuadra el riesgo sobre el balotaje presidencial en Brasil.
Lo que dice Jáuregui coincide con un análisis detallado que cruza datos del Tribunal Superior Eleitoral (TSE) y el Censo de población. En el 20% de los barrios de Río con menor renta (favelas y periferias), Bolsonaro se impuso la primera vuelta con el 51% de los votos válidos, mientras que Lula obtuvo el 41,2%. Y en el 20% de los barrios de mayor poder adquisitivo, la tendencia se revirtió: Lula alcanzó el 49,7% frente al 41,3% de Bolsonaro.
Defender las políticas públicas integradoras, repasa, implica otras muchas tareas. La concientización, el trabajo territorial permanente y una impostergable construcción de soberanía tecnológica. Lo último, por la incidencia de todo el entramado físico y simbólico de internet, las redes sociales, las fake news y la inteligencia artificial que desvirtúan la conversación democrática. Porque, de nuevo, el urbanismo es político y está conectado con el resto de las intervenciones públicas. Sin una visión general, los avances transitan por hielo fino.
Torres sueltas, ciudad desatada

En esta visita a Rosario, Jáuregui posó su mirada extrañada sobre el modelado del paisaje urbano sobre la ribera del Paraná.
«Estas torres en el borde, sueltas, son como palos clavados en el borde del río que no tiene ninguna a otra utilidad que alojar gente que puede pagar caro por esa localización». Moles de cemento que, afirma, no construyen ciudad.
«Son todas cerradas, bunkerizadas«, describe. No dejan lugar para la circulación libre de las personas. No es, aclara, que esté en contra de los edificios altos: «Defiendo la ciudad densa, compacta y conectiva. Concentrar para reducir costos de infraestructura, para tener vida en la planta baja, más racional el uso de los recursos públicos, alumbrado, cañería, limpieza, servicio en general».
Sin embargo, contrapone las construcciones excluyentes, como las torres instaladas frente al río, a las integradoras: «Que la planta baja tenga una cierta generosidad. Que la ciudad se le pueda meter por abajo, que haya comercios, servicios, espacios para actividades que le interesen no solo a la gente de la torre, sino a todos».
Los emprendimientos inmobiliarios que cuestiona se publicitan, desde el privado y el poder político, con el plus de una cierta «devolución» social: áreas públicas en los terrenos, de supuesta libre circulación. Jáuregui lo pone en entredicho. «Por más que dejen un pedazo obligatorio llamado espacio público entre comillas, las torres están pensadas como aisladas, como objetos autosuficientes a los que no les interesa mucho conectarse con la trama urbana».
Y esa morfología, completa, «genera una no ciudad, donde las reglas de comportamiento, de uso del espacio, de acceso, de conexión con el resto de lo que existe son frágiles o inexistentes«. Insiste: «No creo que el problema de la ciudad sea la altura del edificio. Pueden ser edificios muy altos, pero cuando veo cuatro torres sueltas, y ahora están pensando otra, eso no es ciudad. Porque entre ellos no hay nada, es una torre, nada, otra torre y nada».
Por el contrario, sostiene que «lo que genera ciudad es justamente el entramado, la urdimbre por abajo, que haya un tejido físico y social, que las cosas puedan tener continuidad, para que caminando se pueda ir de la plaza central a cualquier otro punto sin interrupción, sin tener miedo de tener que atravesar una avenida con 800 carriles de autos, que es poco agradable». Claro que, en ese último punto, es relevante el diseño de la movilidad: «Tiene que ver con transporte público, eso y la continuidad del tejido urbano son determinantes para que una ciudad sea amistosa, amable, que convide».
Las playas, el territorio más democrático

Frente a ese paisaje de torres clavadas con vistas al Paraná, el arquitecto desafía con otra vista de la franja Este de la ciudad. Y no se trata de estética
Cuestiona la escasez de espacio ribereño accesible en Rosario, unos 800 metros en total, solo en la zona norte, y en parte arancelados, en el balneario La Florida.
Contrasta eso, salvando distancias entre río y mar, con los 45 kilómetros de playas públicas, en buena parte continuas, de Río de Janeiro. Copacabana, Ipanema, Flamengo, entre otras.
No es solo un paisaje urbano cualquiera, aclara: «Cualquier ciudadano, del morro, de la favela o el tipo que vive en el borde del mar, en el edificio más caro de Brasil, pueden disfrutarlo. Comparten el mismo espacio. De hecho, la playa es el único verdaderamente democrático de Río de Janeiro».
Es ahí, explica, «donde se encuentran las diferencias». Todos, de cualquier condición social, «comparten partidos fútbol, vóley, lo que sea, el mismo agua».
Imagina entonces la posibilidad de aumentar el área de playa en Rosario. Incluso con playas artificiales, ganadas al río sin comprometerlo ambientalmente. «Se puede crear un balneario, llamémosle público, que sería bien interesante como espacio democrático», se entusiasma con la audacia.
Una sugerencia para Rosario, desde Medellín
«Estuve hace tres semanas en Medellín para un foro al que me invitaron para discutir cómo recuperar el centro. Porque Medellín hizo mucha intervención en la favela, en las áreas periféricas, pero el centro quedó abandonado. Tiene el problema de todos los centros de cualquier ciudad latinoamericana. Entonces, la idea era discutir cómo recuperarlo, activarlo».
Lo sorprendió ese encuentro, por la diversidad de actores: «Estaban los inversores la comunidad, la universidad, juntas de vecinos, activistas en defensa del arte y el poder público». Una rara avis para los tiempos que corren. Encontraron, celebra, «una manera de convocar diferentes sectores con intereses contradictorios, contrapuestos, para tratar de imaginar acciones de intervención en el centro recuperándolo de manera que le interese a todos los ciudadanos, y al que quiere hacer un negocio inmobiliario».
Jáuregui vio ese foro como un saludable puntapié para recupera «una ciudad democrática, diversa, en el siglo XXI».

En cierta medida, y a contrapelo de la avanzada conservadora, es un intento de reeditar los Proyectos Urbanos Integrales que, entre 2004 y 2011, desarrolló la Empresa de Desarrollo Urbano. Justo, en una ciudad estigmatizada por el señorío de los cárteles de droga, y con los barrios populares en la mira por la violencia desbordada.
No hubo verticalidad ni mirada punitivista, sino una metodología de asambleas, talleres con los vecinos y contratación de mano de obra local que contribuyó a pacificar las zonas conflictivas. Y, al menos inicialmente, conseguir la apropiación social del espacio intervenido. Es, además, una búsqueda de urbes más seguras a partir de su integración, de la convivencia en la diversidad, en las que los ciudadanos no se miren con recelos.
Jáuregui cree que la experiencia de la ciudad colombiana puede ser inspiradora para Rosario. «Organicemos un foro a la Medellín, donde participen todos: el gobierno, las instituciones públicas, las universidades, las asociaciones de barrios, de artistas, de artesanos, de lo que sea», propone. «Siempre las discusiones son ricas, nunca se pierde, siempre se gana. Todos recogen algo de lo que dice el otro y eso ayuda a a esclarecer al ciudadano, a tornarlo más consciente de las posibilidades que tiene de hacer cosas en su ciudad».
La ciudad es identidad
«Uno es de donde viene, y yo soy más de acá que de cualquier parte«. Jáuregui pone como estandarte la frase de su colega Julio Le Parc, mendocino reconocido mundialmente y fallecido en mayo último. Si la identidad se forja en los espacios donde se vive, es deseable que esos espacios, ciudades, sean pensadas por todos sus habitantes. Para que el reenvío de lo que cada uno es al lugar donde vive no sea hostil.
El cronista agrega la letra de una canción que puede sintonizar con la idea. Justo de Charly García, que acaba de cumplir 75 años:
«Estamos ciegos de ver, cansados de tanto andar. Estamos hartos de huir, en la ciudad. Nunca tendremos raíz, nunca tendremos hogar, y sin embargo, ya ves: somos de acá» (Los sobrevivientes).
