Por Isabella Santoro
El patio del Lumière se alza sobre Vélez Sarsfield como una reliquia luminosa de otro tiempo. Las luces rojas de la entrada atraen la mirada de cualquier transeúnte y, bajo el cielo abierto, entre muros amarillo pastel, dos bancos de madera se enfrentan en silencio. En uno descansan dos muchachas jóvenes; en el otro, dos hombres mayores que esperan el comienzo de la función.
Cuando levanto el celular para tomar una foto, uno de ellos chifla desde lejos:
—¡Ojo! Te vamos a cobrar derechos de autor.
La noche de junio cae con un frío obstinado que se cuela entre los abrigos. Desde el interior llegan aplausos: está terminando la competencia de cortometrajes. Aunque a ellos no parece importarles demasiado.
—A mí los cortos no me gustan. Cuando me engancho, ya terminaron —dice el más canoso de los dos.
El 31° Festival de Cine Latinoamericano de Rosario viene llenando la sala desde su apertura con Nuestra Tierra, de Lucrecia Martel. Tal vez por eso es que son las 19.45 y estos hombres ya esperan por Los Bobos, programada para las 20.30. Mientras tanto, hablan del cine.
—Esto está desde el 59… aunque no te creas que yo venía entonces, todavía no había nacido —comenta uno.
—No habías nacido, pero estabas ahí nomás —responde el otro entre risas.
Hablan del pasado del Lumière como quien habla de un familiar. Recuerdan cuando estuvo cerca de desaparecer, los años en que la sala parecía destinada al abandono y cómo volvió a llenarse cuando pasó a manos municipales. Recuerdan también otros cines que ya no están: el Madre Cabrini, el Diana, el Echesortu. Los nombran con la misma nostalgia con que se nombran viejos vecinos.
—El Echesortu era una segunda casa —menciona uno de ellos.
Al cabo de unos minutos, uno de los señores cruza la puerta de vidrio llevando el frío del exterior hacia la cálida recepción, con su alfombra roja que parece resistirse al paso del tiempo. Ya no existen demasiados cines así. Los complejos modernos privilegian la eficiencia, los pasillos neutros, las superficies brillantes. El Lumière conserva un espíritu distinto con sus afiches antiguos de la entrada o sus fotografías de la fachada en sus inicios colgadas en el buffet.
—Vinimos primeros y vamos a quedar últimos —dice el hombre que se quedó en el banco al ver que va llegando gente al patio de adelante.
A medida que se acerca la hora de la función, el festival hace lo que mejor sabe hacer: construir lazos. Cada rincón del lugar comienza a ser habitado. Los habitués recorren el espacio con la programación en la mano y se mueven con la familiaridad de quien está en casa. Dentro del buffet, una vecina descubre la nueva cafetería del barrio, que participa por primera vez dentro del cine. Junto a la puerta de la sala, los directores conversan con uno de los programadores y una de las juradas.
—Nos encanta venir acá, verla y estar con la gente.
Un hombre mayor entra acompañado por su nieta. Apenas cruza la puerta se detiene, abre la boca en un grito ahogado, mira la sala de un extremo al otro y murmura:
—Ay, qué hermoso.
Permanece inmóvil unos segundos antes de sentarse, contemplando las butacas antiguas, las paredes y la pantalla que llega al techo, como quien observa una catedral.
Durante unos días al año, el Festival de Cine Latinoamericano convierte estos espacios en algo más que una sala de proyección. Son lugares de encuentro donde conviven quienes vienen desde hace décadas y quienes recién están empezando a construir sus propios recuerdos alrededor del cine.
Cuando finalmente se apagan las luces, la sala ya parece haber construido una pequeña comunidad provisoria. Parejas, amigos, familias y solitarios ya se encontraron con sus butacas y el cálido parloteo se balancea de un extremo al otro. Entonces empieza Los Bobos.
La película propone un recorrido incómodo, atravesado por el absurdo y el humor negro. A medida que avanza, va señalando satíricamente los mecanismos cotidianos con los que justificamos la crueldad, la facilidad con la que reducimos al otro a un obstáculo y la manera en que ciertas formas de violencia se vuelven invisibles cuando no nos afectan de cerca.
Por momentos las risas se mezclan con el desconcierto. Otras veces la sala queda en silencio. Antes de la proyección, la directora Sofía Jallinsky había anticipado el clima de la noche:
—Les diría que espero que la pasen bien, pero no es ese tipo de película.
Al terminar, los primeros segundos transcurren en silencio. Desde las últimas filas alguien define la experiencia con un:
—Qué bizarro.
La sala estalla en aplausos. Mientras en la pantalla los personajes avanzan hacia el aislamiento y la crueldad, en el Lumière conviven vecinos, realizadores, jubilados, estudiantes y familias reunidas por una misma historia.
Las luces se encienden. Algunos vuelven rápido a sus casas. Otros permanecen en el patio, dispersos entre los bancos y la entrada. Siguen hablando de la película, de otros festivales, de anécdotas en el cine. El frío continúa siendo intenso, pero nadie parece tener demasiada prisa. Después de todo, las películas terminan, pero los lazos con el lugar suelen durar un poco más.
Sobre Vélez Sarsfield, las luces rojas del Lumière siguen encendidas. Como hace más de seis décadas, vuelven a señalar el camino hacia una sala de barrio donde todavía es posible reunirse para vivir el cine junto a otros.