Sociedad

Nuevo estudio descubre que el caucho del césped artificial se descompone en un cóctel químico potencialmente peligroso

Investigadores detectan más de 500 compuestos químicos en el caucho del césped artificial expuesto al sol, varios potencialmente tóxicos

Fuente, Eco Inventos

Una nueva investigación examina el complejo y potencialmente peligroso miasma de sustancias químicas liberadas por el caucho molido, un material de relleno utilizado en muchos campos de césped artificia

Si se creció en las últimas décadas rodeado de pistas deportivas y patios escolares, es muy probable haber pisado césped sintético. Ese suelo aparentemente blando y uniforme se apoya, en la mayoría de los casos, sobre millones de pequeñas partículas negras: caucho granulado procedente de neumáticos fuera de uso. Durante años se ha presentado como una solución circular, un ejemplo visible de reciclaje aplicado al espacio público. Sin embargo, la imagen empieza a agrietarse.

Un nuevo estudio desarrollado en la Universidad Northeastern ha puesto el foco en algo que rara vez se discute: qué ocurre químicamente con ese caucho cuando envejece. Al simular condiciones reales de exposición –sol intenso, humedad, oxidación–, los investigadores observaron que el material no es inerte. Al contrario. Se transforma, reacciona, genera nuevas sustancias. Muchas más de las que se creía.

Nadando contra corriente

El equipo liderado por Zhenyu Tian, químico ambiental, partía de una certeza incómoda: los neumáticos contienen mezclas complejas de aditivos, diseñados para resistir fricción, calor y ozono. Cuando ese equilibrio se rompe, aparecen los llamados productos de transformación, compuestos nuevos que no estaban en el diseño original.

Uno de ellos ya era conocido. El aditivo 6PPD, ampliamente usado para alargar la vida útil de las ruedas, reacciona con el ozono y genera 6PPD-quinona, una sustancia extremadamente tóxica para el salmón coho. Cantidades ínfimas, por debajo del microgramo por litro de agua, bastan para provocar la muerte de ejemplares juveniles en menos de una hora. En ríos contaminados por escorrentía urbana se han documentado colapsos poblacionales cercanos al 90 % antes del desove. No es teoría. Es campo. Es biología real.

Ese mismo enfoque se trasladó al césped artificial. En un experimento controlado, el caucho granulado fue expuesto a un fotorreactor que reproduce meses de radiación solar en poco tiempo. El resultado fue contundente: al menos 572 productos de transformación distintos. Una cifra que no habla solo de cantidad, sino de complejidad química.

Moléculas más pequeñas que se hacen más grandes

Lejos de una degradación simple —romperse y desaparecer—, el caucho muestra un comportamiento más inquietante. Algunas moléculas se fragmentan; otras se recombinan y crecen, formando estructuras nuevas, con propiedades desconocidas. No es una línea recta hacia la inocuidad. Es un proceso dinámico, activo, prolongado.

Entre los compuestos identificados aparecen sustancias con perfiles preocupantes. El 4-HDPA, señalado como disruptor endocrino y relacionado con riesgos hormonales. El 1,3-DMBA, con efectos estimulantes similares a los de las anfetaminas. Y eso es solo lo que se ha podido reconocer con herramientas actuales. Para la mayoría, no existen aún datos toxicológicos completos.

Los propios investigadores son prudentes. Las concentraciones reales en un campo varían, dependen del origen de los neumáticos, de su edad, del clima local. Informes anteriores de la EPA estadounidense ya apuntaban a una exposición humana limitada en condiciones normales de uso. Pero el estudio introduce una variable clave: el tiempo. El caucho enterrado o expuesto no se “apaga”. Sigue reaccionando durante años. Y muchos campos se sustituyen justo cuando ese proceso sigue activo.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

El problema va más allá del contacto directo con jugadores o niños. El caucho granulado libera compuestos que pueden migrar con la lluvia, infiltrarse en suelos, llegar a sistemas de drenaje y cursos de agua. En entornos urbanos densos, donde el césped artificial se concentra, ese flujo químico se suma a otras presiones ya existentes.

Además, el calentamiento superficial de estos campos –muy superior al del césped natural– acelera reacciones químicas y volatilización de sustancias. Un círculo poco virtuoso: más calor, más degradación, más emisiones difusas. Difíciles de medir, pero constantes.

También hay una dimensión ecológica silenciosa. Invertebrados del suelo, microorganismos, aves urbanas. Exposición crónica, dosis bajas, efectos acumulativos. No hace falta dramatizar. Basta con reconocer que no se ha evaluado todo.

 

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