La manipulación del discurso, el atraso salarial frente a las provincias vecinas y la declaración de servicios esenciales como herramienta para cercenar el derecho a la huelga exponen una crisis estructural que excede lo económico
Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org
Por Carlos G. Gómez (*)
El silencio y la mentira son las dos herramientas predilectas de la política contemporánea desde que los totalitarismos del siglo XX perfeccionaron la manipulación de masas y el control de la propaganda. En América Latina fue donde mejor se aprendió esa metodología, adaptada bajo distintos disfraces partidarios: fotos con niños en brazos, promesas de campaña jamás cumplidas, saqueo crónico, venta del territorio camuflada de «progreso e inversión», desprecio por la educación con sueldos paupérrimos para los docentes y un sistema de salud de primer nivel reservado para los sectores de mayores ingresos.
Para no quedarnos en abstracciones, miremos un caso concreto: Chubut. En una provincia con apenas 600.000 habitantes, no hay suficientes escuelas técnicas y la infraestructura escolar arrastra un abandono histórico, sin mantenimiento y sin equipamiento tecnológico básico. La brecha salarial es un escándalo: un docente en Chubut cobra la mitad que uno en Río Negro y hasta tres veces menos que un colega en Neuquén por la misma carga horaria. Y vale aclarar que en esas provincias vecinas también se lucha y se reclama, lo que da la pauta de la miseria salarial que se vive acá.
Se cierran paritarias sin consultar a las bases y la dirigencia sindical festeja aumentos insignificantes en cuotas como si fueran victorias históricas; son cómplices de la farsa. Los legisladores se refugian en el silencio: apenas balbucean que el ministro de turno no responde los pedidos de informe y luego callan. En el interior provincial, los hospitales carecen de especialistas y de insumos de mediana complejidad, mientras el personal de salud cobra sueldos tan castigados como los de la educación. Las rutas provinciales y nacionales son una trampa mortal. Todo parece naturalizado bajo promesas eternas de obras que nunca llegan.
Gran parte de los medios de comunicación, condicionados por la pauta oficial, bajan la cabeza: publican declaraciones oficiales sin repreguntar ni contrastar con el costo de vida real que golpea en el supermercado y que pulveriza cualquier índice oficial. Silencio y mentira aceptada. El timo perfecto. El trabajador —no el funcionario ni el empresario acomodado— vuelve a ser estafado. El político sigue cobrando dietas millonarias, sostenido por los mismos ciudadanos a los que ajusta. Esa es la verdadera traición a la democracia.
Para colmo, en Chubut se aprobó declarar a la educación y a la salud como «servicios esenciales», no para garantizar escuelas en condiciones o guardias equipadas, sino para cercenar de facto el derecho constitucional a la huelga. Se inocula el odio social contra los trabajadores que reclaman, aplicando al pie de la letra la máxima maquiavélica de «divide y reinarás».
Mientras tanto, la soga aprieta siempre a las mayorías y favorece a esa minoría privilegiada que nunca pierde. Llevamos décadas siendo timados. Quizás algún día la sociedad reaccione, o quizás no; cada pueblo termina definiendo su destino. Por ahora, prima la resignación ante gobernantes que llegaron con discursos de cambio y hoy gestionan con la misma impunidad. Cuando el engaño se naturaliza y la indignación se desgasta, la democracia no solo se empobrece en lo material: termina vaciándose moralmente.
(*) Residente de Lago Puelo, Chubut. Profesor en Ciencias Sociales.
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