Sociedad

Opinión: Una profunda y dolorosa incomodidad

“Un tipo que odia la debilidad, que echa inmigrantes, que desata guerras, que sólo cree en la supremacía del dinero. Un tipo que cerraría por no ser rentables los clubes de fútbol que vieron nacer a los campeones del último Mundial”: Donald Trump recibió a Messi

Por Luciano Vigoni (#)

Los clubes de barrio, su imagen, sus olores, sus prácticas. Quizás no haya algo más contrario a esa estética que el presidente de los Estados Unidos. Los clubes argentinos, los de barrio en las grandes ciudades, los de cada localidad y pueblo de Ushuaia a Humahuaca. Esos clubes autogestionados en su gran mayoría por padres y madres que, a fuerza de empanadas y pollo, logran década tras década que siga vivo uno de los pocos espacios públicos que genera vínculos, lazos y hermandad entre miles de pibas y pibes a lo largo y ancho del país. Con una lógica de organizarse y funcionar por fuera de la lógica de la ganancia económica que propone el mercado, muchas familias cada semana (en particular fines de semana) dejan su tiempo a una organización que los trasciende y en la que no hay retribución económica. Por el contrario, el tiempo, el trabajo y el aporte económico son los elementos centrales de una organización difícil de encontrar incluso en países desarrollados, siempre usados como ejemplos de prosperidad.

Los clubes son también algo más profundo que ese espacio donde se aprende y practica un deporte. Es ese espacio de socialización tan argentino, reconocido no sólo en el fútbol sino en el resto de los deportes. Muchos de quienes llegan a ser profesionales reconocidos cuentan que la historia de su club es central para explicar su propia historia. No sólo en la formación deportiva, sino también en la disciplina, en la constitución de grupo, en aprender a ser parte de un equipo y en la socialización, siempre con otras y otros. El club es, muchas veces, la primera escuela de lo colectivo.

La Rosarina, la Casildense, la Totorense, la Galvense. Cuántas ligas de fútbol destacadas en esta provincia, cada sábado, cada domingo. Padres marcando la cancha, otros en el buffet, cobrando entradas, el que lavó las remeras. Una de las pocas organizaciones sin fines de lucro que queda en la Argentina y que más impacto tiene en la vida cotidiana de miles de pibas y pibes. Los clubes de barrio existen, trascienden, pese a paracaidistas, gobiernos y aduladores de turno.

Por eso, las miradas cómplices, como de fascinación de Messi y de Mascherano, ambos nacidos en la provincia, duelen. Los recibió un tipo que odia la debilidad, que echa inmigrantes, que desata guerras, que sólo cree en la supremacía del dinero. Un tipo que cerraría por no ser rentables los clubes de fútbol que vieron hacer a los campeones del último Mundial.

Decorado

Ese tipo es Donald Trump. Empresario multimillonario devenido dirigente político, ex y actual presidente de los Estados Unidos y hoy uno de los referentes más visibles de una derecha global que plantea un mundo ordenado por el poder económico y financiero, a fuerza de poder militar. Su discurso se construyó desde la exclusión de los inmigrantes, el desprecio por la soberanía del resto de los países y con esa idea tan estadounidense del derecho a disponer de la vida de millones de personas en el mundo.

Duele la pasividad, la mirada con cierta admiración. Pero más duele que Messi no asuma la responsabilidad de ser referencia de miles de pibes que en su remera llevan la diez y juegan a ser él, Messi.

No se piden declaraciones, ni tatuajes, ni exageraciones que no nazcan de lo profundo del pecho. Nadie pide que repita el proverbio maradoniano. Diego es para muchos nuestro dios mundano, atado por supuesto a una época y sus características, pero que siempre tuvo presente el lugar que ocupa un jugador argentino de fútbol frente al poder real y pagó caro no sus contradicciones sino sus posturas y convicciones.

No reclamamos lo mismo. Ni tatuajes del Che ni Mar del Plata, ni ese registro de declaraciones imposibles de olvidar. Reclamamos algo más simple: intentar transmitir a miles de pibas y pibes un mensaje. Y ese mensaje podría ser no subordinarse, no ser complaciente, no mirar con admiración a dirigentes que representan una política que justamente en el lugar que gobiernan no sólo deporta sino que castiga a muchos de esas y esos que juegan a ser Messi.

Ya no es un pibe Leo. Es un hombre de más de treinta largos, campeón del mundo. Capitán de un equipo que tampoco quiso pasar por el balcón de la Casa Rosada, espacio que habitaron todos los presidentes de la República para saludar al pueblo. Allí sí hubo valoraciones sobre “la politización del fútbol”. Fernández resultaba un decorado. La copa en ese balcón era institucionalizar un sentimiento colectivo.

Pero con Trump, en una nación donde el fútbol tiene una representación casi nula, hay protocolos. Y en el país del fútbol aparece la acusación de politización.

Campito

Aquí la responsabilidad trasciende a Messi. También es de la AFA y de los clubes de primera. ¿Qué lugar tiene en los jugadores que llegan a primera el esfuerzo de las familias, de los clubes y de lo colectivo? Es como si viviéramos en una república meritocrática, donde cada uno que llega lo hace sólo porque juega bien, independiente del contexto que lo sostuvo. En un territorio donde pibes y pibas todavía no caminan pero ya tienen equipo asignado y patean la pelota, no  habría ni Dibu, ni Enzo, ni Di María sino hubiese un país con 100 años de potrero en el lomo. Clubes, campitos, baldíos, recreos: todo es dos arcos y una pelota que hasta puede no ser de cuero.

Sin embargo el Dibu, Montiel y un sinfín de campeones del mundo promocionan apuestas virtuales. El juego online, tan nocivo para los pibes. Como si a ellos la virtualidad les hubiera traído las mismas alegrías que patear una pelota en el campito.

Pero no hay comerciales alentando a armar canchas en baldíos con dos pedazos de ladrillo. El mercado ganó. La AFA ganó. El fútbol ganó. Y también ganó la cabeza de muchos jugadores.

Sin embargo, son los clubes los que permiten no sólo que esos pibes se enamoren de la pelota, sino que para otros miles la pelota sea lo único que por un rato los saca de realidades demasiado duras.

La AFA es la principal responsable, pero las ligas en su conjunto también tienen la responsabilidad de formar pibes comprometidos con el lugar de donde salen, para poder transmitir esos valores y enseñanzas.

Refugio

Los clubes de fútbol son un refugio. Y, en muchos casos, la única posibilidad para miles de pibas y pibes en una Argentina que muchas veces parece no tener lugar para las infancias, para los débiles, para quienes peor la pasan.

Alguien podría decir que Messi es sólo un jugador de fútbol. Pero en un país que respira fútbol, donde es una de las pocas actividades en la que todos los sectores sociales se cruzan, el rol simbólico de los jugadores es enorme.

En el fútbol no sólo se juegan pasiones. Se aprende a jugar con el compañero, a cuidarle la espalda cuando sube, a entender que nadie gana un partido solo. El equipo, lo colectivo, ocupa un lugar central: son demasiadas horas compartidas pateando la pelota, donde la realidad, las angustias, tristezas, impotencias quedan suspendidas y sólo importa que el compañero la meta en los tres palos.

También las referencias.

Las redes y la tecnología acercaron a pibas y pibes a la vida cotidiana de sus ídolos, sus cortes de pelo, sus gustos musicales, sus autos. Muchos jugadores se transformaron en un punto de referencia para chicas y chicos en proceso de formación.

Por eso impacta ver al campeón del mundo con un dirigente que además de su peso político arrastra una larga lista de polémicas y abusos. Trump estuvo en el centro de la escena mundial cuando en enero de 2021 un grupo de sus seguidores atacó el Capitolio de los Estados Unidos intentando impedir la certificación electoral, un episodio que muchos analistas interpretaron como uno de los ataques más graves al sistema democrático estadounidense. Su nombre también apareció vinculado a escándalos internacionales como el caso Epstein, una red de explotación sexual de menores que involucró a figuras poderosas del mundo político y económico y lo tiene al mandatario estadounidense en el centro de la escena. Hoy es el presidente que está arrastrando al mundo a una guerra que nadie puede afirmar qué dimensiones tendrá.

Esa es la imagen que se transmite.

Pergaminos

Messi es un jugador con todos los pergaminos. Podría haber evitado ese encuentro pero el problema no es sólo Messi .Hace un tiempo que muchos jugadores del fútbol argentino vienen teniendo comentarios que dan cuenta de una mirada complaciente con el mundo que proponen los Trump y los Milei.

Entonces el problema es un poco más complejo, porque el negocio penetró, sobre todo, en quienes deberían ser referencia, animarse a hablar de jubilados, discapacitados de un país que es arrasado: claro que tienen esa espalda para poder hacerlo. Los jugadores tendrían la mayor legitimidad para pronunciarse, pero eligen el silencio y también la comodidad de no enfrentar el poder

Es como si el futbolista se olvidara de dónde viene: como si las horas de potrero ya no tuviesen un lugar en lo que trasmiten. Cuán importante sería escuchar a campeones del mundo hablarles a pibas y pibes sobre las apuestas virtuales, los consumos problemáticos, el cuidado, las angustias, el suicidio. Es una responsabilidad de las dirigencias de la AFA y de las ligas intentar que la pibada que llegue transmita otro valores y enseñanzas.

Cuando se olvida del potrero, del club de barrio, de los padres que venden empanadas para pagar la luz, del entrenador que trabaja gratis, de la camiseta que se lava en una casa del barrio.

Cuando se olvida que antes que negocio, antes que espectáculo, antes que mercado, el fútbol fue y sigue siendo para miles de pibas y pibes una forma de aprender a vivir con otros.

Y cuando quienes llegaron gracias a ese mundo parecen sentirse más cómodos con los poderosos del planeta que con las instituciones que hicieron posible su lugar en el mundo, lo que aparece no es sólo silencio.

Lo que aparece es algo peor.

Una profunda y dolorosa incomodidad.

(#) Politólogo.

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