Por Agustín Ibarra
En el centro donde se unen las dos partes de las rejas corredizas -que separan la vereda de la entrada al cine Lumiere- está Sol. En ese momento no sabía que se llamaba Sol y le pregunto si viene al taller de crónicas. Me dice que sí pero que está cerrado y me señala el candado. Golpeamos en la puerta de al lado para preguntar si es que por ahí se entra, nos dicen que está abierto. Que está abierto pero que está cerrado. Si bien nos dirigimos confundidos de nuevo al lugar, el candado no estaba asegurando nada. Tiramos, ella para un lado y yo para el otro, la puerta cedió y entramos. Lo abrimos y pienso: “abrimos el cine”.
Nos acomodamos en un banco a esperar que alguien o algo nos confirme que estamos en el lugar indicado. En ese momento entra un hombre, tez morena, camperón de trabajo. Ya lo había visto, apoyado en una impecable mountain bike roja, observando la situación que nos mantenía ocupados a Sol y a mí. Se acerca lento a la empleada, le pide por favor si tiene algún papel que tenga los horarios de las películas. Se lo dan, pero antes de salir nos mira, nos dice que quiere traer a su hija al cine, que no es lo mismo en la pantalla del celular, mientras sus manos hinchadas sostienen el papel blanco con la programación del 31 Festival de Cine Latinoamericano de Rosario.
Es el día cuatro del festival, lejos quedaron las largas filas de la apertura cuando se proyectó “Nuestra tierra” de Lucrecia Martel. Hoy están los que miran fino: tapados negros, zapatos con plataforma y bigotes pronunciados. Acá hay rosarinos, “Fotogénico” y “No Matarás”, compiten junto a otros cortos latinoamericanos. Al Lumiere lo copan estudiantes de cine, familiares, compañeros y amigos de los directores. Por los pasillos desfilan como en una procesión ramos de flores blancas, amarillas, que terminan en manos de los realizadores. Al final de la proyección hay foto, ya es de noche, la luz roja de la entrada se derrama en un grupo de amigos, que posan abrazados.
Día cinco, se proyecta “Los Bobos”, largometraje argentino que forma parte de la competencia. En la sala, una mujer ya grande con su bastón y su acompañante, se acomoda luego de unos cuantos movimientos en la butaca. Llega justo para escuchar a los directores. Juan Pablo Basovih y Sofía Jallinsky cuentan, a modo de presentación, como fue el rodaje. En lo que dicen resuenan dos palabras: financiación y realidad. De la financiación es que no la hay, de ningún organismo ni público ni privado, que es pedir plata, pedir prestadas locaciones, vestuario y lo que hace posible que puedan filmar, es una red de actores de la que forman parte y que sostiene sus producciones. En cuanto a la realidad Juan Pablo cita a Chesterton: “El humor debe llevarse a cabo antes de que la realidad llegue a ser tan ridícula que ya no sea posible satirizarla”. La señora le dice a su acompañante que está sorda, que ya no escucha nada.
Es 3 de junio y se cumplen 11 años de la primera marcha histórica de Ni Una Menos, hay un nuevo femicidio y hay marcha. La programación se ve afectada, se mueven horarios y por la noche se proyecta Belén, película dirigida por Dolores Fonzi en la que se cuenta como una joven tucumana es llevada presa por tener un aborto espontaneo. La fila es inmensa, y no paran de llegar mujeres. La vereda de la calle Vélez Sarsfield está colmada y la fila se extiende por Avenida Alberdi. Llega gente de la marcha, en bicicleta, en colectivos. Dicen que fue multitudinaria. Hay pocos hombres, pero los hay. La fila no avanza y ya es hora, pasa una persona repartiendo las entradas, tomo la mía, pero ya quedan pocas. Se acaban y se escuchan lamentos. Queda gente afuera, pero los animan diciendo que el fin de semana se volverá a proyectar. La sala está enorme, creció, como si supiese lo que está pasando y se preparó para contener tantos cuerpos como pueda. Se agregaron sillas a los costados y se hace difícil circular. Hay muchas charlas simultáneas que convierten al bullicio la voz del cine. Se celebra fuerte la presencia de parte del elenco. La película va a empezar, las conversaciones se van apagando y el silencio espeso de las injusticias que reproduce la pantalla enmudece la sala. Las emociones vuelven con las imágenes de las marchas, una mano busca a otra entre las butacas, se encuentran y se unen en un apretón, se quedan ahí, no se sueltan. La película continua, es el momento de saber la decisión del juez, no se siente ni la respiración, suena un teléfono, Belén rompe en llanto y como un reflejo, en la sala se escuchan sollozos, no es solo el llanto de Belén.
Terminada la proyección el silencio no resiste más, se parte en un estruendo de aplausos y gritos. Hay algo que dice una de las actrices del elenco que me deja pensando: poner el cuerpo, tener el encuentro humano, tener el intercambio extraño que se da entre la pantalla y los cuerpos, en los pasillos, en la puerta del cine. Quizá es eso lo que animó al hombre a buscar un programa para traer a su hija a ver una película, lo que moviliza a los que estudian la alquimia del cine y a los que muestran sus primeros proyectos, a la señora que sorda y con poca movilidad decide sentarse en una butaca, a los directores que buscan sin un peso y con otros trabajos contar una historia, a las mujeres y disidencias darse fuerzas para continuar.