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Queda expuesto el doble juego de Brasil

La revelación de WikiLeaks dejó al descubierto secretos del gobierno de Lula.

Si algo muestran los cables diplomáticos sobre Brasil ventilados por WikiLeaks es el doble discurso del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva respecto a la Venezuela de Hugo Chávez y la relación ambigua de Itamaraty con los otros bolivarianos de la región –léase Bolivia y Ecuador–. Siempre, claro, desde la interpretación y la óptica de los diplomáticos estadounidenses, que es la vara con que se mide (o derrama) el invento de Julian Assange.

Hubo, hasta ahora, varios temas wikileakeados sobre Brasil (paranoia acerca del control de la Amazonia, rechazo a dar refugio a presos de Guantánamo, predilección de la Fuerza Aérea brasileña por los aviones Boeing estadounidenses antes que los franceses Rafale Dassault, preocupación por la presunta infiltración de Hezbolá en la colectividad libanesa de San Pablo, y hasta trivialidades como la incidencia de la belleza de Carla Bruni en el diálogo entre el Planalto y el Elíseo). Todos, hay que decirlo, muy lejos de ser sorpresas de Pandora, siendo, como lo son, meras transcripciones de noticias en su momento publicadas por la prensa brasileña.

Pero la exposición de cables con supuestas confesiones de algunos funcionarios del gobierno de Lula sobre cómo manejarse con el difícil vecino Chávez agrega nuevos matices a la relación brasileño-venezolana. Por un lado, el saliente canciller Celso Amorim –descrito por el ex embajador de Estados Unidos en Brasilia, Clifford Sobel, como un “nacionalista”–, habría dicho en marzo de 2007: “No queremos aislar a Chávez”. Para el canciller brasileño, Chávez “ladra más de lo que muerde”. El funcionario habría agregado que al gobierno de Lula le convenía “guardar distancia de la administración norteamericana para no comprometer la capacidad de trabajar con Venezuela y sus aliados”.

Pero otros dos wikicables dan por tierra con esas premisas brasileñas de “Chávez, mi pobre angelito” y “Brasil, distante de Estados Unidos para poder estar cerca de los bolivarianos”. Uno, de enero de 2008, muestra a Nelson Jobim, ministro de Defensa que continuará en el gobierno de Dilma Rousseff, definiendo a Venezuela como una “nueva amenaza para la estabilidad regional” y considerando “plausible” una incursión militar de Chávez en un país vecino, “dada su imprevisibilidad”.

Claro, según ese cable, Jobim habría sugerido un antídoto para ese mal: la creación del Consejo de Defensa Sudamericano, en el que Brasil llevaría la batuta. Por su parte, Jobim habría considerado que, si bien “Brasil es importante para la estabilidad regional”, no es bueno que se “lo etiquete como líder de la región, porque no es positivo para la resolución de los problemas”.

¿Qué problemas? Chávez, sin duda. Otro cable, de 2005, que en las últimas horas destacaron Le Monde y O Estado de Sao Paulo, muestra al gobierno de Lula alineado con Washington y dispuesto a jugar en la interna política venezolana en contra de Chávez y a favor de la ONG Súmate.

El apoyo a la oposición lo habría ofrecido el gobierno a cambio de, según la versión, la “autorización de Estados Unidos para vender aviones de entrenamiento Supertucano (fabricados por Embraer pero con piezas estadounidenses) a las FF.AA. de Venezuela”. Es conocido el afán de los brasileños por colocar los Supertucano en Sudamérica (hasta hoy, lo han hecho en Ecuador y Chile), y su encono por no obtener el guiño de Washington para hacerlo con Colombia y con Venezuela. Por eso, en 2005, Brasilia habría argumentado que no era necesario el veto porque “en caso de inestabilidad política, la escuadra venezolana quedaría presa en tierra esperando mantenimiento y reposición de piezas, de la misma forma que los norteamericanos hicieron con los F-16 venezolanos”.

El “no” de Estados Unidos a esta venta dejó a Brasilia, y especialmente al Ministerio de Defensa, con la sangre en el ojo: es un secreto a voces que el posterior alineamiento con Francia para la compra de aviones Rafale y submarinos Scorpene, obedece, en parte, a ello. También, a una posición de desconfianza política hacia Estados Unidos, línea defendida por Samuel Pinheiro Guimaraes, número 2 de Itamaraty hasta fines de 2009 y hoy ministro de Asuntos Estratégicos, que según “confiesa” el ministro Jobim en una filtración es el “más antinorteamericano” en el gobierno de Lula.

En cambio, la posición de Marco Aurélio Garcia, asesor especial en Asuntos Exteriores de Lula, no sería tan taxativa. García, un ex guerrillero de diálogo fluido con Chávez y “canciller sherpa” para Latinoamérica, habría aconsejado a fines de 2009 a Arturo Valenzuela, secretario de Estado adjunto para el Hemisferio Occidental, que “fuese a Caracas a taparle la boca a Chávez”, además de destacar la necesidad de que Estados Unidos buscase “un canal directo con el bolivariano”.

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