Opinión

Ringo, no habrá ninguno igual; a 50 años del asesinato de Bonavena

Hace medio siglo mataban a Oscar Natalio Bonavena, el crédito de Parque Patricios que marcó una era cuando mandaba Muhammad Ali y los pesos pesados eran reyes

Gustavo Grazioli / Especial para El Ciudadano

La historia cuenta que surgió del barrio porteño de Parque Patricios, hijo de una lavandera y un conductor de tranvías. Vagabundo, buscavida (repartidor de pizza, empleado de carnicería, picapedrero), peleador. La calle fue el aula magna de su experiencia. Su nombre formal Oscar Natalio Bonavena, pero se lo conoció como “Ringo” por su melena estilo Ringo Starr, histórico baterista de Los Beatles. Se hizo boxeador en el gimnasio del Club Atlético Huracán, fue campeón amateur y descalificado de los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro de 1963 por morderle una tetilla a su contrincante, el estadounidense Lee Carr.

En la órbita profesional peleó contra todos y su reputación de temible dentro de los pesos pesados se agigantó cuando enfrentó a dos de los mayores exponentes del boxeo mundial: Joe Frazier y Muhammad Alí. Al púgil de Filadelfia lo derribó dos veces y estuvo a punto de noquearlo. Y con el de Louisville, la figura más representativa del siglo XX, quien se negó a ir a la guerra de Vietnam y cambió su nombre de Cassius Clay por el de Alí, se trenzó en el Madison Square Garden con un pico de raiting de 79.3. La pelea la perdió, pero en el último round, en el 15 y con una previa cargada de show. “’¡You are a chicken, chicken! ‘¿Why you don’t go to Vietnam?’”, chicaneó Ringo.

La guapeza de Bonavena estuvo a punto de mover los cimientos del boxeo mundial, cuando el ring del Madison tembló con la caída del gigante. Pese la derrota, el de Parque Patricios había hecho historia. Su nombre se consagró a la valentía y fue grito de guerra en una canción de Almafuerte que a fondo blanco expuso sus verdades: A ver muchachos una vez más/ cantemos todos, así escuchan bien/ los trajeaditos que venden perdón/ los tropicales y los cyberstones/ Aguante Bonavena/ Aguante Bonavena.

Ringo fue mediático, pícaro, provocador y hasta marketinero de sus propias peleas antes de que el termino se conozca como tal. Sus bravuconadas en las previas eran el condimento de un show que arriba del cuadrilátero no iba a quedar a mitad de camino. “Afuera, en la calle, soy un negocio que camina. Tengo que ser como soy, porque la gente me quiere así”, decía. En sus puños exhibió la polenta de un soñador que a cada paso dejó una anécdota y la fanfarronería de un luchador sin casete.
“Mido 1,78. Soy todo viveza, menos en los pies. Le doy seis puntos a mi cara, de seis para abajo; tengo diez puntos en picardía; dos puntos en inteligencia; diez puntos en viveza. Ahora, si se suma picardía, inteligencia y viveza, son 22 puntos y esa es la gracia, juntar las tres. Si no las juntas sos un gil”, era su propia definición.

Su ímpetu por la vida y la búsqueda de gloria fue parte de su ascenso y también de su descenso. En ese afán imparable de siempre ir por más, buscó su revancha con Alí y terminó firmando un contrato tramposo a Joe Montano, un promotor portorriqueño que le endulzó la oreja y lo terminó depositando en las manos del mafioso Joe Conforte, dueño del Mustang Ranch, el primer prostíbulo y casino legal de los Estados Unidos, que según describe Cherquis Bialo en una de sus notas, el estilo arquitectónico de este lugar “era colonial mexicano de fuerte influencia prehispánica” y contaba con 54 habitaciones de un lujo cuasi obsceno. “Dentro del edificio con galerías, mayólicas y altos arcos colombinos, vivían las 60 mujeres cuyos servicios «regulares» se pagaban cien dólares por un tiempo no superior a la media hora”.

Ringo se trasladó a Nevada, a cumplir con su contrato y se encontró envuelto en un ambiente de “capomafia” que lo fue alejando cada vez más del cuadrilátero. Su única pelea bajo la tutela de Conforte fue el 26 de febrero de 1976 contra un mediocre Billy Joiner, a quien no le dio ganas de noquearlo y le ganó por puntos. «Esto es un circo, amigo. Alrededor del ring hay mesas con platos de faisanes trufados, champagne, putas hermosas vestidas de gala, millonarios con guardaespaldas, camareras prácticamente en bolas sirviendo, risotadas, todo el mundo fuma habanos, cigarrillos o marihuana… Es una cagada, un desastre, ¿quién puede pelear así? Ah, –recordó azorado– si sobre el ring hacés algo que no les gusta te tiran con comida, con una pata de cordero. Pan y circo, viejo. Yo aquí no peleo más…», le confesó Ringo a su amigo Cherquis en una llamada telefónica de la época, relatada por el fallecido periodista en una de sus habituales notas en Infobae.

Lo cierto es que la desazón de Bonavena por lo que estaba viviendo y encontrarse cada vez más distanciado de una posible revancha con Alí, lo llevó hacia la desesperación y algunas malas decisiones. Por ejemplo, enojarse en el lugar incorrecto y con la gente equivocada. La madrugada del 22 de mayo de 1976 llegó con su auto a Mustang Ranch, se bajó y exigió a sus guardias que lo dejaran entrar para arreglar sus asuntos pendientes de manera directa con Conforte. Ante reiteradas sugerencias de que se fuera, la prepotencia de su humanidad y su guapeza fueron más fuertes, pero no pudo contra la cobardía de las balas disparadas desde un rifle.

Desde lo alto de una torre de seguridad, William Ross Brymer, uno de los guardaespaldas de Conforte, quien tenía un especial rencor por Bonavena, apuntó con su Remington 30-06 y gatilló seis balazos, hasta que una impactó de lleno en el pecho de Ringo, atravesándole el corazón y provocando su muerte de manera instantánea. Paradojas de la vida, mientras su cuerpo se enfriaba en soledad, su amigo Víctor Galíndez en defensa de su corona mundial de peso mediopesado de la AMB, derrotaba al norteamericano Richie Kates en el Rand Stadium de Johannesburgo, Sudáfrica.

“Nevada, burdel, arena/ knock out de balas cobardes/ Nevada, burdel, condena/ cae Ringo Bonavena”, cantan Las Pastillas del Abuelo en la canción Último round del disco El barrio en sus puños, una opera rock dedicada al púgil de Parque Patricios. Recordado con una estatua en una de las tribunas del estadio Tomás Adolfo Ducó y en la canción de la hinchada que recuerda que «Somos del barrio / del barrio de la Quema / somos del barrio de Ringo Bonavena…».

La despedida fue en mayo del ’76 en el mítico Luna Park, el palacio de los deportes, y se estima que pasaron por ahí unas 150 mil personas para ver el cajón cubierto con la bandera nacional y un banderín de Huracán. A 50 años de su muerte – o su asesinato – , el recuerdo de un ícono popular que refleja el vitoreo de un público que todavía corea la canción de Massacre: “pegue Ringo es lo que clama ardida la afición”.

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