Cuatro décadas después de la gran inundación de abril de 1986, el fortalecimiento del fenómeno El Niño vuelve a colocar en el centro de la atención la necesidad de analizar los antecedentes históricos, evaluar las condiciones actuales de las cuencas y sostener los mecanismos de prevención
Inundaciones 1986 en Rosario
Lic. Germán Carbajales | Crónica periodística de investigación
Las inundaciones que afectaron a Rosario durante el siglo XX dejaron registros de daños materiales, evacuaciones, reclamos vecinales y transformaciones en la infraestructura urbana. Los desbordes del arroyo Ludueña, en particular, marcaron la historia de los barrios del norte y noroeste de la ciudad, dando lugar a demandas que impulsaron estudios y obras hidráulicas. Cuatro décadas después de la gran inundación de abril de 1986, el fortalecimiento del fenómeno El Niño vuelve a colocar en el centro de la atención la necesidad de analizar los antecedentes históricos, evaluar las condiciones actuales de las cuencas y sostener los mecanismos de prevención.
El 8 de octubre de 2026, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó que El Niño continuaba fortaleciéndose y que se esperaba que alcanzara su punto máximo alrededor de diciembre. El organismo también identificó una mayor probabilidad de precipitaciones superiores a los valores habituales en el sudeste de América del Sur durante el período octubre-diciembre. En su comunicado, señaló que existía una probabilidad cercana al 100 % de que el episodio persistiera hasta febrero de 2027. Estas previsiones describen tendencias climáticas regionales y no constituyen un pronóstico que indique inundaciones automáticas para Rosario. (Fuente: OMM, 8 de octubre de 2026).
El escenario requiere distinguir entre tres procesos que pueden relacionarse, pero que no son equivalentes:
Las inundaciones ocasionadas por desbordes de arroyos.
Los anegamientos urbanos asociados con lluvias intensas.
Las crecidas del río Paraná.
Cada uno responde a condiciones hidrológicas y territoriales específicas y demanda información diferenciada para evaluar su evolución.
En Rosario, el antecedente del arroyo Ludueña ofrece una perspectiva histórica para comprender cómo las precipitaciones, las características de las cuencas, la expansión urbana y las condiciones de la infraestructura pueden combinarse para generar situaciones de riesgo. Los registros históricos no permiten anticipar por sí solos qué ocurrirá durante el actual episodio de El Niño, pero sí contribuyen a identificar problemas persistentes y a comprender por qué el monitoreo y la planificación resultan fundamentales.
La relación entre Rosario y sus arroyos quedó documentada en una investigación académica publicada por Pablo Suárez Leonardi, investigador vinculado al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y al Instituto de Investigaciones Socio-Históricas Regionales (ISHIR), dependiente del CONICET y la Universidad Nacional de Rosario (UNR).
El artículo, titulado “Chirleados por el Ludueña”. Las inundaciones urbanas en Rosario durante la década infame (1931-1940), reconstruye cuatro episodios de desbordes ocurridos en 1931, 1933, 1938 y 1940 a partir de la prensa de la época. El trabajo analiza sus consecuencias sobre los barrios del norte, las respuestas de los organismos públicos y las discusiones que surgieron en torno a las obras necesarias para reducir los daños.
La investigación sitúa estos acontecimientos en un proceso de expansión urbana que modificó el uso del territorio y ocupó sectores próximos a los cursos de agua. El crecimiento de Rosario durante las primeras décadas del siglo XX estuvo acompañado por la urbanización de áreas que presentaban condiciones de vulnerabilidad ante las crecidas. En ese contexto, los desbordes no dependían exclusivamente de las precipitaciones: también incidían la localización de las viviendas, la disponibilidad de infraestructura y las decisiones relativas al uso del suelo.
El arroyo Ludueña nace al oeste de Rosario y desemboca en el río Paraná. Su cuenca abarca aproximadamente 700 kilómetros cuadrados, según los datos técnicos citados en el trabajo académico. La diferencia entre su caudal habitual y los valores que puede alcanzar durante las crecidas ayuda a explicar la importancia de estudiar su comportamiento hidrológico y las condiciones de escurrimiento de toda la cuenca.
El estudio señala que la urbanización de las áreas próximas al arroyo incrementó los problemas asociados con las inundaciones. También describe cómo los episodios reiterados impulsaron intervenciones estatales, asistencia a las familias damnificadas y propuestas para modificar el cauce o mejorar la conducción del agua.
Uno de los antecedentes relevantes es la decisión de avanzar con el entubamiento del arroyo, cuya obra se completó en 1942. Sin embargo, el crecimiento urbano y la repetición de inundaciones posteriores pusieron de manifiesto los límites de las soluciones existentes. La infraestructura debía evaluarse en relación con las transformaciones de la cuenca y no como una respuesta definitiva e independiente de los cambios territoriales.
El artículo también advierte que la historia de las inundaciones urbanas de Rosario no se limita al Ludueña: el arroyo Saladillo y los problemas de drenaje en sectores bajos de la ciudad forman parte de un escenario más amplio en el que confluyen factores ambientales, urbanos y sociales.
Fuente académica:
Suárez Leonardi, Pablo (2026). “Chirleados por el Ludueña”. Las inundaciones urbanas en Rosario durante la década infame (1931-1940). Cuadernos del CIESAL, vol. 1, n.º 25, pp. 1-28.
El período del 23 al 26 de abril de 1986 constituye uno de los momentos más recordados en la historia de las inundaciones de Rosario. El desborde del arroyo Ludueña afectó especialmente a Empalme Graneros y alcanzó también a Arroyito, Fisherton, Alberdi y otros sectores de la ciudad.
Las reconstrucciones periodísticas publicadas décadas después coinciden en describir una emergencia de grandes dimensiones. Una nota de La Capital del 30 de abril de 2022 señala que durante el episodio cayeron más de 160 milímetros de lluvia, que en algunos sectores el agua llegó a cerca de dos metros de altura y que alrededor de 80 000 personas resultaron afectadas. La misma publicación menciona unas 20 000 viviendas arruinadas.
Esas cantidades deben atribuirse a la reconstrucción periodística y no presentarse como un balance oficial definitivo. Para establecer con precisión las precipitaciones, el número de personas damnificadas y los daños materiales, sería necesario localizar los registros meteorológicos y los informes administrativos elaborados durante la emergencia.
Las crónicas describen calles completamente anegadas y familias que intentaron proteger sus pertenencias mediante bolsas de arena, muebles elevados sobre tacos de madera y electrodomésticos colocados en lugares altos. Algunos habitantes tuvieron que abandonar sus casas; otros buscaron refugio en techos y terraplenes ferroviarios.
En una reconstrucción publicada por La Capital el 24 de abril de 2026, la periodista Carina Bazzoni recuperó el testimonio de Osvaldo Ortolani, quien tenía 26 años durante la inundación y vivía con sus padres en Juan José Paso al 2500. Ortolani recordó que el agua comenzó a avanzar durante la madrugada y ocupó rápidamente la calle de vereda a vereda.
Su relato también aporta un elemento importante para comprender la dinámica del episodio: según su reconstrucción, las lluvias intensas se habían producido en la cuenca superior del Ludueña y la crecida llegó posteriormente a la parte baja. Esta secuencia ilustra por qué el análisis de una inundación debe considerar lo ocurrido en toda la cuenca y no solamente las precipitaciones registradas dentro de la ciudad.
Las fuentes retrospectivas no coinciden completamente en la fecha exacta del desborde principal. Algunas describen el período comprendido entre el 23 y el 26 de abril; otras sitúan el comienzo de la inundación en la madrugada del 24 o destacan el 26 de abril como fecha conmemorativa. La cronología definitiva requiere cotejar las ediciones originales de los diarios y los registros oficiales de la época.
Tampoco debe confundirse el número de personas afectadas con la cantidad de evacuados. La nota de 2026 señala que el estadio de Rosario Central funcionó como centro de recepción y alojó a 15 000 personas. Este dato corresponde a una referencia específica sobre la asistencia durante la emergencia y no equivale al total de damnificados.
Fuentes periodísticas:
La Capital (30 de abril de 2022): “Una inundación que transformó la vida de un barrio y su gente”.
La Capital (24 de abril de 2026): “Empalme Graneros recuerda los 40 años de su última gran inundación”.
La inundación de 1986 no solo dejó daños materiales y pérdidas en las viviendas, sino que también impulsó una forma de organización comunitaria orientada a exigir soluciones estructurales.
NU.MA.IN., sigla de “Nunca Más Inundaciones”, surgió de la movilización de los vecinos de Empalme Graneros. La experiencia de las familias afectadas puso en evidencia que la asistencia inmediata, aunque necesaria, no resolvía las causas que favorecían la repetición de los desbordes.
Las reconstrucciones de La Capital describen reuniones vecinales, reclamos ante autoridades municipales y provinciales y la búsqueda de asesoramiento técnico para comprender el funcionamiento de la cuenca. Los vecinos comenzaron a participar activamente en las discusiones sobre caudales, velocidades de escurrimiento y alternativas de infraestructura.
La publicación de 2026 recoge el recuerdo de Ortolani acerca de ese cambio de perspectiva: frente a las inundaciones anteriores, el objetivo había sido reparar las viviendas después de cada crecida; a partir de 1986, la organización comenzó a concentrar sus esfuerzos en impulsar obras para evitar que los episodios se repitieran.
La Vecinal Empalme Graneros también conserva la memoria de la asamblea popular que dio origen a la organización. En sus publicaciones conmemorativas aparecen referencias a una concurrencia de miles de personas, aunque la cantidad exacta debe atribuirse a esa fuente vecinal mientras no se contraste con documentación contemporánea.
La historia de NU.MA.IN. resulta relevante porque muestra que la gestión del riesgo hídrico incluye una dimensión social y política. La organización comunitaria permitió mantener el problema en la agenda pública y promover el seguimiento de las obras durante los años posteriores.
Fuentes:
Vecinal Empalme Graneros: “NU.MA.IN. Nunca más inundaciones”.
Vecinal Empalme Graneros: “A 33 años de la última inundación”.
La construcción de infraestructura para regular las crecidas del Ludueña fue una de las principales respuestas al desastre de 1986. Entre las intervenciones mencionadas en las fuentes se encuentran la presa retardadora de crecidas y los conductos aliviadores que forman parte del sistema hidráulico de la cuenca.
La presa, ubicada en el entorno de Funes, fue una de las obras centrales de esa estrategia. Las reconstrucciones periodísticas sitúan la finalización de su construcción en diciembre de 1995, aunque la fecha exacta de puesta en funcionamiento debe corroborarse mediante documentación técnica oficial. Su finalidad es retener temporalmente parte del agua durante una crecida y regular su descarga, con el propósito de reducir el pico de caudal que circula aguas abajo. La obra debe entenderse como un componente de un sistema más amplio y no como una garantía absoluta contra cualquier inundación.
Las fuentes también identifican los aliviadores II y III, junto con otros conductos, entre las intervenciones realizadas para mejorar la conducción del agua. Una publicación de La Capital de 2016 describe el Aliviador III como un conducto de más de dos kilómetros destinado a derivar parte del caudal del Ludueña hacia el Paraná cuando se superan determinados umbrales.
Estas obras modificaron las condiciones de funcionamiento de la cuenca y constituyen antecedentes fundamentales para evaluar la infraestructura disponible. No obstante, la eficacia del sistema debe analizarse junto con las condiciones actuales de urbanización, la impermeabilización del suelo, el mantenimiento de los desagües y las posibles limitaciones de la infraestructura frente a distintos escenarios hidrológicos.
La propia memoria vecinal de Empalme Graneros mantiene abiertos los reclamos por nuevas obras. En la nota publicada en 2026, Ortolani advierte sobre los problemas asociados con nuevas urbanizaciones y sostiene que todavía son necesarias intervenciones adicionales para mejorar el saneamiento de la cuenca. Esa afirmación corresponde al testimonio del referente vecinal y debería complementarse con estudios hidráulicos actualizados antes de cuantificar las obras faltantes o determinar sus efectos.
Fuentes complementarias:
La historia de las inundaciones urbanas de Rosario no debe reducirse al arroyo Ludueña. La ciudad se encuentra a orillas del Paraná y necesita considerar tanto la evolución de sus niveles y caudales como el comportamiento de los cursos de agua menores y del drenaje urbano.
El nivel del río registrado en la estación Rosario permite conocer una condición hidrométrica en un momento determinado. Sin embargo, una medición aislada no basta para establecer si se aproxima una crecida ni para determinar sus posibles consecuencias. Para ello deben examinarse las tendencias de los niveles, la velocidad de variación, los aportes de los tributarios, las precipitaciones en distintos sectores de la cuenca y los pronósticos hidrológicos disponibles.
Entre las herramientas de consulta se encuentra el Centro de Informaciones Meteorológicas (CIM) de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas (FICH) de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), que ofrece información sobre alturas hidrométricas. También resultan relevantes los informes del Instituto Nacional del Agua (INA) y del Observatorio Hidrológico Nacional, según la disponibilidad de sus publicaciones y estaciones de medición. En el caso de Rosario, estos registros deben complementarse con las alertas y los pronósticos del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), que permiten evaluar la evolución de las condiciones meteorológicas a corto plazo.
Es importante distinguir el alcance de cada fuente: los pronósticos climáticos estacionales describen probabilidades para períodos de varios meses; las alertas meteorológicas se refieren a situaciones de riesgo previstas para plazos más inmediatos; y los registros hidrológicos describen el comportamiento observado de los cursos de agua. Su integración permite construir una evaluación más completa, aunque ninguna de estas herramientas, por separado, determina automáticamente que se producirá una inundación en la ciudad.
El comunicado de la OMM del 8 de octubre de 2026 señala que El Niño continuará fortaleciéndose durante el último trimestre del año y que se espera que alcance su punto máximo alrededor de diciembre. El pronóstico estacional identifica una mayor probabilidad de precipitaciones superiores a los valores habituales en el sudeste de América del Sur para octubre, noviembre y diciembre.
La misma publicación advierte que las proyecciones estacionales describen tendencias regionales y no reemplazan los pronósticos nacionales y locales. Por lo tanto, no es posible deducir de la presencia de El Niño una fecha de inundación, una cantidad exacta de milímetros de lluvia para Rosario ni una determinada altura futura del río Paraná.
Para el período comprendido entre octubre de 2026 y febrero de 2027, la evaluación debe actualizarse a medida que se publiquen nuevos informes oficiales. En particular, será necesario observar si se mantienen las tendencias estacionales previstas, qué precipitaciones se registran efectivamente, cómo evolucionan los niveles del Paraná y del Ludueña, y qué condiciones presentan los sistemas de drenaje urbano.
El antecedente de 1986 aporta una enseñanza específica: las lluvias registradas en la parte superior de una cuenca pueden repercutir posteriormente en sectores urbanos situados aguas abajo. Esa relación hidrológica justifica el seguimiento territorial y temporal de las precipitaciones, pero no permite equiparar automáticamente la situación de 1986 con el escenario climático de 2026.
Tampoco corresponde atribuir a El Niño todos los anegamientos que puedan producirse durante el período. Las lluvias intensas, las crecidas y los problemas de drenaje pueden responder a múltiples factores, y su evaluación requiere analizar las condiciones concretas de cada episodio.
Frente a este escenario, la Dirección General de Gestión de Riesgos y Protección Civil de la Municipalidad de Rosario mantiene el seguimiento de las condiciones meteorológicas y de las situaciones que puedan representar riesgos para la población. El trabajo preventivo incluye la evaluación de información oficial, la recepción de reclamos, la verificación de situaciones en territorio y la coordinación de las intervenciones que correspondan.
La Central de Emergencias 103 recibe llamados durante las 24 horas. La información aportada por los vecinos permite registrar situaciones que requieren evaluación y orientar la intervención de los equipos municipales. Los verificadores concurren a los lugares señalados para constatar las condiciones y transmitir información actualizada, mientras que el personal operativo desarrolla las tareas necesarias según las características y la urgencia de cada caso.
Este mecanismo permite vincular la información recibida por los canales de emergencia con la verificación territorial y la respuesta operativa. Su funcionamiento resulta relevante frente a diferentes contingencias, entre ellas los anegamientos, los riesgos asociados con árboles o ramas, y los cables o columnas comprometidos en la vía pública.
La tarea preventiva no depende exclusivamente de la respuesta durante una emergencia: también requiere mantener actualizada la información y fomentar la concientización comunitaria, de modo que toda la ciudadanía pueda formar parte activa de los planes de contingencia frente a este fenómeno climático.
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