
“Causa Zacarías, Delfín David”. Detrás del mostrador de la mesa de entradas del Juzgado Federal Nº 3, en el subsuelo del edificio de bulevar Oroño 940, se apilan cajas y carpetas con este rótulo. En las etiquetas también está impreso un número de causa y se hace referencia a una ley, la 23.737, que pena la tenencia y tráfico de estupefacientes. Es que el jueves 5 de septiembre pasado, Zacarías cayó preso en medio de un resonante operativo en una casa de Funes durante el cual se secuestraron 300 kilos de cocaína y precursores químicos. Zacarías está preso en la Alcaidía Mayor. Vestido con una chomba a rayas, es escoltado desde el Pabellón A, donde desde hace diez días convive con otros internos del penal, hasta una oficina en la cual se ofrece a responder todas las preguntas que se le realicen.
Si hay algo a lo que Zacarías hace referencia a lo largo de las casi dos horas de entrevista, es a la normalidad. Cuando describe su vida, cuando habla de su familia, o cuando cuenta (y saca cuentas) de sus emprendimientos económicos y la ganancia que le dejan. “Soy un ser humano normal, como cualquier persona”, dice. Zacarías no esquiva preguntas. Incluso las que más lo incomodan (aunque no se muestra incómodo) tienen en su discurso respuestas que de alguna manera encajan con el resto de su relato. “Acá son muchas las casualidades”, sostiene, y enumera: “Que estoy en la primera plana de los diarios, que tengo antecedentes, que estoy haciendo un complejo que los medios dicen que es millonario, que me sigue un auto que después me tumba. ¿Cómo puedo enmarcar esas casualidades?”.
Los antecedentes de los que habla remiten al año 2000, cuando fue condenado a cuatro años de prisión que lo llevaron a cárceles federales de la provincia de Buenos Aires y, por último, a La Redonda, penal que se levanta en Zeballos y Riccheri, en Rosario. Fue allí donde su pluma volcó al papel algunas poesías que fueron publicadas junto a las de otros internos de ese centro de reclusión. Cuando recuperó la libertad, dice, ya no le quedó tiempo para escribir, porque el trabajo comenzó a consumirle todo. Ahora que la Justicia volvió a llevarlo tras las rejas, Zacarías regresó a los papeles, pero no para crear arte con palabras sino para contar su versión de toda esta historia, o para hacer pública su coartada. Según como se lo mire.
Zacarías habla de alguna especie de engaño. Dice no tener ningún tipo de vinculación con la casa de Las Achiras al 2500, en Funes, donde cayó preso junto a su mujer, Sandra M., y donde además se secuestraron 300 kilos de cocaína (entre pasta base y clorhidrato), 69 bidones de precursores químicos y otros elementos que daban cuenta de que allí funcionaba una cocina de drogas. Como ya lo había hecho en una carta que acercó a la prensa, Zacarías vuelve a contar, aunque esta vez con muchos más detalles, por qué se encontraba en ese momento y en ese lugar. Dice que estaba haciendo un flete, que un cliente le había encargado que trasladara 2.000 litros de solvente repartidos en bidones desde Buenos Aires hasta la casa de Las Achiras. Que ya había entregado parte de la carga el día anterior pero que, como la camioneta le había quedado chica, tuvo que regresar ese jueves temprano por la mañana a Buenos Aires para trasladar lo que le restaba. Lo hizo con su mujer, en dos vehículos.
Dice que la detención se concretó cuando ya había entregado la carga y arreglaba el cobro de los 15 mil pesos que le había presupuestado a su cliente por el trabajo. El solvente no era solvente, son precursores químicos, pero, sostiene, él nunca lo supo. Zacarías resalta un detalle: dice que cuando llegó la Policía vio un Volkswagen Polo que días atrás lo había estado siguiendo. Que por eso presentó un habeas corpus en la Justicia federal, porque pensó que iba a asaltarlo. Aclara que lo presentó allí, y no en los Tribunales provinciales porque así se lo recomendó su abogado.
“La vida de Zacarías es la vida de un tipo normal, que trabaja, que sale a rebuscarse la vida en la calle. Si hay que trillar cuatro hectáreas, consigo una trilladora y lo hago. Voy a las empresas buscando trabajo. Presento carpetas, busco trabajo para la remisería, para la obra, para lo que sea. Si tengo que hacer un trabajo lo hago”, proclama.
Hace 48 años, Delfín David Zacarías nació en Rosario, pero al poco tiempo sus padres, ayudados por sus abuelos, compraron una casa en Fray Luis Beltrán (departamento San Lorenzo) que ampliaron con la ayuda de un crédito estatal. Entonces, él y sus siete hermanos se trasladaron a esa localidad del cordón industrial. Su madre se dedicó siempre a las tareas del hogar. Su papá era empleado en una fábrica.
Zacarías tiene el secundario completo y alguna vez tuvo el sueño de convertirse en abogado, pero sólo pudo cursar el primer año de la carrera de Derecho antes de abandonarla. “No tuve tiempo. Siempre tuve que trabajar”, dice, y recuerda que su primer empleo lo tuvo a los 20 años como “carpintero de obras”. Después, cuenta, pasó por otras actividades, como comprar autos para reparar y revender. “Cuando uno aspira a tener una casa, una familia, no se queda con el trabajito que tiene”, se define.
Está sindicado de ser uno de los principales distribuidores de drogas en Rosario y el cordón industrial y, sin embargo, dice que desde hace 20 años vive en una misma casa, sin grandes lujos, en calle Chaco de Granadero Baigorria. Allí crió a dos hijos –Flavia y Joel, hoy detenidos– y ahora vive sólo con su mujer, con quien lleva adelante la remisería Frecuencia Urbana.
Haciendo números rápido, dice que este emprendimiento le deja unos 300 mil pesos anuales (entre 15 autos propios y la frecuencia de radiollamada en la que se suman unos 40 vehículos de terceros). Que con eso financió la obra que lleva seis años de ejecución en San Lorenzo y las “treinta y pico” de cocheras que dice hacer comprado en 2008 a 15 mil pesos cada una. Con eso y con lo que ganó apostando en casinos y jugando en torneos de póker en Uruguay. “Tuve algunos golpes de suerte y te puedo demostrar con papeles que he ganado más de un millón de pesos en el City Center. Me gusta jugar al póker. Yo tengo muchas salidas del país a Uruguay. Todas esas salidas coinciden con las fechas de los torneos de póker. Hace muchos años que lo hago. Es un cable a tierra”, describió Delfín, quien acotó: “A estos últimos torneos fui invitado y no pago un centavo”.
Es con ese dinero con el que, según cuenta, compró un auto valuado en unos 400 mil pesos: un Audi TT. “Sí, sí, es verdad que compré ese auto, pero en los papeles está todo demostrado: cómo lo compré, cómo no lo compré. Todos tenemos un sueñito. El mío fue tener ese auto. Cuando lo tuve me duró poco el sueño, porque lo cambié por trabajo. Yo le vendo el auto al mecánico de la vuelta de mi casa (Edgardo R., también detenido), que no me lo terminó de pagar. Me lo va a pagar con trabajo en la obra (de San Lorenzo), donde va a hacer todo lo que es inyección electrónica y todo lo que es electricidad. Fue en el 2012 que se lo vendí”, relató.
“No tuve problema en desprendérmelo, porque me quedaba grande. Yo tuve un sueño, mi mujer me quiso dar un gusto para mi cumpleaños, tenía mucha plata ahorrada, y con eso lo compró”, recuerda, sin ponerse nervioso.
“La opinión pública arruinó a mi familia. Me hicieron mal porque se escucha una sola voz. Yo sé que después de esto me voy a tener que ir a vivir a Hong Kong y aprender a hablar mandarín, pero hoy lo primero es mi familia”, dice Zacarías antes de volver a ser trasladado al interior del penal y del Pabellón A, el evangelista, donde pasa los días con su hijo y su cuñado.
