Espectáculos

Tomás Quintín Palma: “Siento que vengo a Rosario, porque ahora la obra daña de una manera que no duele tanto”

El actor y comunicador local, radicado en Buenos Aires, habla de “La violencia de la ternura”, un biodrama con recortes de teatro documental donde comparte escena con su padre, el artista rosarino Marcelo Palma, que el 15 de mayo se presenta en El Círculo 

Miguel Passarini

La patria de la infancia define una forma de ver y de percibir el mundo que, muchas veces, el paso del tiempo termina por confirmar. Tomando esos momentos como disparador, pero dejando en claro que lo bueno y lo malo forman parte de un todo, hace unos años, el escritor, guionista, conductor y actor rosarino, radicado en Buenos Aires, Tomás Quintín Palma, apelando a las formas del biodrama y el teatro documental, llevó a escena lo que llamó La violencia de la ternura, donde además de encerrar una contradicción, la de un oxímoron (una “violencia tierna”, una “ternura violenta”), conviven ese pasado con el artista que es hoy, con un gran reconocimiento y popularidad y una carrera muy diversa y sin techo a la vista.

Sin embargo, debieron pasar unos cuantos años, casi una década, hasta que Tomás sintió que ya era hora de traer su obra a Rosario (se presenta el 15 de mayo en El Círculo), un material en el que ahora comparte escenario con su padre, el clown y maestro rosarino Marcelo Palma, y donde desnuda aquella vida en una casa de payasos, dado que la obra cuenta y revitaliza un historia profundamente local que él, mágicamente, logró volver universal.

La risa como mandato

En la obra convive la infancia de Quintín dentro de esa familia de payasos, donde la risa era trabajo, mandato y forma de vida. “Un universo de pelucas, títeres gigantes de goma espuma y escenarios precarios, donde hacer reír era prioridad y todo era una payasada permanente, sin lugar para hablar en serio. Porque no todo lo que provoca risa es liviano. Y, como deja entrever esta obra, un padre payaso puede «cagarte la vida»”, plantea.

De hecho, en esta presentación, la obra suma un momento incómodo y profundamente dramático꞉ la presencia en escena de su padre, Marcelo Quintín Palma, destacado referente de las escénicas locales, atravesando junto a su hijo la misma historia. “Un cruce real donde, sobre el escenario, se expone todo lo que durante años se sostuvo en silencio”, aclara.

En ese mundo aparecen figuras clave del espectáculo rosarino como Piripincho o Tito y Pelusa, nombres de clowns que forman parte de la historia familiar y del imaginario rosarino, “y que emergen en el relato como símbolos de una herencia tan afectiva como compleja”, dice Quintín.

Con música en vivo y un lenguaje que combina lo poético, lo grotesco y lo confesional, La violencia de la ternura se consolidó como un de las propuestas más interesantes, por lo disruptiva, de la escena teatral actual.

Tragedia más tiempo es comedia

“Esto es todo muy especial, creo que es como un homenaje; mi papá hace en el escenario una rutina que hacía en el Parque Urquiza, a la gorra, en los años 80. Pasaron 40 años y ahora la va a hacer en El Círculo. Es todo muy loco: empecé con esta obra hace más de ocho años en Microteatro, duraba quince minutos. Había encontrado unas fotos y unos videos y sentí que ahí había algo; eran imágenes de mi familia de payasos rosarina donde hay algunos que son muy conocidos, como Piripincho o Tito y Pelusa, que trabajaron con mi papá (Marcelo Palma, hoy parte de la obra) o trabajaron con mi mamá (Susana Kreig). Tuve la sensación que se trataba además de un material que habla de un momento de la historia de la ciudad, un contexto que existió. Juegan las preguntas acerca de si es mentira o es verdad y allí se arma una especie de documento histórico de esa parte de Rosario”, expresó Tomás Quintín Palma acerca de una propuesta cuyo staff se completa con la dirección de Guillermo Toto Castiñeiras (por una década, figura del Cirque du Soleil), música en vivo de Pablo Medina, producción ejecutiva y comunicación de Studio23 y producción general de Nicolás Petrich, junto Alma Pereda, Juan Pablo Carbonetti y Cristian Stamponi, diseño de Luis Imhoff y fotografía de Juan Jáuregui.

“Refutadores de leyendas”

“Yo he contado esta historia en Buenos Aires, en Córdoba, en Tucumán o en Mendoza, incluso en Santa Fe, y no podían creer que existiera esto; es como una parte de nuestra fauna, de nuestros famosos, son nuestros payasos, algo que es muy rosarino y muy difícil de explicar. Y cada público flasheaba a su manera: por lo gracioso o por la historia loca de una familia de payasos. En cambio acá, en Rosario, los conocen; por eso yo no la quería hacer acá. Es documental pero también hay ficción, entonces algunos podrán decir que lo que se cuenta no es así, que estoy mintiendo. Van a estar los que (Alejandro) Dolina llama «refutadores de leyendas». Me tensaba mucho hacer esta obra en Rosario, me faltaba probar cosas, encontrar los límites. Siento que vengo a Rosario porque ahora la obra daña de una manera que no duele tanto. Siento que lastima bien. Con el paso de los años, el material mismo te dice qué sirve y qué no”, reflexionó.

Y continuó: “Tengo en la obra un audio de WhatsApp de mi mamá, que vive en Egipto. En la obra yo odio a mi familia de payasos, me dan vergüenza, quiero un padre que tenga las medias del mismo color y que, por ejemplo, sea abogado. Volviendo al audio, cuando los padres se separan, por lo general, hablan de quién se queda con la casa o con el auto. En el audio, mi mamá nos pide a mi hermano (el también actor Nicolás Palma) y a mí si podemos interceder porque mi papá no larga unos títeres que ella necesita y los nombra, pero es un audio muy dramático, ella los necesita para trabajar. Sin embargo, eso tan dramático se vuelve algo muy gracioso. Y ése es un poco el tono de La violencia de la ternura”.

El material se ciñe a un relato definido aunque por momentos se abre al aquí y ahora que siempre supone el teatro, donde los recuerdos fluyen como un río y Tomás se propone navegar en él. “Lo que pasa con los recuerdos en la obra es que son nuevos todo el tiempo. Son los mismos, en realidad, pero como nosotros vamos cambiando, también cambia el sentido. En el presente, esos recuerdos generan otras cosas, eso pasa todo el tiempo en la obra: con los chistes, las anécdotas y hasta con las situaciones difíciles. Un mismo hecho fue modificando las emociones que genera: pasó de dar vergüenza, a emocionarnos o a darnos miedo, rencor e incluso a no tener sentido”, planteó.

En el mismo recorrido, la obra se vuelve reivindicatoria para un teatro alternativo de la ciudad cuya historia, o al menos fragmentos de ella, desembarcarán en el primer coliseo de la ciudad, un teatro hegemónico y para mil quinientos espectadores como es El Círculo, claramente, un lugar al que eso teatro no accedía ni antes ni ahora.

“Siento que los estoy honrando, es una celebración, yo soy ellos, yo vengo de ahí y vamos a estar en un teatro con acomodadores y programa de mano. Mis viejos tenían un grupo de teatro que se llamaba Chemiguitos con el que hacían funciones por todos lados y todos esos objetos después estaban en mi casa y hoy ocupan dos habitaciones de la casa que tenemos en Rosario. Para algunos podrán ser objetos inútiles y que habría que tirarlos; para nosotros son los que sostienen emocionalmente esa historia familiar y a mi papá. Todos esos objetos serán parte de la escenografía de la obra, incluso la puerta de mi vieja habitación, que la recuperé porque aquella casa se vendió, que tiene todas las calcos originales; con todo eso, estamos poniendo el corazón en el escenario”, evocó.

Un reencuentro

Con el paso del tiempo, el hallazgo de esos materiales que dispararon la primera versión de la obra para Microteatro, en su tránsito, búsqueda y crecimiento, terminaron por reconciliarlo con su propia historia.

“Es así, hacer la obra es como un reencuentro y seguramente falta que decanten cosas; nunca pensé que volvería a subirme a un escenario con mi papá; fue recién algo que apareció el año pasado. Pero hace casi diez años, cuando esto apareció, yo estaba muy enojado con mi familia y sus dinámicas. Ahora siento que apareció la actuación: actúo el enojo o el resentimiento e incluso la idea de una posible venganza. Ahora la estamos disfrutando, es un juego total, cambiaron todas las emociones y se volvió una gran fantasía. Tengo que conectar con esa infancia y adolescencia, con un Renault 12 llenó de títeres con el que me llevaba mi papá a la escuela y yo le pedía que me deje a una cuadra porque me daba vergüenza y hoy ese auto se sube al escenario. Hoy todo lo que sube al escenario es aquello que yo no quería mostrarle a nadie. Tampoco es un reality show o un streaming; es la realidad pero está llevada a un lugar de belleza que tampoco es la vida real, porque hay poesía, hay fantasía, es teatro, no es contar una anécdota sino que es algo que no se puede explicar”, analizó conmovido.

Respecto de una violencia que en el mundo, al borde de una nueva guerra mundial, se respira en el aire, y de esa palabra en el título de la obra, el artista cuestionó: “En estos ocho años el mundo cambió muchísimo; en realidad en la obra la violencia no existe, es pura ternura, más allá de que en un video aparezco yo siendo un niño y con un revolver de juguete «mato» a toda mi familia. Pero estamos jugando, es un juego; la violencia está sublimada, canalizada, expuesta y exorcizada, compartida, aceptada y tolerada. Es honrar a Rosario, mi casa de la infancia, a mis amigos, es una fiesta”.

Rosario, un semillero

Finalmente, Quintín habló de Rosario como una ciudad que si bien permite trascender, en algún momento sus artistas encuentran un techo y Buenos Aires se vuelve el destino irremediable: “Es un poco así, pero los rosarinos que estamos en Buenos Aires estamos en contacto, nos ayudamos, es como que somos del mismo club. Creo que no me hubiese ido a Buenos Aires si me dedicaba a otra cosa, para mí Rosario es la mejor ciudad del mundo y me encantaría vivir acá. Siento que exportamos talentos, no les damos las herramientas para que se queden, pero Rosario es un semillero. Acá el privado no apoya, quizás la gente no avale demasiado la cultura propia, no sé… Yo no hubiera hecho un Teatro El Círculo si me quedaba en Rosario y después hay un consumo de los medios porteños y también algo que para cierto sector del público, estar en Buenos Aires, supone una legitimidad. Un poco eso de «si le dieron bola en Buenos Aires, entonces debe ser bueno». Pero yo me siento siempre un rosarino, es como un perfil, con lo bueno y con lo malo. En Rosario, en cinco minutos, te juntas con diez amigos y eso no lo tenés más, eso es bárbaro. Y también, todos cogimos con todos, pero ese es otro tema”.

Para agendar

La violencia de la ternura, de Tomás Quintín Palma, obra declarada de Interés por la Cámara de Diputados de la provincia de Santa Fe, se presentará en el Teatro El Círculo de Rosario (Laprida y Mendoza), el viernes 15 de mayo, a las 21. Las entradas están a la venta en la boletería de la sala en horarios habituales o bien de forma online ACÁ.

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