Una crónica falsa que se iba a llamar «La ciudad que se suicida»

El autor describe en modo ficción la desaparición del Centro de Asistencia al Suicida que funcionaba en el Hospital Centenario que contaba con una efectiva metodología para tratar a personas en ese riesgo

Marcos Mizzi / Especial para El Ciudadano

Estábamos pensando en hacer una crónica falsa.

La historia iba a empezar en el restorán chino que está por calle Santa Fe, enfrente de la Terminal. Se aclaraba que eran las 11 de la noche de un martes inusualmente frío, y se describía la atmósfera del local. Las imágenes nos trasladaban a una especie de fumadero de opio del siglo 19: calefacción alta, luces bajas, murmullo indefinido, olores exóticos.

Muchos rojos y bordós, muchos dorados desteñidos. Todo abarrotado de gente. El dueño, un chino de bigotitos, estaba cruzado de brazos atrás de la barra. En una mesa, había una pareja de peruanos comiendo arroz chaufa con lentitud, sin mirarse. En otra, un vendedor de medias, con los paquetes en la silla de enfrente, roía una pata de pollo y miraba una película de acción que, en mute, se proyectaba en la televisión del lugar. Sentados a sus espaldas, estaban el narrador con un amigo.

No sabemos (nunca vamos a saber) de qué hablaban. Seguramente de política, porque en un momento uno de ellos decía:

—Este país es una trampa, si te importa demasiado te arruina.

Entonces, sin darse vuelta, el vendedor les decía:

—Ya lo creo.

El narrador le preguntaba a qué se refería, y él, con la pata de pollo todavía en la mano, les pedía permiso para unírseles.

Centro de atención al suicida

Hechas las presentaciones, la cosa es que el tipo contaba que no siempre había sido vendedor de medias. Antes había trabajado en el Centro de Atención al Suicida.

A partir de esta introducción, en el relato se irían intercalando distintas cuestiones relacionadas al eje de la crónica: métodos, estadísticas, rutinas, y casos puntuales contados con lujo de detalles.

Mediante el testimonio del vendedor de medias nos trasladábamos en el tiempo y el espacio. Íbamos, por ejemplo, a una pieza oscura de pensión, donde veíamos a una mujer. Sostenía una cuerda entre sus manos, mientras dudaba.

También llegábamos a una casa de familia bien: un adolescente disca un número con intención de hacer una broma, y termina confesando una angustia íntima. Veíamos rostros desaparecer en la nada de la que venían, veíamos aumentar abruptamente la línea del índice de muertes por mano propia en 2001, veíamos a gente diciendo de eso no se habla.

Veíamos exorcismos laicos del otro lado de la línea. Veíamos miedo, perplejidad. Rencor. Impotencia. Veíamos a un anónimo grupo de aristócratas del dolor intentando, por teléfono, renunciar a su herencia.

Encontrar la muerte

En otro momento, veíamos un fonavi de zona oeste. Eran principios de los años 90. Escaleras en penumbras, llenas de pintadas. Olor agrio, a meo y plástico quemado. Un grupito de pibes se picaban con lo que tuvieran a mano, y después salían a dar vueltas en moto. A todo lo que da. No corrían picadas. Los pibes estos salían a dar vueltas a toda velocidad, porque sí. Acá de alguna forma algo velada, se introducía la idea de que el motivo de estas andanzas era encontrar la muerte, pero no quedaba del todo claro hasta llegar al final. Había después en el relato una secuencia en un recital de Hermética en la Asociación Cristiana de Jóvenes, había un escorzo sobre distintos tipos de tatuajes rituales. Hasta que nos enterábamos que, en una de sus excusiones, uno de los pibes, yendo a 140 por bulevar Seguí, pierde el control de la moto y rueda por el pavimento. Muere en el acto. El grupo de amigos se disuelve. Crecen. Pasan los años. A mediados de 2000, uno de ellos se la da con el camión, y se mata en la ruta 34. Ahí entraba nuestro protagonista: todas las noches, un antiguo miembro de la bandita del fonavi, llamaba a la línea de ayuda al suicida.

Sentía ganas irrefrenables de salir en la moto a dar vueltas por la ciudad. A todo lo que da. Hasta chocar contra el pavimento.

En la crónica, después de cada historia contada por el vendedor de medias, volvíamos al bar. Cada vez había menos gente, cada vez el aire estaba más opresivo.

Del otro lado no hay nadie

La idea era terminar con la explicación del tipo de por qué había renunciado a ese laburo que lo obligaba a hablar con gente desesperada. Capaz podría haberse contado la desidia y acostumbramiento. El trabajo tercerizado. Los callos en el corazón. O capaz, por qué no, con una historia trágica. Hubiera estado bien, hubiera sido lindo. Podría haber sido que el tipo renuncia porque no puede salvar a una mina. Ella no sabía quién era él, pero él sí, le había reconocido la voz: era su hermana. Como sea, al googlear para dotar a nuestro personaje de más volumen, y a la historia de datos más duros, damos con que en Rosario, desde 2009 (o 2015, la información disponible no es precisa), no existe más el Centro de Atención al Suicida. Le cortaron los recursos, y vaciaron el cuartito del Hospital Centenario, donde funcionaba. Si uno llama, del otro lado de la línea no hay nadie. Ni en nuestras macabrísimas imaginaciones hubiéramos encontrado un final más grostesco que ese.

Nunca escribimos la crónica. Fue para mejor. De haberlo hecho, inevitablemente se hubiera titulado de manera mediocre: “La ciudad que se suicida”.

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