Preso de una época de narrativa volátil, lacónicos diálogos y una carrera perdida por la falta de atención, intentó sostener algunas banderas y principios innegociables e inquebrantables
Por Gustavo Grazioli – Especial para El Ciudadano
Marcelo Bielsa tiene que posar para la foto, pero mira al piso. No es modelo, es entrenador de fútbol. Y lo dice, no se calla. Nunca se calla. En 2024 dijo que Estados Unidos –anfitrión de la última Copa América, hoy del Mundial– había creado el Fifagate al sentir que sus intereses eran atacados. En sus ojos convive el conflicto y la tristeza por lo desmedido de un deporte que dejó de tener interés por los 90 minutos y más atención en los tiempos de hidratación, que –vale aclarar– potenciaron entre un 60 y 150 % las búsquedas web de sitios de apuestas según la consultora Novarum.
De su boca salen misiles en la era de las liviandades, la condescendencia ante el éxito de mostrarlo todo y la reducción de los tiempos a secuencias ágiles y productivas.
«La vida sin problemas es matar el tiempo el bobo», decía el benemérito Indio Solari. Sentado en una heladerita, ataviado con un conjunto deportivo, con su enérgica forma de trabajar y no ceder ante las tendencias, se convirtió en un rara avis. Un hombre que algunos prefieren tenerlo en el ágora de las gustosas explicaciones tácticas más que como técnico del propio equipo. Ajeno a este tiempo, al igual que el reciente fallecido cantante pelado y anteojos negros, también grita de pie que “la moda no es vanguardia».
Se despidió de la Selección de Uruguay con una larga conferencia de prensa en la que expuso sus responsabilidades por quedar afuera del Mundial en primera ronda. “Toda la decepción de ustedes como periodistas e hinchas de fútbol uruguayo, legítimamente quieren volcarla sobre el responsable que soy yo, y tengo que hacerme responsable”, fue parte de lo que dijo y aclaró con la honestidad que lo caracteriza: “las preguntas no persiguen respuestas, sino volcar sobre mí, que soy el responsable, toda la decepción que genera el trabajo que hice. Y está bien que así sea».
Trató de explicar(lo) todo, aunque la conclusión fue que su paso «no dejó nada» y que su sabiduría no le importa a nadie.
Llevó todos sus papeles de trabajo con porcentajes de llegadas en los tres partidos que jugó, el detalle de rendimiento de cada uno de sus jugadores y las posibilidades de gol ocasionadas en su sistema de juego.
Argumentos sólidos que pronto se desvanecieron por falta de eficacia ante la mirada inquisidora de los jueces que después de golpear el martillo, dieron la sentencia: fracaso. Thomas Edison decía: «No fracasé. Solo encontré diez mil formas que no funcionaban».
Preso de una época de narrativa volátil, lacónicos diálogos y una carrera perdida por la falta de atención, intentó sostener algunas banderas ante lo sintético de tener que explicar procesos en pocos minutos por demanda de agotamiento de jugadores que –como todos– mudaron su religión al dios digital.
Administrar egos y emociones de las nuevas generaciones futbolísticas no está exento al cristal de las susceptibilidades. «Pidieron reducir las charlas colectivas sobre los partidos anteriores; yo siempre pensé que analizar errores y virtudes de lo hecho era algo conveniente», expuso, incluso reconociendo que nunca había dicho que tenía buena relación con el plantel.
«Las charlas nunca eran superiores a 10 minutos, y eran fraccionadas. Es algo que revisé e hice muchas consultas. Y la recomendación que recibí para adaptarme a las mentalidades más jóvenes y actuales es que había que hacer charlas más cortas y en días distintos para no sobreexigir la atención de los jugadores», explicó el entrenador rosarino que paga las consecuencias de las lógicas del reel de Instagram. El compromiso, las inquietudes y la conducta quedaron en los renglones del manual siglo XX.
Bielsa, obsesivo e intelectual, enfrenta al fantasma de los pocos trofeos que acumula en su vitrina. Su obra de autor adquirió un nicho de culto del que no puede escapar y poco a poco, con el paso del tiempo y la rápida transición del mundo, en la que no hay tiempo, prevalecen más los objetivos conseguidos que el conocimiento y la formación de personas.
El excel manda. Son los números los que te ubican en la cúspide o te sepultan.
Las consecuencias de su derrota sirven para desnudar los cambios dominantes, necesarios de incorporar para manejar un grupo, en donde el liderazgo concentra nuevos párrafos de explicaciones que conllevan a tener que modificar los métodos según lo pida la situación. Algo que Bielsa dudo que quiera-pueda hacer por sus principios innegociables e inquebrantables, algo poco usual en la era de los sobres y de enemigos que se sientan en la misma mesa con una remera que luce la frase de Groucho Marx. «Estos son mis principios: si no te gustan, tengo otros».
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