La convergencia digital parece un concepto del siglo XX. Sin embargo, allá lejos y hace tiempo, o más bien, acá nomás, hace diez años, fue el primer desafío que tuvimos como flamante colectivo autogestivo: un proyecto embrionario que planteaba anticiparse al fin del diario papel con los objetivos básicos de convertirlo en sustento de 60 familias y de garantizar una voz alternativa a la narrativa hegemónica que campeaba por entonces, y que se profundizaría de manera dramática en los años siguientes.
Decíamos, convergencia digital, que proponía la integración de las redacciones gráfica y web para que no fueran identidades estancas de una misma marca, sino las caras de una misma moneda; que además tenía, al caer de canto, la potencia -en potencia aún- de megaplataformas globales que, años más tarde, terminarían por configurar una suerte de Imperio Romano de Oriente y Occidente. Google y Meta como una dictadura que sube y baja algoritmos arbitrarios. Y que no deja espacio para mucho más.
Reconversión audiovisual. Lo hicimos después y también parece del siglo XX. O del XIX, cuando John Logie Baird patentó el disco de Nipkow, puntapié de los sistemas de televisión mecánica. Pero fue hace apenas un lustro, cuando las redes sociales ya habían logrado dominar el mundo –mejor dicho, el capitalismo financiero global ya había logrado consolidar la herramienta como su nuevo joystick para manipular las democracias tuteladas, desde el grotesco de la ignorancia y de la repetición de mentiras como un mantra.
Así, contar nuestra década cooperativista puede reducirse a la suma de convergencia digital y reconversión audiovisual. No. Claro que no. Pero sí es el contexto en que nuestra identidad comenzó a navegar: la identidad que comenzamos a forjar 28 años atrás como trabajadoras y trabajadores en relación de dependencia, con conciencia de clase, cuando el menemcavallismo comenzaba su declive tan inexorable como anunciado, que estallaría en el diciembre negro. Una continuidad para nada casual. Nuestra bandera.
El Ciudadano, entonces, es también un emblema de la ciudad. Rosarinas y rosarinos nos acompañaron en la lucha gremial en las calles. También cuando el neoliberalismo volvió a golpearnos y debimos hacernos cargo del timón. Y más acá, este mismo año, cuando fuimos víctimas de un oscuro robo y la comunidad nos apañó. La solidaridad sin límites de muchas y muchos nos llenó de responsabilidad y también de orgullo: nos permitió reponer los elementos sustraídos e inaugurar el nuevo estudio de streaming.
La comunidad El Ciudadano es, entonces, el norte: no somos más que intérpretes de un punto de vista, de una perspectiva sobre la ciudad, la provincia, el país, el mundo. Una herramienta analógica, si cabe el romanticismo y no la literalidad, en un entorno virtual cada vez más hostil; aquí, allá y en todas partes, en la búsqueda constante de más y mejor ciudadanía. Sabemos de nuestros derechos pero aún más de nuestras obligaciones, de nuestro compromiso. Si pifiamos el camino, ahí estará la comunidad para corregir nuestros errores. Que así sea.
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