Por Camila de la Cruz Gretter
Mientras el debate internacional gira en torno a los derechos laborales en las plataformas digitales, repartidores rosarinos cuentan cómo viven su trabajo. Valoran la flexibilidad, pero reclaman mayor protección. Hablan de autonomía, aunque todos se reconocen como trabajadores y, frente a la lógica individual de las aplicaciones, construyen formas propias de organización colectiva.
Hace apenas unos días, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), aprobó un convenio destinado a establecer estándares mínimos para quienes trabajan mediante plataformas digitales.
La discusión parecía girar en torno a una pregunta jurídica: ¿son trabajadores o colaboradores independientes? Pero esa discusión adquiere otra dimensión cuando se escucha a quienes pasan todos los días arriba de una bicicleta o una moto recorriendo la ciudad.
Cinco repartidores que trabajan en distintas aplicaciones aceptaron conversar sobre su experiencia. Ninguno utilizó la palabra «colaborador», todos se definieron simplemente como trabajadores.
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Hay un aspecto que apareció prácticamente en todas las entrevistas: la flexibilidad. Poder elegir cuándo conectarse, administrar los horarios y combinar esta actividad con otras responsabilidades fue señalado como uno de los principales beneficios del trabajo en plataformas.
Algunos llegaron después de perder un empleo formal, otros encontraron en las aplicaciones una manera rápida de generar ingresos sin depender de una jornada fija. Sin embargo, esa autonomía tiene sus propios límites.
Aunque los entrevistados trabajan, en promedio, unas ocho horas diarias, todos conocen compañeros que utilizan el máximo permitido por algunas aplicaciones: 13 horas de conexión. Todos los entrevistados trabajan de lunes a lunes.
Las organización del tiempo
La posibilidad de organizar el tiempo existe, pero también convive con la necesidad de permanecer muchas horas disponibles para alcanzar ingresos suficientes.
A simple vista, repartir parece una tarea sencilla: conectarse a una aplicación, aceptar un pedido y entregarlo. Sin embargo, las entrevistas muestran que detrás de esa aparente simplicidad existe un conjunto de decisiones y estrategias que solo se aprenden trabajando.
Los repartidores conocen qué aplicación ofrece mejores incentivos en determinados momentos, alternan entre distintas plataformas para maximizar sus ingresos y persiguen objetivos que habilitan bonificaciones una vez alcanzada cierta cantidad de entregas o de viajes. También reorganizan sus jornadas según los horarios de mayor demanda o eventos especiales.
Uno de ellos recordó haber elegido trabajar durante un partido de la Selección Argentina porque sabía que ese momento representaba una oportunidad de obtener mayores ganancias. Mientras millones de personas estaban frente al televisor, él decidió salir a repartir.
Una inteligencia del trabajo propia

Mientras las plataformas organizan la actividad mediante algoritmos y reglas de funcionamiento, son los propios trabajadores quienes desarrollan estrategias, construyen saberes prácticos y toman decisiones para hacer el trabajo posible y mejorar sus condiciones cotidianas.
Esa inteligencia del trabajo no aparece en ninguna aplicación: se aprende en la calle. Y, aunque muchas de esas estrategias parecen individuales, rara vez se construyen en soledad.
Desde lo individual construyen lo colectivo: los puntos de reunión
Las plataformas suelen presentar este tipo de empleo como una experiencia profundamente individual, ya que cada repartidor decide cuándo conectarse, cuánto tiempo trabajar y qué aplicación utilizar.
Sin embargo, la realidad cotidiana muestra otra cara. Los entrevistados mencionaron sus lugares de encuentro, en Rosario existen puntos donde esperan pedidos, descansan, toman algo, intercambian información y pasan buena parte de la jornada.
Paseo Pellegrini y Paseo del Siglo son algunos de esos espacios. En un modelo donde podría suponerse que todos compiten entre sí por conseguir más pedidos, ninguno habló de competencia, todos se reconocen entre sí como compañeros de trabajo.
La organización, otro emergente fuera del algoritmo
La sorpresa fue todavía mayor al encontrar un grupo de repartidores que decidió organizarse para reclamar mejores condiciones laborales y representar los intereses del sector.
No surgió por iniciativa de una empresa ni de una organización sindical tradicional, fueron ellos mismos quienes comenzaron a reunirse, elaborar propuestas e incluso producir informes sobre su propia actividad.
Entre los logros que mencionan aparece uno que, a simple vista, podría parecer menor, pero dice mucho sobre la experiencia cotidiana del trabajo.
Después de dialogar con la Municipalidad de Rosario, consiguieron un espacio señalizado donde dejar motos y bicicletas durante las esperas. Antes de esta conquista, la situación era más compleja, ya que ocupaban veredas, recibían reclamos de vecinos e incluso situaciones de agresión.
Hoy cuentan con un lugar propio donde muchos dejan sus motos y bicicletas sin cadenas ni alarmas porque saben que otros repartidores las están cuidando.
Rompiendo lógicas: de la competencia a la colaboración
Las plataformas prometen autonomía y organizan el trabajo desde una lógica profundamente individual. Sin embargo, la experiencia de los repartidores muestra que el trabajo nunca termina siendo completamente solitario.
Allí donde el algoritmo distribuye pedidos de manera individual, los trabajadores construyen vínculos, cooperación y formas de organización propias. Quizás porque, incluso en las formas más nuevas de empleo, sigue existiendo una necesidad tan antigua como el trabajo mismo: la de encontrarse con otros para hacerlo posible.