Hoy también, en el día seis del Festival de Cine Latinoamericano, se proyectará la película que casi es seleccionada para competir por un Oscar: Belén. Dolorosa y bastante necesaria, dirá horas más tarde la actriz Liliana Juárez, desde la primera fila del Cine Lumiere
Por Bernarda Guerezta
Mariana parece encabezar la marcha. Se la nota orgullosa subida a su moto. Trenza larga a un costado, labios pintados de violeta, anteojos grandes y tornasolados del mismo color. Un pañuelo como símbolo adornando el manubrio.
Me acerco a corroborar que sí, que es trabajadora de Tránsito y no aquella militante que imagino desde lejos.
Es 3 de junio y en Rosario hoy se marcha como todos los 3 de junio desde que mataron a Chiara y decidimos salir a gritar que ni una menos, que paren de matarnos, y que vivas nos queremos.
Hoy también, en el día seis del Festival de Cine Latinoamericano, se proyectará la película que casi es seleccionada para competir por un Oscar: Belén. Dolorosa y bastante necesaria, dirá horas más tarde la actriz Liliana Juárez, desde la primera fila del Cine Lumiere.
Me acerco a Mariana. Le pregunto si puedo sacarle una foto. Dice que sí, sonriente. Dice también que en su trabajo el compañero apoya, que no hay mal trato.
—El tema es con el contribuyente —aclara en tono bajo.
—¿Vos decís con el vecino, el ciudadano?
—Sí, eso.
Saludo a Mariana que enciende motores, y me sumo a quienes hoy contribuiremos a ocupar el espacio al ritmo de la samba reggae, la percusión, el latido colectivo y los miles de gritos contenidos.
El cuerpo no sabe bien qué hacer. Si detenerse a leer la hoja que sostiene el niño o moverse al compás de la coreo. Finalmente, ambas cosas suceden.
Ser valientes es respetar, no soy indiferente, no me da igual.
Pienso en lo que me contó mi hija que hicieron en la escuela con el centro de estudiantes para trabajar sobre noviazgos tóxicos y qué hacer si él revisa las redes o mal trata.
Proteger educando, leeré más tarde en un cartón forrado de violeta.
Recordar que toda educación es sexual, queda escrito en las notas del celular.
Al girar la cabeza aparece una señora con un perro a upa. Más atrás, los cuerpos en danza contagiosa; personas paradas, otras asomadas a los balcones. Casi todas filman. Pocos hombres hay. Avanzamos lento pero con pasos firmes. No hay silencios. Un drone, varias cámaras alrededor.
Si se piensa en cine, tal vez este podría ser un buen inicio para una película. Y el despliegue de los casi cien metros de tela blanca y letras negras que forman los nombres de las niñas, adolescentes y mujeres asesinadas por hombres, jóvenes y hasta también adolescentes, generalmente de su propio entorno familiar, podría ser la acción emotiva.
—Aguanté sin llorar hasta acá —me dirá la chica que tengo al lado mientras se enjuga las lágrimas y yo subo y bajo la mano por su hombro.
—Aguantamos —le respondo.
En la plaza frente a la sede de Gobierno, se respira otro aire. Hay olor a torta asada y a bengala. Acá están los varones vendiendo agua, gaseosa, cerveza.
Hoy es miércoles de feria también.
—Exigimos la creación de trabajo genuino y la construcción de viviendas, bajo control de las propias mujeres. Violencia es vivir en la calle. Violencia es no poder elegir qué comer. El hambre es violencia— se escuchará a las periodistas ya afónicas en la lectura del documento elaborado en Asamblea.
—Todo se habla, todo se discute, todo se acuerda. Cada cosa que se va a hacer en la marcha es por medio de un acuerdo, el recorrido, si va o no el escenario, si hay escenario quién sube, cada punto del documento se lee en asamblea y se ajusta… es titánico, es muy agotador, a veces es enojoso, pero siempre es positivo— explicará Lilian Alba, una de las periodistas que, junto a Sonia Tessa, estuvo en el escenario. Periodistas ambas, de la línea fundadora del movimiento Ni Una Menos Rosario; amigas.
—Creo que fue el escenario más difícil de todos— me escribirá más tarde Lilian, a quien fotografié sin que sepa. Tenía la bandera de Ni Una Menos enroscada en el cuello como bufanda, y la remera fucsia que nos hicimos hace 11 años. La mía se destiñó.
—¡Qué fuerte una bandera!— escribirá también recordando que muchas pibas le habían pedido su bandera bufanda para sacarse fotos.
—Estuve como 10 minutos sacándonos fotos con mujeres que ni conozco y después con pibas de barrio. Todas tratándome de señora, todas felices.
Miro la hora. Ya tengo que dejar la plaza para ir al cine. Me quedaría acá, cantando:
ya van a ver
las pibas que no cuidaste van a volver
y si mujer
la lucha va a ser de todas o no va a ser
Agarro la bici, vuelvo a pasar por la plaza, pero esta vez desde afuera, pedaleando. Una hora más tarde y aún hay quienes siguen en marcha. Me vuelvo a encontrar con Adri. Caminamos hasta su vehículo esperando que no lo hayan multado por no pagar el estacionamiento medido. Cargamos la bici en el baúl y arrancamos.
Llegamos al cine pasadas las siete. Ya había unas cuantas personas haciendo cola. Delante nuestro, una señora de rulos blancos y tapado negro dejará de ser una extraña en cuestión de minutos. Claudia, fanática de Central, nos contará las películas que vio y avisará que tendrán que poner sillas si queremos entrar. Una mujer con remera negra saldrá a contarnos más de una vez. Más tarde, las sillas acomodadas a los costados le darán la razón a Claudia.
Por la vereda pasa gente corriendo. Salen del gimnasio de la esquina. Ese que tiene pintadas sonrisas y escritas frases motivacionales.
Sigue llegando gente, chicas que también vuelven de marchar con sus caras pintadas y carteles.
Pareciera que la espera alienta la cercanía y ahora será la chica de atrás, Celeste, quien después de ir al baño se sume al trío y terminemos siendo cuatro mujeres hablando de películas, violencias, maternidades, de esta crónica.
—Anotá que el 98 por ciento del público es mujer y los pocos varones que hay son grandes— me dice para luego proponerme que fuéramos a ver cuánta gente hay.
Ahora la fila da la vuelta a la manzana. Son más de lo previsto. La marea feminista irrumpiendo en zona norte, en el cine que pareciera alojar, por un ratito, el dolor colectivo. ¿Puede la memoria construirse entre la calle y la pantalla?
Entregan los papelitos que ofician de entrada. Cruzo a comprar una lata de cerveza al mercadito de enfrente. Está casi vacío. No hay papas ni maníes.
—Me vaciaron— dirá Sebastián, que también maneja un Uber.
—Por suerte— agregará sonriente.
Moverse un poquito parece suficiente para perder el asiento. Me lo confirma el señor que acomoda. La proyección es un éxito. Tal vez porque la película, sabremos luego, dialoga con el hoy. Y con el ayer.
***
*Este texto forma parte de los trabajos del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”, dictado por el periodista Ulises Rodríguez en el marco del 31º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario. Esta crónica resultó la más votada entre quienes asistieron al taller para ser publicada en EscribiendoCine.
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