El Clan, las relaciones familiares de una trama macabra

En la película dirigida por Pablo Trapero visita con altibajos narrativos la siniestra historia del Clan Puccio, secuestradores y asesinos comandados por un padre, probable resabio de la mano de obra represiva de la última dictadura.

Tal vez por el tema mismo, en este caso el de unos secuestradores y asesinos que hicieron historia en la Argentina de principios de la democracia, la nueva (y muy comentada antes de su estreno) película de Pablo Trapero, El Clan, está envuelta en una pátina de frialdad e insensibilidad no sólo muy bien representada por los principales protagonistas sino trasladable a todas y cada una de las secuencias del film.

Como se sabe, el relato se centra en la tristemente célebre familia Puccio, cuyo padre Arquímedes, y Alejandro, uno de los hijos, fueron los principales acusados de cuatro secuestros, de los que tres terminaron con la muerte de las víctimas. Los datos duros y reales de Arquímedes Puccio lo sindican como integrante del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea  y posible miembro de la Triple A. Algo de esto se deja ver en las relaciones que el personaje de ficción frecuenta para obtener cobertura en la ejecución de sus siniestros planes. Puccio aparece como un monje negro que conoce los resortes represivos todavía intactos en los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín, y que como se comprobó luego atravesaban varios estamentos institucionales, incluidos jueces y fiscales. Justamente un comodoro y algunos otros funcionarios parecen sostener los crímenes de Puccio como parte de un entramado que sigue produciendo cuantiosas ganancias y que deja entrever los niveles de impunidad para los ilícitos con que contaban los grupos de tareas.

La familia Puccio vive en San Isidro, los tres hijos juegan al rugby en el tradicional club Casi y Alejandro llega a formar parte también de Los Pumas. En el film no queda demasiado claro si la familia tuvo un pasar encumbrado y ahora tiene un bajón económico, no hay nada que lo indique claramente pero hay un malestar en ese sentido que se evidencia en que la madre y los hijos mayores trabajan –tienen una rotisería familiar, la madre y la hija mayor son docentes de escuela– y el padre parece estar todo el tiempo confabulando para que vuelvan tiempos mejores.

Trapero apuntó toda su artillería gruesa a la construcción de Arquímedes Puccio, dotándolo de un súmmun de características malignas; a través de su mirada especulativa y perturbadora caben todos los ardides para volver posible su acción criminal y, de a poco, hacer cómplice a buena parte de su familia. La peor instancia la vivirá Alejandro, el mayor ante la partida de otro hijo que jamás volvió y pareció olvidarse de la familia y que Arquímedes pone en evidencia mentando su desagradecimiento a quien hizo todo por él (es decir, él mismo), al tiempo que busca la anuencia de los restantes para su razonamiento.

Ese hieratismo rampante de Arquímedes puede verse al mismo tiempo en las relaciones entre los distintos miembros de su familia, en el modo en que el jefe impone sus designios, a quién hace partícipe y quién queda afuera, lo que deja flotando algunos puntos suspensivos respecto de las complicidades, ya que las víctimas de los secuestros (toda gente adinerada de la zona y hasta conocidos por ellos) están prisioneros en el sótano de la casa donde viven.

No está mal que las composiciones dramáticas de un relato sean arbitrarias a condición de que ostenten un fluir verosímil, sobre todo en hechos trágicos como los que aquí se cuentan. Algo confusas resultan las relaciones de Puccio padre con el sistema represivo de ese entonces, todavía intacto como se supo después, es decir, hasta qué punto era parte indisoluble de ellos (hay una escena donde Puccio visita al represor Aníbal Gordon –sólo entendible para los memoriosos ya que el espectador común difícilmente sepa quién fue– en la cárcel, quien le promete que vendrán tiempos mejores ante la inestabilidad del gobierno de Alfonsín); es también un tanto áspera de tragar la obediencia ciega de Alejandro a los dictados del padre para que sea parte de los crímenes, toda vez que se lo muestra sensible en aspectos cotidianos como el compañerismo puesto en juego con su equipo de rugby y su ligazón con los hermanos; o la vuelta arrepentida de otro hermano –que en su momento huyó espantado de los crímenes de su padre– para formar parte activa de la banda; no habría, puede decirse, en El Clan los pliegues intermedios de actitudes, posturas, dudas y requiebros que son dables suponer ante semejantes crímenes. No porque no sea posible ser presa del influjo de un todopoderoso psicópata padre de familia que insiste en moldear a su antojo a los miembros restantes –como bien puede suponerse de muchos represores funcionales a la última dictadura– sino porque esa banalidad del mal se complejizaría inevitablemente en el seno familiar y en la órbita de un entorno barrial o de camaradería deportiva. A esto contribuye la puesta en escena general del film, con elipsis algo confusas y secuencias donde los paralelismos son incompatibles con la carga dramática –una ejecución de una víctima y la práctica sexual de dos personajes– y un tono visual general oscuro y difuso.

Lo que hace posible deducir que se trata de la mirada que Trapero puede hacer sobre ciertos temas –ya se vio en Carancho, en la anterior Elefante blanco–, una mirada confinada a reproducir hechos de la realidad desde cierto tono aséptico, con una respiración que evitaría empaparse de esos paisajes marginales, bizarros o criminales e impidiendo que la imaginación encuentre un cauce más propicio e inexplorado sobre esos hechos sucios de sangre e impunidad. Aun así, por momentos el protagónico de Guillermo Francella desafía con rigor los matices de su composición de asesino impiadoso y cumple con solvencia su monstruoso rol: cuando luce su desdicha ante algún infortunio familiar, cuando pide a su azorado hijo Alejandro un voto de confianza para llevar a cabo sus macabros planes; cuando exhibe su determinación criminal deshaciéndose de sus víctimas una vez cobrados los millonarios rescates; cuando una vez encarcelado le enrostra al mismo hijo su complicidad y lo conmina a cumplir su última orden puesto que, si no lo hace, toda su familia caerá con él.

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