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El hombre de la primera fila

Es una de las noches del 31° Festival de Cine Latinoamericano Rosario y el Cine Lumière rebalsa de gente. El cartel luminoso cuelga sobre la vereda en medio de la noche húmeda. La fila llega hasta la calle. El bicicletero no da abasto. Las bicicletas se atan con lingas unas con otras y a los árboles de la cuadra

Por Facundo Petrocelli

El hombre del sombrero verde llega cargado como si estuviera mudándose.

Lleva un bolso gastado, una carpeta repleta de hojas escritas a mano, dos libros gruesos de bocetos y un folio con pinturas. Saluda a todos. Al empleado que ordena la fila. A una señora que acaba de llegar. A un muchacho que acomoda una bicicleta contra un árbol.

-¿Qué tal ingeniero? ¿Cómo le va señora?

Después se toca apenas el ala del sombrero, como si todavía viviera en una época donde los hombres hacían reverencias.

Es una de las noches del 31° Festival de Cine Latinoamericano Rosario y el Cine Lumière rebalsa de gente. El cartel luminoso cuelga sobre la vereda en medio de la noche húmeda. La fila llega hasta la calle. El bicicletero no da abasto. Las bicicletas se atan con lingas unas con otras y a los árboles de la cuadra.

Una pareja de jubilados pregunta dónde retirar las entradas. Una chica con un piercing en la nariz les indica cómo hacerlo. Más atrás, alguien consulta los horarios de la programación. Otros esperan en silencio.

Alejandro Martin parece estar en todos lados. Camina de un grupo a otro. Conversa. Saluda. Sonríe.

Tiene 61 años. Es arquitecto, artista callejero y vecino de Ludueña. Hace décadas que frecuenta el Lumière. Lleva corbata y un sombrero verde que lo vuelve inconfundible. En la sala del barrio lo conocen todos los empleados.

Cuando abre el bolso aparecen paisajes: el río; las islas; su barrio; la calle Evaristo Carriego donde vive. También aparecen carpetas llenas de dibujos, anotaciones y recuerdos.

-Acá está mi nuevo libro. La Forestal, cuenta mientras muestra un grueso cuaderno.

Las hojas están escritas a mano. Cada dibujo tiene una historia. Cada historia parece conducir a otra.

Un grupo de chicas mira con curiosidad.

Alejandro no necesita presentación. Habla con la naturalidad de quien lleva años ocupando el mismo territorio.

-Yo soy simple y lo cortés no quita lo valiente.

Después canta.

-Amorrrr, amorrrr, amorrrr…

La palabra sale estirada, convertida en una especie de serenata improvisada que hace reír a quienes esperan para entrar a la función.

Dentro del cine, el movimiento es constante. El Lumière es uno de esos lugares donde todavía sobreviven ciertas costumbres que parecen extinguidas. La gente llega temprano. Se queda después de las películas. Conversa en el hall. Discute escenas. Recomienda directores. Durante una semana al año, el festival convierte al viejo cine de barrio en un punto de encuentro para estudiantes, jubilados, realizadores, vecinos y cinéfilos.

Alejandro forma parte del paisaje. O tal vez sea al revés. Tal vez el paisaje se organizó alrededor suyo. Hace más de cuarenta años que asiste al Lumière. Recuerda películas que otros olvidaron. Guarda en su memoria funciones que ocurrieron cuando muchos de los espectadores de hoy todavía no habían nacido. Dice haber visto allí a Úrsula Andress, una de las míticas chicas Bond de los años sesenta. Lo cuenta sin nostalgia. Como si todo siguiera ocurriendo. Como si el tiempo no avanzara del mismo modo para él.

 -A los dieciséis años venía al cine y ya me fascinaba.

Lo dice mientras acomoda nuevamente los cuadernos dentro del bolso. Faltan pocos minutos para la proyección de Muña Muña, de la directora Paula Morel Kristof. La fila comienza a avanzar. Alejandro espera. Habla de arquitectura, pintura, educación, el Che Guevara, de su familia. De un padre sastre y una madre modista. Un tío albañil. Una tía comunista.

Las historias aparecen una detrás de otra, como si todas formaran parte de un mismo relato que todavía está escribiendo. Asegura haber pintado más de seiscientos cuadros. Durante años montó su taller ambulante en plazas y peatonales de Rosario. Pinta con témperas. Dibuja edificios, esquinas, monumentos y personas. Observa la ciudad como quien intenta evitar que algo desaparezca.

Entonces llega la pregunta inevitable. ¿Por qué sigue viniendo? ¿Por qué volver durante cuatro décadas al mismo cine?

Alejandro se acomoda el sombrero. Mira hacia la sala. Y responde:

-El cine es muy bueno porque abre la cabeza.

Hace una pausa.

-Genera endorfinas psíquicas. La pintura, la escritura y el cine me salvan del Alzheimer y del Parkinson.

No suena como una frase preparada. Parece una convicción: una forma de estar en el mundo. Una explicación de por qué sigue llegando una y otra vez. Por qué sigue ocupando la primera fila. Por qué sigue cargando cuadernos, pinturas y proyectos. Por qué sigue saludando a desconocidos. Por qué sigue creyendo en las historias.

Faltan segundos para que empiece la función.

Alejandro guarda los libros. Acomoda el bolso. Se pone de pie. Dice que no usa reloj, que se levanta con el sol y se acuesta con el sol. También dice que no tiene celular.

Lo pisé. Pisé el celular.

Se ríe. Después revela su deseo más simple.

  Seguir con lo que hago. Porque hago lo que me gusta.

Cruza la puerta de la sala. Durante unos segundos el sombrero verde se recorta contra la oscuridad. Camina hacia la primera fila como hace cuarenta años. Se apagan las luces.

Y Alejandro desaparece dentro de la película.

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