Por Carolina Pedernera
—Nena, ¿sabés qué es esto? —pregunta la señora. Tac, tac, la uña contra el vidrio y la frente arrugada como la expresión de alguien que está exprimiendo las últimas gotas de un limón—. ¿Y pasan películas de acá o de todos lados? —El cartón se empieza a deslizar bajo su brazo y lo ataja a tiempo, junto con la frazada.
No son las siete de la tarde, pero la calle ya empieza a brillar como un Pico Dulce: el amarillo de los autos, el verde de los semáforos y el rojo del cartel del cine El Cairo. Su cara se ilumina.
—¿Son gratis?
A la trigésima primera edición del Festival de Cine Latinoamericano le tocaron nueve días nublados, con una temperatura oscilante entre la humedad y el frío. Un regalo de la ciudad para aquellos que vienen de otros lados a presentar sus proyectos audiovisuales.
—Es el día ideal para ver pelis —le dice una nena a una mujer mientras agarra un puñado de pororó y entran al Cine del Centro.
La postal otoñal cinéfila se completa con las quejas del clima en la fila y el ruido de las camperas que se sacan y se apoyan en las butacas. A pesar del cielo, la gente se junta a compartir un momento para convertirse en marea y sentirse interpelados por una gran pantalla.
Hay cinco paisajes distintos. Las hojas de los árboles en un patio de ingreso, una esquina donde no dejan de pasar colectivos y taxis, un plato volador en un parque, unas vidrieras rodeadas de mochilas escolares o de delivery y un mar de palomas en una explanada. La recomendación es no llegar tarde, no solo por la masividad de los encuentros, sino porque cada uno se puede transformar en una carrera de obstáculos. Las baldosas levantadas, la falta de paso para el peatón, los recuerdos caninos y las raíces de los árboles camufladas; cuerpos perdidos dentro de los celulares o proyectiles con alas que tienen un solo objetivo: tu pelo.
Muchas de las películas presentadas se encuentran en competencia. Los cineastas juegan con el destino de sus personajes, y los espectadores balancean el de ellos en la punta de una birome. Democrático. Ir sin saber qué se va a mostrar puede ser peligroso. Un señor pregunta si diez es el puntaje más alto, que si es un corto, que cuánto dura. Quienes están a su alrededor le contestan, pero luego de unos minutos de comenzada la proyección tienen que correr sus piernas para dejarlo pasar.
—No, no se fue mucha gente —comenta el chico de la organización encargado de juntar los votos para esta función—. Solamente una señora que viene siempre, pero ya me había avisado que se tenía que ir. —La gente empieza a salir de la sala, se susurran números azarosos y palabras como “trama”, “colores”, “cadencia”.— Y un señor, pero me parece que había entrado porque escuchó que era gratis. No, no, no me dijo nada cuando se fue.
La oferta es extensa: más de treinta y cinco funciones para viajar a otros países, otras épocas, otros sueños. Solo hay que saber llegar.
Se escucha un coro de “No hay más entradas”, “¿Ya no quedan entradas?”, “¿Ni una sola?” en la puerta del Cine Lumière, sede principal del Festival, el miércoles, día que se presenta la película Belén, con la presencia de las actrices Ruth Plaate, Liliana Juárez y Julieta Cardinali. En una de las paredes de la institución se lee una cita de Godard: “El cine no es un arte que filma la vida, el cine está entre el arte y la vida”. Es un día ajetreado en Rosario.
Entre la angustia ensordecida de la ausencia y el ahogo detrás de unas bengalas negras y violetas está la marcha Ni Una Menos. El centro está revolucionado. Nunca falta el conductor que insulta mientras toca bocina, o los “a ver si se consiguen un laburo”. El propio itinerario del Festival es modificado: se postergan charlas, se facilitan horarios.
Esta es una fiesta que arranca mostrando Nuestra tierra, de Lucrecia Martel, donde la directora ahonda en el juicio por la muerte de Javier Chocobar, un comunero indígena chuschagasta asesinado por una disputa territorial, enmarcándolo en la usurpación territorial que tuvo lugar desde la época colonial. Tiene como películas invitadas a Lu y Pau, ficción en la que Jazmín Stuart y Lorena Vega buscan coimear a un fiscal para evitar que una amiga vaya presa; a Belén, donde Dolores Fonzi se pone en la piel de Soledad Deza, abogada que en 2016 defendió a “Belén” (nombre ficticio utilizado en ese momento para proteger su identidad), quien fue acusada por homicidio agravado tras sufrir un aborto espontáneo; y Memoria de una madre, película de terror donde el lazo entre dos hermanos es el ancla para desentramar el clima de angustia y tensión que hay en su casa adoptiva. Finalmente, cierra con Había una vez un mago, documental sobre Leonardo Favio realizado por su hija mientras se grababa Aniceto (2008), remake de El romance del Aniceto y la Francisca.
Con semejante programación se puede afirmar que es una fiesta política. Y, como en toda celebración, el cuerpo se retuerce, ya sea en una pista o en una butaca de cine; se entumece, se lamenta no haber llegado más temprano o irse más tarde, se abraza, se llora y se vive. Pero, por sobre todo, espera volver.
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