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Mucho antes de los barcos: la historia del trabajo que construyó la Argentina

La Argentina se construyó con el trabajo indígena, afrodescendiente e inmigrante. Una historia de manos diversas que desmiente el mito del origen único.

Camila de la Cruz Gretter / Especial para El Ciudadano

Durante décadas repetimos una frase casi como una verdad indiscutida: «los argentinos descendemos de los barcos». La expresión resume uno de los procesos migratorios más importantes de nuestra historia, pero también simplifica una realidad mucho más amplia. Porque mucho antes de la llegada masiva de inmigrantes europeos, este territorio ya era habitado, trabajado y recorrido por múltiples pueblos. Y después de aquellos barcos, la historia siguió escribiéndose con nuevas migraciones, nuevos oficios y nuevas formas de construir el país. Mirar la historia del trabajo es, quizás, una de las mejores maneras de comprender esa diversidad. Las identidades también se construyen a través de quienes siembran, producen, comercian, cuidan, transportan y levantan ciudades.

Mucho antes de los barcos 

Antes de la conformación del Estado argentino, el actual territorio estaba habitado por numerosos pueblos originarios que desarrollaban formas de producción adaptadas a los distintos ambientes. En el litoral, los pueblos guaraníes cultivaban maíz, mandioca y porotos, además de aprovechar la yerba mate y sostener importantes redes de intercambio. En el noroeste, sociedades como los diaguitas desarrollaron sistemas agrícolas complejos mediante terrazas de cultivo y técnicas de manejo del agua. Más al sur, pueblos como los selk’nam (u onas), en Tierra del Fuego, organizaron su vida en torno a la caza, especialmente del guanaco, y desarrollaron profundos conocimientos sobre el territorio fueguino. En otras regiones, la pesca, la recolección y el intercambio comercial constituían la base de economías diversas. Con la conquista española, esas formas de organización fueron profundamente alteradas. En distintas regiones del actual territorio argentino, el trabajo indígena fue incorporado de manera forzada a instituciones como la encomienda, sosteniendo parte de la producción agrícola y ganadera colonial. 

Las manos invisibilizadas 

La economía colonial también se sostuvo a costas del trabajo de miles de personas afrodescendientes esclavizadas. En el Buenos Aires colonial, distintos registros históricos muestran que la población afrodescendiente llegó a representar cerca de un tercio de sus habitantes. Hombres y mujeres trabajaban como herreros, panaderos, lavanderas, artesanos, albañiles, cocineras y peones, desempeñando tareas fundamentales para el funcionamiento cotidiano de las ciudades. Sin embargo, durante buena parte del siglo XIX y del XX, esa presencia quedó relegada del relato oficial sobre la identidad nacional. Sus aportes fueron invisibilizados en una narrativa que tendió a presentar a la Argentina como un país exclusivamente europeo, cuando la propia historia del trabajo demuestra una realidad mucho más diversa.

Cuando llegaron los barcos 

Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, la Argentina recibió una de las corrientes inmigratorias más importantes de su historia. Millones de personas, principalmente provenientes de Italia y España, pero también de Francia, Europa oriental y Medio Oriente, llegaron al país buscando nuevas oportunidades. No trajeron solamente sus pertenencias. También aportaron oficios, técnicas y saberes que acompañaron el crecimiento económico de la época. Muchos encontraron empleo en los ferrocarriles, los puertos, la construcción y las industrias textiles, metalúrgicas y alimenticias. Otros impulsaron colonias agrícolas, especialmente en provincias como Santa Fe y Entre Ríos, mientras miles abrieron pequeños talleres y comercios familiares que transformaron la vida urbana. Al mismo tiempo, el mundo del trabajo comenzó a organizarse de nuevas maneras. Mutuales, cooperativas, bibliotecas populares y sindicatos encontraron en esos trabajadores un impulso decisivo. Las ideas sobre la reducción de la jornada laboral, la organización gremial y la mejora de las condiciones de trabajo comenzaron a ocupar un lugar central en la vida política y social del país. 

El trabajo también construyó ciudadanía 

Con el avance de la industrialización durante el siglo XX, miles de personas dejaron las zonas rurales para incorporarse a las fábricas de las grandes ciudades. Ese proceso modificó profundamente la vida cotidiana: crecieron los barrios obreros, se fortalecieron las organizaciones sindicales y el trabajo asalariado pasó a ocupar un lugar central en la organización social argentina. La consolidación de la legislación laboral y la ampliación de derechos durante las décadas siguientes reforzaron la idea de que el trabajo no era solamente una actividad económica, sino también una herramienta de integración social, movilidad ascendente y construcción de ciudadanía. 

Una historia que sigue escribiéndose 

La historia migratoria argentina no terminó con aquellos barcos, ya que durante el siglo XX y lo que va del XXI continuaron llegando personas de países limítrofes y de distintas regiones de América Latina, mientras millones de argentinos migraron desde las provincias hacia los grandes centros urbanos acompañando los procesos de industrialización y urbanización. Cada uno de esos movimientos incorporó nuevos conocimientos, experiencias y formas de trabajo que siguen formando parte de la vida cotidiana del país. Incluso las investigaciones actuales sobre ancestría genética muestran que la población argentina refleja una historia mucho más diversa que la que suele resumirse en una frase: junto al importante componente europeo persisten también raíces indígenas y africanas que forman parte de nuestra identidad colectiva. 

Muchas manos, una historia 

Es por esto por lo que la historia argentina no puede explicarse desde un único origen. Los pueblos originarios que desarrollaron sistemas productivos antes de la conquista, las personas afrodescendientes que sostuvieron buena parte de la economía colonial, las corrientes inmigratorias que impulsaron el crecimiento urbano e industrial y las sucesivas migraciones que continuaron transformando el mundo del trabajo forman parte de un mismo proceso histórico. Los barcos llegaron y cambiaron para siempre la historia argentina. Pero no fueron el comienzo de todo, ni el único capítulo. Porque la Argentina no fue construida por una sola generación, un solo origen o una sola cultura. Fue construida, y sigue construyéndose, por muchas manos.

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