Espectáculos

“La violencia de la ternura”: un biodrama que cierra un círculo y habilita un reencuentro entre padre e hijo

La obra creada y protagonizada por Tomás Quintín Palma pasó el viernes por el teatro El Círculo con una función a sala llena. Entre reclamos y reivindicaciones, el actor y referente del streaming pone en perspectiva su patria de la infancia vivida en Rosario   

Miguel Passarini

Cerrar un círculo de idas y vueltas, de dolores, de pequeñas tragedias cotidianas y de grandes alegrías. Llenar un teatro hegemónico de mil quinientas butacas con la historia vivida en ese tiempo que alguna vez fue la patria de la infancia, detrás de una “nostalgia refinada”; también detrás de “un pequeño destierro que aprendimos a domesticar”, escribió Tomás Quintín Palma, un artista inclasificable (lo mejor que le podía pasar), un rosarino que triunfa en Buenos Aires pero que el viernes último por la noche, como tantas otras veces, volvió a ser profeta en su tierra y un digno hijo de la rosarinidad al palo. 

La violencia de la ternura, a casi una década de su estreno porteño como una pieza de Microteatro de quince minutos que fue creciendo como quien desanda las páginas de un viejo diario encontrado en algún rincón de la casa familiar ya deshabitada, pasó por el teatro El Círculo de Rosario, con una única función a sala llena.  

Un tiempo antes de su desembarco, cuando las preguntas y la incertidumbre cargaban de ansiedad ese periplo, Tomás Quintín Palma, un comunicador con aires de clown, el dueño de un desparpajo cimentado en la certeza de que lo suyo tenía que ver con el humor y que había que probarlo, aseguró: “Siento que vengo a Rosario porque ahora la obra daña de una manera que no duele tanto”.

Consciente de ese “daño” con sabor a reclamo, de esa “violencia tierna” ejecutada desde el amor, el espectáculo maduró a lo largo de las funciones y del paso de los años hasta encontrar, en una saludable anarquía que no debería perder nunca, un camino lleno de postas que se vuelven la evocación de un pasado redescubierto a través de fotos y viejos VHS que un día aparecieron como disparador para cambiar su modo de estar en el presente.

¿Hay una línea borrosa entre tragedia y comedia? ¿Esas máscaras ancestrales son, en el fondo, la misma cosa y, como en el gran grotesco de la vida, por lo mismo que se ríe, se llora? ¿Hay un tiempo en la adultez, rondando los 40, donde la conciencia de finitud antes desconocida y los dolores del pasado son vistos con cierta nostalgia hasta encontrar una posible reconciliación?

Se trata de un puñado de preguntas existenciales que subyacen ante todo lo que se ve en escena, entre los recursos del biodrama y el teatro documental, donde Tomás Quintín Palma, en lugar de buscarles una respuesta, las habita en el presente: se ríe, se emociona, está vivo y atento, es una especie de rockstar que dispara con dardos envenenados pero también perdona y acepta a cada uno de los integrantes de su familia. También se abandona a su suerte, busca los refugios, pide que lo saquen de allí, se reencuentra con todo y con todos, hasta llenarse de ese abrazo postergado con su padre, donde el material late en cada espectador que de la risa y el disparate da un salto sin red hacia adentro de sus propias vivencias y consternaciones.

En ese viaje de reconciliación a partir de una historia real con destellos de ficción, Quintín comparte ahora el escenario con ese padre real que antes era evocado: el clown y maestro rosarino Marcelo Palma. Y así, ante su mirada, ante la contemplación de un decálogo donde el humor es un mecanismo de defensa feroz, desnuda aquella vida en una casa de payasos llena de títeres y gigantes de gomaespuma, llena, también, de anécdotas, fracasos y del despilfarro de una forma de amor poco ortodoxa, desconocida para la gran mayoría, dado que la obra cuenta y revitaliza un historia profundamente local que él, mágicamente, logra volver universal (eso es el teatro). 

Incluso, lo hace hasta conseguir que el viejo grupo Chemiguitos, al que pertenecieron su padre y su madre entre otros integrantes de la familia, suba simbólicamente al escenario en una especie de reparación histórica, con una vieja rutina que de la calle y los parques de la ciudad en los años 80, hizo su debut en el primer coliseo rosarino.

La propuesta, cuyo staff se completa con la dirección de Guillermo Toto Castiñeiras (por una década, figura del Cirque du Soleil), música en vivo de Pablo Medina, producción ejecutiva y comunicación de Studio23 y producción general de Nicolás Petrich, junto Alma Pereda, Juan Pablo Carbonetti y Cristian Stamponi, diseño de Luis Imhoff y fotografía de Juan Jáuregui, se revela como un viaje sinuoso, disruptivo y desaforadamente humano. 

Quintín propone un juego entre objetos reales recuperados de aquél pasado que en escena adquieren una dimensión poética y también política, donde si bien abunda el humor, no todo lo que provoca risa “es liviano”, y mucho menos festivo y saludable, sino quizás todo lo contrario, más allá de que el hecho de rescatar la historia de una familia de payasos en medio de un mundo dinamitado, derechizado y donde la muerte está naturalizada, sea en sí mismo un actor de profunda resistencia.  

Más que una obra teatral (en su concepto occidental), La violencia de la ternura es una experiencia performática, el exorcismo de un dolor guardado en la memoria, la belleza de aquello que se vuelve perturbador hasta llegar a lo incómodo, donde, como escribió de puño y letra el propio autor y protagonista en una carta que esperó a cada espectador en un sobre en su butaca, “ojalá el ejercicio de volver a pensarnos nos permita reescribir, aunque sea un poco, el pasado, hasta sentirnos brillantes y divinos”.            

En ese puñado de verdades que entre lo epifánico y el exorcismo desanda el actor junto a su padre en la contienda, resuena una de las frases más icónicas de la literatura universal, perteneciente a la novela Anna Karenina de 1877, del ruso León Tolstói, que dice: “Las familias felices son todas iguales; cada familia infeliz es infeliz a su manera”.

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