Género

“Las madres protectoras necesitamos una sociedad que pueda mirar al otro con empatía”

La iniciativa de aumentar las penas por falso testimonio en casos de violencia de género y abuso sexual contra las infancias bajo el supuesto de las "falsas denuncias" implica el preconcepto de que las madres que denuncian mienten. Yama Corin, arteterapeuta, militante feminista y madre protectora, cuenta las implicancias de hacer una denuncia y marca la necesidad, ante un Estado que propone el aniquilamiento como política, de espacios colectivos donde pueda haber escucha.

La presentación de un proyecto de ley, por parte de la senadora Carolina Losada, que propone aumentar las penas para el delito de falso testimonio en casos de violencia de género o de abuso sexual contra las infancias puso la lupa sobre las llamadas «falsas denuncias». La adjetivación implica un preconcepto: que las mujeres que denuncian mienten. Sin embargo, en un relevamiento de 2022, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación indicó que, en Argentina, sólo 1 de cada 4 mujeres (77,3%) que sufrían violencia realizaban la denuncia. En cuanto a los abusos sexuales contra niñas, niños y adolescentes, entre el 90 % y el 95 % no se denuncian, reveló Unicef en 2023.

Yama Corín es arteterapeuta, militante feminista, integrante del colectivo Mundanas y madre protectora. En sus palabras, la iniciativa sobre las falsas denuncias “tiene un objetivo más político que jurídico“ y es “instalar en la sociedad un debate misógino, que es la desconfianza hacia las mujeres que denunciamos violencia de género y abuso sexual en las infancias de nuestros hijos o hijas”.

Agrega que, además, va en línea con la persecución que tienen las docentes al momento de aplicar la educación sexual integral. “La ESI es la que garantiza la voz de las niñeces que podrían estar sufriendo violencia y eso se intenta silenciar con esta persecución”, define.

“Se instala la idea de que cualquiera denuncia cualquier cosa o de que el Poder Judicial siempre nos da la razón a las mujeres por el solo hecho de ser mujeres. Y lo que ocurre es lo opuesto. El Poder Judicial nunca nos dio la razón a las mujeres, ni por ser mujeres, ni por ser madres: todo lo contrario. Siempre tuvo una mirada patriarcal, revictimizante, y con un análisis de la prueba que es igual al de cualquier otro delito, lo que muestra que no permeó la idea de qué es lo que se está investigando y cuál es el costo psíquico para las víctimas”, enfatiza.

Las madres protectoras son aquellas que denuncian abuso sexual contra sus hijas o hijos. En el momento en que se inicia ese proceso, ocurren contradenuncias por falso testimonio y por impedimento de contacto de la persona denunciada con la niña o el niño. Corin comparte sus reflexiones a partir de su propia experiencia como denunciante. Y también del acompañamiento que brinda a otras mujeres que transitan esa situación.

Subraya: «Las madres protectoras necesitamos que nos crean, que nos sostengan, que nos cuiden, pero porque nosotras estamos cuidando a nuestros hijos e hijas que fueron víctimas de una violencia brutal, que también necesitan acompañamiento, que necesitan protección, que necesitan terapia, que necesitan justicia». Sintetiza: «Necesitamos una sociedad que pueda mirar al otro con empatía».

Agrega que le gusta decir «personas que fueron victimizadas», no «víctimas». Y explica: «Víctima’ es una descripción estanca, es como si ahí quedasen. Es lo contrario a describir cuánto duele. Toda la angustia que nos provoca esta realidad, para mí solo tiene sentido si lo podemos hablar y confiar en que hay gente que va a estar del otro lado escuchando».

—¿Qué implica hacer una denuncia?

—Cuando nosotras denunciamos nos encontramos con la necesidad de desarrollar lo que estamos denunciando. Ese desarrollo implica muchísimo dolor con una escucha que nunca es cuidada, que nunca es en un espacio protegido. Esa denuncia después se tiene que ratificar, hay que volver a ir. Luego empiezan una investigación. Esa investigación implica que las pericias son sobre las personas que denunciamos o las víctimas, previo a que se pericie a los denunciados. Entonces quienes somos sometidas en un proceso de denuncia en primera instancia somos quienes denunciamos y los niños y niñas que fueron víctimas de un delito que es de un alto componente traumático. Para sostener ese proceso judicial hay que pagar patrocinio jurídico. Hay que pagar asistencia psicológica. Para nosotras implica no solo el costo emocional, sino un costo económico. Son muchos años para lograr que esa causa permanezca en investigación sin una absolución por falta de prueba, sin que se archive. Lo que conocemos de estadísticas es que, de 1000 casos se denuncian 100 y de 100, se condena a un solo abusador. Lo que está pasando es contrario a lo que dice este proyecto, que es que hay un beneficio por parte de las denunciantes. Jamás hay un beneficio, sino un altísimo costo. Las causas circulan alrededor de diez años en promedio.

—¿En qué consisten esas pericias?

—La Cámara Gesell es un dispositivo en el que niños, niños o adolescentes menores de 18 años declaran, en teoría, no entrevistados por un fiscal o una fiscal, sino por un profesional de la psicología. Esa entrevista está videograbada, lo que implica la posibilidad de que si esa causa llega al juicio oral, ese video se reproduce en el juicio evitando la revictimización de que la persona tenga que volver a declarar. El dispositivo de Cámara Gessel a veces tiene una entrevista o dos, tres con suerte. Eso varía según las características de la fiscalía. Pero son entrevistas que tienen un inicio y un cierre relativamente corto. Si ese niño o esa niña justo en esa entrevista no pudo desarrollar lo que es un hecho traumático, difícil de poner en palabras, difícil de comprender muchas veces en ese momento, pierde su única chance de ser oído. A veces se intenta que haya un informe previo de un profesional que dé cuenta de si ese niño o esa niña está en el momento indicado para ir a una Cámara Gesell. A veces respetan esos informes, la mayoría de las veces no. Entonces, es una Justicia que no se ajusta a los tiempos de las víctimas, sino al propio tiempo de su proceso. Y cuando las mamás denunciamos nos perician en entrevistas con psicólogos o psicólogas del tribunal que muy pocas veces tienen formación y perspectiva de lo que se está investigando. El Poder Judicial está sostenido por personas y las personas, independientemente de su profesión, tienen ideología, tienen prejuicios y tienen también traumas y dolores. Todo eso opera a la hora de ejercer su práctica y tiene consecuencias. Es importante que podamos dar cuenta de la responsabilidad que tienen esas personas, de la perspectiva que tienen esas personas, que la Justicia no es un ente: tiene cuerpos, personas y a esas personas también tenemos que apelar en el sentido de lo importante que es el cuidado frente a estas situaciones.

—¿Qué pasa a nivel social cuando se denuncia el abuso sexual en las infancias? 

—Se rompe todo. Hay algo muy gráfico que se me vino a la mente cuando yo lo atravesé y después acompañando a otras mujeres. Es la imagen de una piedra que cae en el agua y hace un sinfín de oleajes. Esa piedra es la situación tremenda, traumática que estaba viviendo ese niño o esa niña y también la revelación para la familia, para las madres y para la familia. Frente a esa revelación tan brutal, en general lo que ocurre es que toda la familia y el entorno laboral, profesional o social, sea en un club, sea en un partido político, en un sindicato, en una escuela, ocurre una ruptura. Una ruptura que permite que haya personas que acompañen a esas víctimas, a esa mamá o a esa denuncia. Y que haya otras personas que defiendan al abusador bajo distintos argumentos.

—¿Qué argumentos?

—A veces creemos que toda aquella persona que defiende a ese presunto abusador son igual de mierdas. Y a veces no: lo que ocurre es que es imposible creer que una persona que nosotros vemos en nuestro contexto social como amable, solidario o que responde perfectamente a una profesión, que se lo ve buen padre, sea capaz de cometer una aberración tal como la violación a un niño. Comprendo esa negación, no la justifico, porque esa negación implica dejar al descuido a las personas que lo están necesitando. Después hay personas que son verdaderas mierdas y acompañan a los abusadores por misoginia, por interés, porque hay una red profesional alrededor de patrocinar y proteger a los abusadores y mantener esta estructura social de violencia. Pero hay distintos grados. El tema es cómo uno puede replantearse en qué lugar se posiciona. Y ese replanteo va desde el círculo de cada persona que denuncia a lo social. Por eso hay una disputa por el sentido y por eso intervienen estos sectores que defienden a abusadores con absoluta conciencia, haciendo una campaña de que las mujeres mienten, son malas, denuncian falsamente. Eso les da tranquilidad a aquellos que son o más ignorantes o que tienen una negación o que tienen un afecto por esas personas denunciadas. El entramado es complejo. Si no lo fuera, ya lo habríamos resuelto.

—¿Cómo impacta el desmantelamiento actual de las políticas públicas y los discursos gubernamentales de que la violencia de género no existe? 

—El desmantelamiento es del Estado en su conjunto. Lo que vino a hacer este gobierno, que es un gobierno fascista, es la deshumanización de quienes creen que son su oposición. El aniquilamiento no es solamente con cámaras de gas, sino que el aniquilamiento es el hambre, el abandono, como lo hacen con las personas con discapacidad, con los jubilados, con los estudiantes y con el Estado en su conjunto. Y las feministas también somos sus enemigas políticas. Me parece importante darnos ese lugar porque muchas veces nos sentimos desoladas, pero si nos tienen que agredir de esta manera es porque hay un peso político que sí tenemos. Para aniquilarnos nos dejaron sin política pública. Desmantelaron el Ministerio de Mujeres ,Género y Diversidad, con todas las limitaciones que tuvo, y el Programa Patrocinar, que daba patrocinio jurídico gratuito a las víctimas de abuso sexual en las infancias. Y los espacios provinciales y municipales van en el mismo sentido. No solo nos dejan sin acceso a denunciar o al acompañamiento del Estado para garantizar un derecho, sino que aparte operan en una batalla ideológica para sostener la decisión política de dejarnos sin Estado. Un Estado lo que tiene que hacer es garantizar derechos, entonces es dejarnos sin derechos.

—¿Cuáles son las respuestas reales que requieren las madres protectoras, las infancias y las mujeres que sufren violencia de género?

—Es muy necesario que cada población que padece alguna violencia pueda sentirse parte del conjunto. Estos proyectos negacionistas de la dictadura, de abandono completo de todo lo público, de no reconocer a quienes sufrimos violencia de género, la disgregación de los espacios colectivos de organización, de todo lo que tiene que ver con la empatía, el creernos, el acompañarnos, el sostenernos. Lo que necesitamos es eso y eso es lo que vienen a romper. Las madres protectoras necesitamos que nos crean, que nos sostengan, que nos cuiden, pero porque nosotras estamos cuidando a nuestros hijos e hijas que fueron víctimas de una violencia brutal, que también necesitan acompañamiento, que necesitan protección, que necesitan terapia, que necesitan justicia. Nosotras necesitamos una sociedad que pueda mirar al otro con empatía. Así como necesitan los jubilados, las estudiantes, los estudiantes que los miremos con empatía, que haya un compromiso por el otro. Y eso se construye en espacios de organización donde pueda haber una mirada, donde pueda haber una escucha. Creo que las redes sociales son su lugar de poder, porque en las redes no solo es todo es muy masivo y veloz, sino que no sabemos quién está del otro lado. Necesitamos volver a lugares de encuentro donde sepamos con quién estamos hablando, donde podamos tener emoción frente a lo que a la otra persona le pase y compromiso con lo que decimos. Porque en las redes cualquiera te dice: «ojalá te mueras de cáncer en la cárcel”.  Y yo no sé quién está del otro lado. Necesitamos es parar un poquito la pelota y volver a construir con otros. Eso nos va a permitir el acompañamiento como madres protectoras, a nuestros hijos e hijas y a todos los sectores que están siendo vulnerados.

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